20 abril, 2024
Pimps of Joytime dejaron ante más de 300 personas su buena impronta en Sevilla en una infernal noche cartujana, donde Suite Bizarre ejerció de animoso aperitivo

Fotografías por Alejandro de Lárriva

El que mejor se lo pasó fue el batería afroamericano. No paró de sonreír desde que sentó. Y transmitió su felicidad y energía a los que allí estábamos. Un orondo músico llamado John Staten que podría pasar por el padre de Sean Kingston y que sudaba más que un testigo falso. El calor era importante. Junto a él y al mando de esa fantástica banda llamada Pimps of Joytime estaba Brian J, una especie de Me llamo Earl con voz aguda y buen manejo de la guitarra eléctrica.

Ellos daban la señal para transitar entre las canciones, que iban desde el soul hasta el funk pasando por introducciones con sintetizadores, cortesía del polivalente bajista David Bailis. Un jovencito que andaba entre ser un personaje del Tony Hawk y uno de los nihilistas de El Gran Lebowski. Ya vamos por tres componentes. Faltan dos.

Dos mujeres que se situaban en las alas y bailaban cuando no cantaban o acompañaban con otros instrumentos. Una, Mayteana Morales. Neoyorquina, actriz, percusionista y con buena voz. De su aspecto se puede decir que encaja a la perfección con esas jovencitas que captan clientes para ONG en la calle Tetuán. En el otro extremo, una potente voz propiedad de Cole Williams, una cantante afroamericana de soul de manual. Una Aretha Franklin moderna.

Una vez presentado el quinteto, tengo que contar que su música es profunda y algo movida. Una bonita mezcla que produce interesantes canciones de anuncios de coche. Sería una buena banda sonora para un viaje largo por carretera. También tienen ese toque rudo de caminos polvorientos mezclado con detalles cosmopolitas e histriónicos de su vocalista, que maneja un espectro vocal que va desde un locutor de radio al Prince más ochentero.

Un carrusel de emociones de más de dos horas en el que hubo tiempo para el lucimiento de los componentes tras el show de La Suite Bizarre, que se entregó por completo al público y despertó del letargo veraniego y caluroso a los allí presentes, que esperaban impacientes cerveza en mano lo que les iban a ofrecer los venidos desde América. Y lo que ofrecieron, sobre todo, fue su último álbum.

Ese Jukestone Paradise que van a enseñar al público español esta primera quincena de julio y que puedes comprar en su web por 10 dólares o en los conciertos por 15 euros. En mi opinión, merecen la pena. No se me parecen a casi nada y eso es bastante en estos días. Pues ese disco, en el que se basó el concierto, hizo bailar al público como si aquello fuera una clase de Zumba. Nos lo pasamos bien. Hazme caso y ve a verlos.

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