23 febrero, 2024
El artista mallorquín vuelve flanqueado por su banda en un concierto atemporal. La compañía fue la aliada contra los inconvenientes

Fotografías por Mr. Hipérbole

Luis Alberto Segura lo dijo hace unos meses. Las nuevas canciones debían escucharse con banda. Con SU banda. Porque aunque un concierto de L.A. sea un seguro de calidad y disfrute, escuchar sus temas adornados con la fuerza de tres músicos excelentes es obligatorio. Aunque las condiciones hayan cambiado. Aunque llegar hasta el escenario parezca imposible. Aun con dificultades en el paso, y en el pase, había que hacer lo que había que hacer. Porque es necesario conjugar los verbos cuando la ocasión lo merece. Porque siempre es buena idea acercarse a quien lo merece; aunque no parezca el momento. Después de todo, ¿cuándo lo es?

Pues podría ser cualquier noche. Ésta tenía cierto regusto a revancha, la de certificar que las canciones de su último trabajo sonarían mejor que en aquella cita de junio, la de la acústica atalaya. L.A. aparecía ante una X abarrotada y con ganas de armar jaleo, un jaleo que no cesó ni cuando se apeló al respeto del respetable ni cuando amainaban los decibelios. Así ocurría cuando el tres por cuatro de “In gold” se instalaba sobre la capa de un minúsculo sinte y la verbena formada por insurgentes intrusos hacía que la sonoridad de los compases de un comienzo tranquilo, aunque eficaz, potenciara los vicios y hasta el tintineo de los vidrios helados. Fue el repaso de Dualize, y después de Heavenly hell, los que traerían consigo la celebración de la gloria de anteriores largos, la de canciones tan geniales como “Oh why?”, “Close to you” o “Perfect combination”, haciendo evidente que la posición en el repertorio de las canciones de su From the city to the ocean side no haría más que sacar lustre al de sus predecesoras.

Pero que no se mate al mensajero. Lo nuevo de L.A. tiene calidad suficiente como para sonar tan USA como lo anterior, y teniendo en cuenta que todo se ha gestado en la costa del Pacífico, es fácil evocar imágenes de las orillas de Baja California al escucharlo. Como siempre. Pero a pesar de que la corta duración de alguna de sus canciones se tradujera en algún que otro clímax prematuro que sacó a más de uno de la trama del setlist, “Secrets undone” tuvo fuerza de sobra como para hacer saltar a una sala que andaba al acecho, lo que fue el complemento perfecto para el grueso central del concierto, el de la representación enérgica de sus cuatro álbumes materializada en “Older”, “Mirrorball” y “Crystal clear”.

De modo que las cosas funcionaron para L.A., que entretejiendo medios tiempos con saltos al vacío de la talla de “Ordinary lies”, cuya quietud trajo consigo el espíritu de los meses de junio a pesar de un público afanado en pedir cervezas, encaró la recta final de su concierto de inamovible y constante crescendo de timbales base y guitarras saturadas. “Living in America” dejó claro por qué la música de L.A. es lo suficientemente válida como para sonar en cualquier radiofórmula, en tanto que “Rebel” triplicó la sensación de que las influencias británicas perfectamente pueden coexistir en canciones con vocación opresiva, sin olvidar que “Outsider” está llamada a celebrar la vida, los festivales y el desorden en general. Así que con el zumbido delirante en los oídos de quien ha librado batallas contra los decibelios, los que allí estaban se fueron sin tiempo para la sobremesa. Porque así son las cosas.

Y aunque las cosas cambien, todavía se puede. Igual da que tratemos con una guitarra acústica o con una banda al completo. La música, al igual que los destellos del directo, es el reclamo. Dan igual las condiciones, siempre merece la pena acercarse. Se puede porque esto va de canciones y de los presentes que hacen de las noches algo inolvidable. Porque hacen de invocar las palabras algo extraordinario. Así era cuando Luis Alberto volvía el 27 de noviembre. Para hacer lo suyo; y nosotros lo nuestro.

Sala X. 27 de noviembre de 2015


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