23 abril, 2024
El trío gallego pisa por primera vez Sevilla en la puesta de largo de Nocturama. Los mimbres del punk siguen vigentes cuatro décadas después.

Fotografías por Nuria Sánchez (Mundana Photo)

Decía un tal Charles H. Duell, un registrador de patentes americano de finales del S. XIX, que “todo lo que tenía que inventarse está inventado”. La frase, aunque repleta de ironía, adolece de una falta total de creatividad, ya que el pobre diablo que la acuñó jamás hubiese podido intuir todo lo que la mente humana engendraría durante los años siguientes. Así que si alguna vez has proferido esta frase en un concierto es muy probable que hayas acabado aburriéndote, obedeciendo a tu conformismo y a tu sobriedad. Es necesario, entonces, escapar del espíritu Duell si vas a asistir a una velada con Novedades Carminha: tienes que ser capaz de ver más allá para poder divertirte, ser honesto, y rebelarte.

Nada nuevo, si atendemos a la realidad. Pero ¿no era eso lo que hacían en los años de la Movida Siniestro Total, Derribos Arias o La Banda Trapera del Rio? Alguno de aquellos te diría que el punk llegó a finales de los setenta para incomodar y divertir a partes iguales, escudado tras el riff simplón de la guitarra y el ritmo frenético de la batería. El “hágalo usted mismo”, que diría un primigenio Loquillo. Así que no es de extrañar que repitiendo esta fórmula como si fuera un mantra, a golpe de nihilismo ilustrado, se hicieran los Novedades Carminha dueños y señores del patio de La Cartuja.

Pero precedida por los últimos rayos de sol se asomó primero Soledad Vélez, que daría el contrapunto folkie, y casi tranquilo, a la velada punkarra. Despidió su tocata con “Thunderstorm” y “Silverwolf”, dos temas de noise guitarrero que dejaban lugar para que las primeras cervezas reposaran, el eco se desvaneciera y el cielo se oscureciera. Fue el preludio de la subida al escenario de los tres de Santiago que llegaron impuntuales a la cita, tal y como imponía la etiqueta.

Porque las etiquetas están para cumplirlas, y si ser punkarra te impone que seas un gamberro, lo eres. Aunque sea una pose. Con un “Devórame otra vez” se inició la fiesta con la firme promesa, por parte de Carlos, el cantante,  de venir a casarse a Sevilla si algún día lo hicieran. Créeme que más de una (y uno) les pidió matrimonio allí mismo. Porque ese es el efecto inmediato que provoca este trío: una mezcla de euforia y locura que se traduce en vacío entre tus pies y el suelo. Ellos mismos lo ordenaban con “Quiero verte bailar”  y obedecimos, sin más.

Con pausas y con prisas se enlazó cada canción. No voy a hablar de los medios tiempos ni de las baladas porque no los hubo. Tampoco eran necesarios: alguien que conozco se murió de amor allí mismo sin necesidad de palabras bonitas al oído. Lo único que hacía falta era que el ritmo de calipso de Xavi continuara con la “Fiesta Tropical” que estos tres tenían montada, ayudados por el calor que hacía esa noche en Sevilla. Pero la cosa empezó a ponerse seria y Jarry, el bajista, tuvo que armarse de varias púas. Porque ya no se trataba de tocar a conciencia sino de golpear y percutir las canciones como si de unos muros invisibles se tratase, para que fueran cayendo  pesada y rápidamente hasta el final del concierto con “Demolición” (no podía ser de otra forma).

Durante el incesante martilleo de garaje hubo incisivas invitaciones para que alguna despistada subiera a cantar “Antigua pero moderna”, el himno que muchos estaban esperando desde que Soledad se colgó la guitarra unas tres horas antes. Así que lo prometido se pagó como si fuera una deuda, que se saldó con un concierto enérgico, certero y rápido. Ya nos lo habían anunciado: sin ser una novedad, lo que hacen los Novedades cobra mucho más sentido en directo, ya que la música hecha por diversión, honestidad y (¿cómo era?) nihilismo, tiene más sentido si se comparte. Porque es más divertido hacerlo con gente. Porque es más divertido hacer el gamberro si te ven. Porque es más divertido tocar por placer. Porque así son las cosas de la Juventud Infinita.

Iván Kalifornia. CAAC. 27 de Junio de 2015


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