O’Funk’illo + Fügu en la Sala Custom «6mos»

Sala Custom, 21/11/2014

Fotografías por Antonio Guerrero

En otra época, cuando la música era algo que todavía se almacenaba y transmitía en unos artilugios que se rebobinaban con bolígrafo, y su presentación visual era fruto del mimo y la pericia de cada uno con ese mismo bolígrafo (podía ser rojo, quizá alguno verde también; lápiz para los menos osados), este redactor tuvo la oportunidad de evadirse de su cotidianidad -consistente en un instituto de enseñanza secundaria y plácidas tardes en el parque al lado de casa- mediante una excursión a lo desconocido, que tomó la forma -así lo quiso el destino- de un festival de rock.

Hay más mitos fundacionales que personas en el mundo; este en concreto seguramente no sea más impresionante que, por ejemplo, haber visto a The Storm en 1974 abriendo para Queen, pero aun así fue bastante impresionante. Sí, yo fui a un festival de rock a finales del siglo XX, tomé ciertas cosas y sin duda mi apreciación de los hechos se vio condicionada por ello, pero ver a O’funk’illo por primera vez fue como si la tierra temblara bajo mis pies. También estaban Rare Folk, que me gustaron muchísimo, pero lo de O’funk’illo me noqueó. Literalmente, no sabía que se podía tocar así en España, como si los músicos españoles tuvieran una especie de artritis técnica y creativa y Pepe Bao y sus compañeros hubieran burlado la maldición. Andreas, el cantante, tenía cara para parar un tráiler, y además arte.

Por supuesto, más tarde pude comprobar que el talento no conoce nacionalidades, y que en España había algo más que Alejandro Sanz y similares (por cierto, le tengo mucho respeto a ese hombre), pero el efecto fue fulminante: poco después, algunos de los que fuimos a ese festival formamos una banda de funk rock. Aquello duró una temporada antes de desaparecer, pero O’funk’illo, como mito fundacional en nuestro círculo, se mantuvo. Hoy tengo la oportunidad de calibrar el paso del tiempo y la realidad presente de un mito personal. Pero antes,

Fügu

Hace tiempo que quería ver a esta gente. Me habían dicho maravillas de sus conciertos, y debo decir que no salí defraudado. Fügu son unos músicos excelentes, y poseen a un también excelente frontman en la figura de Ferdy. No existe una distancia insalvable entre O’funk’illo y ellos, y si alguien se despista es posible que alcancen un estatus similar. Carecen sin embargo del toque cómico y hasta absurdo de sus anfitriones, pero, según la sensibilidad, eso puede ser incluso una virtud.

Temas variados y muy completos como «Malviviendo», «Bonita noche», «Eres la razón», «Rumores» o «Búscanos» fueron esgrimidos como poderosos argumentos para tenerlos en cuenta. Hay que destacar -y es que fue noche de bajistas- a Juan M.ª Mora como eje de su propuesta, con un guitarrista y un batería que no desmerecieron en ningún momento. Bravo por Fügu. Y ahora,

O’funk’illo

Tras un breve descanso -durante el cual pudimos escuchar el terrorífico «(Don’t Fear) the Reaper» de Blue Öyster Cult (!)- Pepe Bao subió al escenario a comprobar que todo estaba a su gusto, sin complejos, antes de que O’funk’illo salieran a por todas asegurándonos que, esa noche, no se iban «pal keli». Era mentira, claro, pero también una jugada segura. La Custom se vino abajo automáticamente, comandada por un Andreas Lutz más gordo y barbudo, pero con la actitud a medio camino entre el oficio y la pérdida de control que tan bien sabe infundir prácticamente intacta. Apoyado por Athanai en las voces -que tuvo su momento de gloria particular-, mostró cierto cansancio a veces, pero se las arregló para darlo todo cerca del final.

Acto seguido atacaron un tema del nuevo disco: «Hoy la voy a liar parda», que funcionó lo suficientemente bien hasta «Riñones al Jerez», con idéntico efecto electrizante. Los temas nuevos –«La positiva», «Disturbio bipolar» o «Pegotes de colores»– no conectaron tan bien como los que ya son sus clásicos –«A shuparla ya», por ejemplo-, algo perfectamente comprensible, pero mantuvieron el interés. Y la banda funciona como un reloj: David Axel Bao Molina, sobrino de Pepe, es una enorme fuerza -controlada- que propulsa la banda de forma inclemente. Se compenetra bien con su tío y los demás, y realizó varios solos deslumbrantes, a veces sin baquetas. Dave Lerman, guitarra y saxo, es una especie de lunático que viste falda escocesa, pero es muuuy bueno y nunca toca más de lo necesario. El teclista también estuvo especialmente bien, así como los encargados de los vientos, que en «Mary Jane» me recordaron a Ian Anderson a la flauta.

Hubo sorpresas: Junior subió a hacer lo que tan bien sabe en «Fiesta, siesta», con protagonismo instrumental de Lerman, y Vikingo M. D., de Narco, montó el pollo en «Esso’ cuenno'», con introducción flamenca, guiño al «Smoke on the Water» de Deep Purple incluido y final de fuegos artificiales. En medio de «A jierro», Andreas jugó a formar un enorme hueco entre el público, y por supuesto lo cerró sin piedad para que todo aquel que deseara hacer el burro disfrutara de lo lindo. «En el campito» se benefició de una improvisación muy efectiva, pero fue durante una incursión en el «planeta aseituna» cuando se desató la locura. Primero, los Bao se enzarzaron en una jam de órdago, y después Pepe se quedó solo, en varios sentidos, haciendo un ídem larguísimo que incluyó un zapato como instrumento de percusión sobre el bajo. Brutal.

Como bis, O’funk’illo abrieron con un «Killing in the Name» de Rage Against the Machine algo más lento de lo deseable. No creo que sea necesario recurrir a una versión en el caso de una banda con cinco discos en el mercado y una posición aparentemente estable, pero aun así pudimos corroborar que Dave Lerman está, efectivamente, loco, y eso está bien encima de un escenario. El dulce final de «Rulando» fue quizá el último momento tranquilo de su repertorio, aparte del rap de Athanai. Repitieron -otra cosa innecesaria- riñones antes de despedirse con un «Give It Away» de Red Hot Chili Peppers que resultó ser la introducción de su célebre mantra «vasilón, vasilón».

Y se acabó. Me fui a dormir. Satisfecho, pero sin la excitación de la que fui presa hace muchos años, en otra época, cuando la música era algo que todavía se almacenaba y transmitía en unos artilugios que se rebobinaban con bolígrafo, y su presentación visual era fruto del mimo y la pericia de cada uno con ese mismo bolígrafo. Ha pasado el tiempo, sin duda, y cabe preguntarse si el tiempo mejora o empeora a una banda en directo, como es lícito preguntarse si el redactor ha sido también víctima del tiempo y lo observa todo a través de unas lentes menos luminosas o favorecedores que las que usaba -o consumía- en su juventud. El tiempo, en efecto, no perdona.

Pero no, esto no es una mala crítica de un concierto de O’funk’illo. Lo único criticable fue el sonido, y sólo durante un ratito. Acaso sea una elegía por un tiempo ya perdido, y poco más. Y en ese poco más hay que decir que O’funk’illo son capaces de hacer temblar la tierra aún con bastante intensidad, que defienden estupendamente un buen disco en directo, y que hay que verlos tocar si pasan cerca. Porque hay cosas que nunca cambian, ¿abe ío?

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