La niña de los ojos de la luna

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, reza la Canción de las simples cosas. Por eso se hace imprescindible volver a un concierto de María José Llergo en cuanto surge la mínima ocasión. Ni la luna llena quiso perderse su concierto en las Noches del Castillo de Utrera. Esa luna llena que, como cautivada por su voz, se asomó por encima de las murallas del castillo para sumar su luz a esta noche mágica de verano.

Porque todo deja de existir cuando María José se sube a un escenario. Se detiene el tiempo y no hay nada más allá. Su canto lo absorbe todo, hipnótico y hondo. Inunda de poesía los renglones del silencio, como con su poema Cábalas III, apertura de esta noche en Utrera. Acompañada por Paco Soto en guitarra, le entregó una nueva vida a la melancolía de la Canción de las simples cosas, habitándola de esa impronta que adopta todo lo que canta, de la expresión rasgada de su tierra.

La voz de María José es un espejo que refleja lo que hemos sido para cantar lo que somos. Como un susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo. Una voz que brota de las raíces de la tierra y la memoria de los tiempos. Que no olvida las miserias de las guerras entre hermanos y el sometimiento de los pueblos a los que canta Canción de soldados; ni la importancia de las grandes efigies del flamenco como los tangos de la Niña de los Peines y su Algurugú. Tampoco los primeros pasos de su historia particular, que echó a andar con una Niña de las dunas que le abrió un hueco en el panorama musical.

Y es que el valor de la tierra en su música no es una simple metáfora. La música llegó a ella a través de su abuelo, que le cantaba mientras labraba la tierra. Esa misma tierra que suena, arada por el escardillo, hasta transformarse en ritmo por compás de soleá en De qué me sirve llorar. La misma tierra en las que nacían las tonás de trilla, como ese mantra de redención que es Soy como el oro, la única letra popular de Sanación. En cierto modo, todas las canciones albergan un mantra y una intención espiritual en Sanación, su gran primera obra, nacida con un espíritu catártico para convertir en belleza el dolor.

El cante se amolda a la vida, canalizando la tristeza y devolviendo luminosidad. El cante se amolda a la vida, y una voz libre de Pozoblanco hace confluir la tradición flamenca con los sonidos del siglo XXI. Sintetizadores y programaciones a cargo de Miguel Grimaldo. Melismas y ritmos flamencos y texturas electrónicas que abrazan la atmósfera R’n’B y neo soul. La libertad que lleva la inocencia y la profundidad que aporta la madurez se funden con intención en el repertorio de la artista cordobesa. Y como Lorca, que encontraba el mismo espíritu en el cante de los gitanos y los sonidos negros, la Niña de los Peines y Amy Winehouse se miran a la cara en El péndulo. El cante se amolda a la vida, pero la esencia perdura.

El hombre de las mil lunas, y esos pasajes morentianos que recuerdan a Omega. La desoladora realidad que se desgarra en la Nana del Mediterráneo. El culmen de Me miras pero no me ves, el hechizo de Tu piel. Y en medio de todos estos cantos de sanación, el poderío de la Nana del caballo grande con que Camarón cerró su revolucionaria Leyenda del tiempo.

De tanto escuchar música, a veces parece que uno se inmuniza. Pero el directo de María José Llergo alcanza la hondura y la emoción de una absoluta experiencia espiritual y mística. El hechizo con el que su voz eclipsa todo, clava en la nuca cada escalofrío y siembra luz en las entrañas es indescriptible. Ese cantar comprometido y honesto, tan vivo y tan añejo, tan lleno de verdad, que cura y da voz a los silenciados y a los olvidados. Con esa sencillez y esa dulzura que labran una humildad que conquista a cualquiera. Hasta la luna de agosto, presumida, quedó prendida y se asomó para que María José le cantara Ay, pena, penita, pena sobre un arreglo precioso de Paco Soto. Un ratito de música puede convertirse en eterno en el alma. Ya lo decía Federico García Lorca: cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque.

 

 

Fotografías Antonio Andrés

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