18 junio, 2024
El cantautor gijonés presentó en la Sala Custom el pasado sábado su último disco: Mundos inmóviles derrumbándose.

Dos esferas gigantes a cada lado del escenario de la Sala Custom. La tormenta lumínica del éxtasis final. La hilera de sombras, el contraluz de la música. Un tambor escupiendo agua con cada golpe. Rugido de guitarras. La gravedad siguiendo su curso, a pesar del instante mágico de ingravidez de miles de gotas que se rebelan contra su destino. Mundos inmóviles que se derrumban y vuelven a levantarse. Que se derrumban y vuelven a levantarse, que se derrumban y vuelven a levantarse…

Hay atmósferas que propician la existencia de ciertos seres. Y todo lo contrario, la presencia de ciertos seres que generan determinadas atmósferas con una fuerza ingente. Es poco más de las ocho de la tarde. Y una sombra, traje y botas de tacón cubano, se recorta al frente de la banda. Un perfil aristocrático, un aura de poeta maldito. Se genera la atmósfera, nace un nuevo mundo. Suena Belart, qué fácil es para una rosa morir, no se oye ningún lamento. Son los Mundos inmóviles derrumbándose de Nacho Vegas en su anhelada estación sevillana el pasado sábado.

Una aventura hipnótica, Nacho tiene la llave de la canción, sabe cómo abrir la puerta. La poética de sus visiones se abre paso con el carisma de esa voz que se ampara en una elegante sencillez, en la intimidad de la épica contenida. Dueño de un personalísimo fraseo, nadie suelta las sílabas como él, es un cantor de su propio canto. Lo tiene. Muy rítmico, un suave elemento más de percusión, vestido en una melodía. Entre la planta Gainsbourg y el influjo dylaniano. Ese cantar acomodado, brillante, sutil. La voz de Nacho Vegas rara vez va al frente del sonido de su banda. Suele ser un afluente más que se cruza en las melodías de los instrumentos. La parte de un todo que se entiende con la perspectiva adecuada. La lírica narrativa a través del constante ejercicio brutal de honestidad que mantiene Nacho con su obra. Canciones poliédricas que se expanden en todas direcciones, como un cronista del espacio y el tiempo, donde las aristas se multiplican con crudeza o ternura. Según mane la sangre de la propia canción.

Y el don para rodearse de la mejor tribu. Joseba Irazoki se sube a la electricidad de todos los rayos o baja la canción a pie de tierra, desde la guitarra eléctrica o la dosis folk de su banjo. Hans Lagunah pone el esqueleto armónico a este cuerpo desde el bajo. Juliane Heinemann dobla hermosamente las voces de Nacho, revierte el carácter de la canción desde las seis cuerdas, pasando del nylon al metal. Alineados los astros, los tres cumplían años en la misma noche sevillana. Ferrán Resines a un costado en las teclas y  Manuel Molina al otro, marcando el pulso a la batería. Un versátil quinteto inspirado, bien engrasado, al servicio de la canción.

Sonaron Va a empezar a llover, Ser árbol, Reloj sin manecillas, El don de la ternura, Ciudad Vampira, Abnegación; Nuevos planes, idénticas estrategias; Cómo hacer crac. Ese bello y desnudo réquiem que es Ramón In, el vals fue de los momentos más emocionantes de la noche. Como el groove de Big Crunch, la canción panfleto bomba, precedida del altar a Nina Simone, un guiño breve con la bajadita del piano de My Baby Just Cares for Me. Y una celebrada ristra de himnos para minorías como último detonante: La gran broma final, La pena o la nada, una revisitada El Ángel Simón, Dry Martini S.A. y El hombre que casi conoció a Michi Panero.

Entonces volvemos a esa misma escena final. O inicial. Tormenta lumínica, éxtasis final. Las siluetas en el escenario, la hilera de sombras, el contraluz de la música. Un tambor escupiendo agua con cada golpe. El rugido explosivo de guitarras. La gravedad del agua, la levedad del ser. La inmovilidad momentánea de miles de gotas que se rebelan contra su destino. Mundos inmóviles derrumbándose. Para levantarse y volverse a derrumbar, levantarse y volverse a derrumbar…

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