26 febrero, 2024
El director de cine Juan Escribano presentó en Orangerie "Las flores de mi barrio", la primera aventura de Bien Studio.

El primer disco con olor de la historia fue The Secret Life of Plants de Stevie Wonder, que nunca llegó a ver una flor pero sí vivió sus perfumes.

La vida secreta de las flores es aquella parcela de nuestra vida que creemos absolutamente íntima, impenetrable, inalcanzable por la mirada ajena, de la que las flores son privilegiadas testigos silentes. Aquella vida callada, la de la flor, que nos impregna abrazándose a un recuerdo, a un significado, a un lugar, prendiendo toda su existencia a quién la trajo a casa, a quién la cuidó, a quién la dejó marchitar.

El cínico huele a flores y piensa de quién será el entierro; el romántico quiere arrancar un ramillete para sorprender a su enamorada. Hay quien habla con las flores, quien las acaricia con la mirada y quien convive con ellas con la misma indiferencia que con cualquier otro objeto inanimado. Las flores, además de seres de vida, son un elemento de expresión cultural y emocional constante en la historia de la humanidad. Hay floras en las bodas, en los cementerios, en las solapas, en el patio de la abuela y dentro del fusil que disparó en Vietnam.

Apenas cambia el contexto, pero se mantiene la flor. Cada nueve de noviembre, Cecilia recibía su ramito de violetas. También a una violeta le susurraba historias la mariposa de Lole y Manuel que parecía una flor de almendro (blanca la mariposa y rojo el clavel, rojo como los labios de quién yo sé). Cecilia Roth juntaba las margaritas del mantel de Fito Páez. Calamaro perdió la flor, le dejaron el florero. Las flores de los Rolling Stones estaban muertas. Con jazmines en el pelo y rosas en la cara, del puente a la alameda, La flor de la canela. Se vestía de fiesta la rosa que engalana en el tango de Gardel y Le Pera. Dormían nardos y azucenas en aquel bolero que clamaba Silencio para penar los tormentos. La flor era una despedida para Nino Bravo. Y dos gardenias un te quiero para Machín.

Cada uno vive sus flores y las va regando según le llueve.

Yo tenía en mi escritorio una rosa blanca en un jarroncito de cristal, junto a una pila importante de libros esperando a ser leídos, que me encantaba mirar y me hizo feliz con una longeva esperanza de vida insospechable. Y ahora es una rosa sepia y marchita bellísima. Igual de testigo de todos mis días que lo fue en su plenitud. Una nueva piel para la vieja ceremonia que me recuerda que los meses se atropellan en el calendario transformando las bellezas pasadas en nuevas formas de belleza.

Hace un par de jueves nació Bien Studio, el proyecto creativo del director de cine Juan Escribano, recientemente premiado con una Mención de Honor en el Sevilla Indie Film Festival 2022 por su cortometraje Dejar de ser. Bien Studio fue presentado en Orangerie Plants junto a Las flores de mi barrio, una hermosa pieza breve, una primavera de poco más de cinco minutos en que las flores se suceden en un plano fijo, habitando las vidas de los vecinos del barrio, que comparten sus testimonios. En este barrio, una viuda recuerda la orquídea que su marido le regalaba los días especiales. Para el aficionado al fútbol cada flor roja es el Sevilla. O un farolillo de feria, alegría de vivir. Hay claveles de cariño para un amor de cincuenta años. Y lirios blancos arañando la carne viva de una madre que acaba de perder a su hijo, una madre que si ve flores sólo quiere ofrecerlas a la tumba de su niño para recordar su vida.

Un cortometraje, sencillo y desnudo, donde caben tanto el humor como la ternura, y que logra además acoger algunos elementos incuestionables de la vida sevillana. Una invitación de Juan Escribano a la escucha sin prejuicios, a la cultura a pie de calle, a encontrar la belleza de las pequeñas historias de nuestra cotidianeidad.

Las flores de mi barrio es, además, un espacio poblado por voces de ancianos. Testimonios del tiempo y la distancia. Las voces del siglo pasado, las voces llenas de sabiduría a las que la sociedad tiende a prestar menos atención. Y aunque éste pueda ser un hecho casual, vienen a encontrarse con flores y barrio, tanto uno como otro, conceptos bastante románticos, casi de un mundo que las grandes ciudades y la sociedad actual van extinguiendo poco a poco. El barrio como elemento identitario, como verdadero lugar de comunidad, raíz y calidez. La belleza de la naturaleza en la flor, ¿hay algo más altruista y artístico que cuidar una flor? Casi un acto de rebeldía. Un acto que no conlleva productividad, reconocimiento ni recompensa, likes ni beneficios. Un brindis por lo efímero, por la belleza natural que la propia naturaleza marchita. ¿Algo más romántico que el cuidado entre seres vivos? Y, a la vez, tan unido a la conservación del medio, tan en boga actualmente (aunque el progreso siempre llegue tarde, como le decía Alfredo a Totó).

En la colorida belleza estética de Las flores de mi barrio aflora lo emocional de los recuerdos pero subyacen raíces tan bonitas como el sentimiento de pertenencia a un hogar, la tradición y el cuidado de los lazos humanos. La vida a través del rito de la flor.

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