17 abril, 2024
El cantante mantuvo los ojos cerrados durante todo el concierto y era comprensible: uno no airea la realidad, la más cruda e íntima, sin cubrirse al menos un poco.

Fotografía de Rafa Marchena

Con los ojos cerrados, como Borja, recordamos el paso de Modelo de Respuesta Polar el pasado sábado 24 por la Sala FunClub de Sevilla. El cantante los mantuvo así durante todo el concierto y era comprensible: uno no airea la realidad,  la más cruda e íntima, sin cubrirse al menos un poco.

Les dio el pie la banda sevillana Lüpulo, sin batería (por enfermedad) pero con muchas ganas y salvando el tipo con creces. Por lo demás, la formación subió al escenario a poner de manifiesto una evidente madurez: la de este cuarteto valenciano que talla lo cotidiano en letra de piedra. Sin necesidad de recurrir a artificios poéticos complicados, Modelo revisita pozos comunes en los que todos hemos caído. Casi dan ganas de pedir derechos de autor. Frases que todos hemos pronunciado (o pensado) alguna vez. Emociones reconocibles por lo que tienen de dolorosas, más cuando uno las escucha en la voz de Borja Mompó y comete el error de cantar al tiempo. Y lo mejor de la historia es que el directo sólo viene a incrementar la sensación.

Sucedió con “El tiemblo” (he encontrado a alguien/mientras tú no estabas) y también con “El cariño”, una buena muestra del salto cualitativo que ha supuesto el álbum, al que da nombre, en la evolución de la banda. Conservando la autoridad del instrumental, Borja toma la presencia que necesitaba y no tiene miedo de seguir hurgando en las entrañas de la bipolaridad del amor moderno (y tú te sientes tan realizada/que me das asco./Te quiero, te quiero/ y habrá que atarlo).  Es también una palabra muy adecuada para describir cómo la banda desmenuzó un repertorio envuelto en capas de guitarra superpuestas cuidadosamente por Fran Moyá, el propio Borja y la intervención de Cristóbal Colom (Mañana) también a cargo de los teclados en una sala a medio aforo (advertencia al navegante de la circunstancia fatídica que los hizo coincidir ese mismo sábado con los potentes Madee y Mourn en otro local).

Sonó y nos estremeció “Miedo” con esa bofetada de realidad (tengo miedo/de salir/de encontrarte/y dudar) que a uno le coge desprevenido y vimos a Mompó agitar leve la cabeza en “Del amor conocido”. Con esa cadencia reflexiva, Pau Paredes reaviva a golpe de batería un tema en cuyo instrumental la banda se desliza cómoda. La contradicción surge de nuevo con los susurros iniciales de uno de los temas que, pese a pertenecer al anterior trabajo, la banda descubre con especial celo: “La guerra y las faltas” (retomemos las formas/y dejemos de lado el poso que pueda quedar). También de Así pasen cinco años, y con sonido contundente desde el principio, otra dosis de honestidad en forma de “Artificio”.

Reinaron guitarras al comienzo de la poderosa “Tan blanco”, donde Borja y la propia melodía oscilan del todo a la nada para terminar en el punto medio, y despejó la niebla la melodía de “Toda la vida” (con su shup shurup shup incluido). Interrumpe su indagación del alma Mompó para agradecer y reivindicar la importancia del trabajo diario y los oídos asiduos, más allá de éxitos pasados, mientras siguieron cayendo lecciones de vida y desengaño con “Cuando llegue”, “Los mejores años” o “En adelante”. Cuando la hora lo requirió por cuestiones legales y pese a que aún quedaba piezas que encajar, se despidieron tímidamente con aplausos de fondo. Quedó aún un rato flotando su ambiente. Los derechos de autor que reclamábamos al principio son ya discursos comunes a los que ponen banda sonora. Sólo se les pasó advertir del efecto posterior, la serenidad que deja su medio tiempo y, sobre todo, del apetito de verlos de nuevo.

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