14 abril, 2024
La cabra no está ni se la espera y, lo que es mejor, tampoco se la echa de menos pese a que el recuerdo colectivo, en ocasiones traicionero, siga reclamando éxitos ya trasnochados. “Todos tenemos un pasado y todos derecho a ser olvidados”

Sala X, 20/03/2015

Fotografías por Rafael Marchena

Decía Miguel Delibes que es alargada. El escritor sugería que, al posarse sobre los objetos, el árbol no los podía cubrir por completo dada su naturaleza estilizada. A nuestro protagonista, también Miguel, le sucede algo similar. Imposible hablar de él sin mencionar el afilado contorno dibujado por La cabra mecánica, formación que ha liderado, disfrutado y hasta puesto banda sonora a un anuncio.

Pero Lichis ya no se cobija en su estrecha penumbra.  La cabra no está ni se la espera y, lo que es mejor, tampoco se la echa de menos pese a que el recuerdo colectivo, en ocasiones traicionero, siga reclamando éxitos ya trasnochados. Todos tenemos un pasado y todos derecho a ser olvidados” –comentaba divertido. Y no se trata de renegar de las raíces, sino de apoyarse en ellas para alcanzar ramas mucho más altas. En directo y en la Sala X constatamos el pasado viernes  lo que Modo Avión ya adelanta: a este señor le ha cambiado la voz y se diría que hasta la vida. Miguel ha desmontado los farolillos de su rumba canalla en pos de un sonido cálido y trabajado, enfundado en un rock elegantón con sabor americano que no se olvida del blues y hasta tontea con el folk.

A las 11 menos cinco comenzaba la declaración de intenciones de “Dinero por nada” (“Me estoy haciendo viejo/no me quedo a ver el bis”) que rompía el hielo para la melodía de “Tan felices”. Parada y fonda aquí para destacar la deliciosa la declamación esbozada en susurros de Peperina, de Serú Girán, con la que introdujo Tinkywinky: “Quiero contarles una buena historia /la de una chica que vivió la euforia /de ser parte del rock/ tomando té de anfetamina”. Es esta peripecia de Teletubbies morados una de las aristas más descarnadas del LP, compartiendo cuota con “Tics raros”, que llegaría poderosa un poco más adelante. La noche coge ritmo, Miguel empieza a soltarse y remata el tema de rodillas en el escenario blandiendo guitarra.

En este rosario de cuentas ya gastadas en las que Lichis recrea el pasar de otros tiempos y acaricia heridas ya cicatrizadas (“lo que creí que el dolor me enseñaría”) contamos juntos las “Horas de vuelo”. Esas que, llegados a cierta edad, todos compartimos. Quizás por ello se maneja cómoda y resuelta esta banda de viejos conocidos que ajustan precisos las manecillas del tiempo ya pasado. Los presenta y agradece Lichis. Son Fernando Polaino, Álex Olmedo, Dani Ortín y Jordi Cobre quienes les dan fondo, cuerpo y compañía a tanto contenido.

Salpican también la noche cortes de otros tiempos (La obligada “Felicidad” ó “Carne de canción”) y otros grupos (“Pecados más dulces que un zapato de raso”, “Pobrecito corazón”) aunque cuando la formación saca a relucir todo su sonido es en cortes nuevos como “Televisión de madrugada”. Y no sólo ha crecido su música. A estas alturas seguimos algo sorprendidos por un Lichis hablador y bromista que simula afinar la guitarra en las pausas para alternar con su público (aunque quiera hacernos creer lo contrario).

El trabajo vocal de la banda gana enteros en “Enemigos” que sirve para cambiar suave el tercio, recordándonos que el reencuentro se nos escapa entre los dedos. Pero nuestro amigo está de vuelta en la ciudad y no lo dejaremos ir antes de brindar con él. “Salir a asustar” es la excusa perfecta, cuando quedaban aún los platos fuertes de  “Buenos Aires” y “Casi rock and roll”, que llegó tras el bis y trajo consigo un estupendo solo de guitarra de Olmedo. Ya con el tiempo cumplido y el repertorio planteado, oscuridad y luz a modo de conclusión. Aparece “Antihéroe” y “Valientes” le hace de contrapeso. Lleva ésta última mensaje para sus aguerridos compañeros de batalla, la que libra a favor de los padres separados y la custodia compartida. A ellos se la dedicó y a él se la dedicamos nosotros. Por reinventarse y hacerlo tan bien. Por refrescarnos la memoria, indicarnos el camino y acompañarnos el paso sin necesidad de sombra alguna.

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