23 abril, 2024
Mientras otros andan haciendo equilibrios en pedestales de cartón, estos veteranos de lo alternativo no necesitan más que un formato acústico para erizarte la piel

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Fotografías por Mr. Hipérbole

En las distancias cortas es cuando un hombre se la juega”, rezaba un comercial macarra de colonia que salía en la tele en los noventa. Por aquel entonces, cuando el indie en España hablaba sobre todo inglés, los valencianos andaban ya barruntando el proyecto que, con el devenir de los años, los trajo el pasado sábado hasta Obbio Club en Sevilla. Eran grandes ya desde que nacieron aunque probablemente aún no lo sabían. Ahora, en plena forma y con veinte años de carrera de fondo a la espalda, La habitación roja se dio el lujo de jugársela en una distancia muy corta.

A caballo ganador, eso está claro. Mientras otros andan haciendo equilibrios en pedestales de cartón, estos veteranos de lo alternativo no necesitan más que un formato acústico para erizarte la piel. Y son unos valientes porque la cercanía tiene sus ventajas (todo un lujo escuchar la voz de Jorge a medio metro) y sus inconvenientes (“Hospital, hospital” y otras interpelaciones continuas). Pero la experiencia es un grado y los galones, un seguro de vida.

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Abrieron la noche los cordobeses Señor Blanco, también en formato reducido y cuyas dulces melodías resultaron ser el aperitivo perfecto. Este concierto “entre buenos amigos” en palabras del cantante, empezó con retraso pero en orden cronológico. Al grano, con “Mi habitación” al desnudo elevada por los coros en los que colaboran Pau Roca y Jordi Sapena, encargados de guitarra y teclados. Los aplausos se comieron el final y los fans corearon el dulce estribillo de “Eurovisión” (“la vida se abre camino, nosotros estamos vivos”).

Hasta en dos ocasiones cambiaron tornas Sapena y Roca en un bonito experimento para “Hoy es un día perfecto” y “Potterville”, que sonó casi al final. Si algo caracteriza a LHR es su excepcional habilidad de elaborar himnos compartidos que seguirán estremeciéndote así pasen cuarenta años más. Y sucede cada vez con “Scandinavia”, “La noche se vuelve a encender”, “La segunda oportunidad” o “Voy a hacerte recordar”. Bien que lo hacen estos avezados maestros en pellizcar la fibra sensible que a más de uno le metió una mota de polvo en el ojo. No es casualidad que sus canciones suenen de fondo en una colección de momentos felices.

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La noche discurre fluida con un diálogo continuo entre banda y público entre el que se asoma una arrebatadora “23”, “El hombre del espacio interior”, “Cuando te hablen de mi” o “El eje del mal”. Se salen del guión con un tema que rara vez se cuela en el directo, “Muertos vivientes”, y hacen brotar los aplausos con la electricidad de otra mítica, “La edad de oro”. Desconocíamos que “Febrero” fue inspirada por una chica de la ciudad, según contó Jorge, que continuaba solventando un variado repertorio que enfilaba su recta final.

Y pese a que era complicado contentar todas las peticiones de los presentes, no pudieron faltar dos imprescindibles y hasta una espontánea que convirtió el trío el cuarteto e incluso le cambió el nombre al grupo. Con el trabajo casi terminado, “La moneda en el aire” llegó en lo mejor del show y “Si tú te vas (Magnífica desolación)” hizo aún más difícil aceptar el desenlace. Eso sí, tiraron la casa por la ventana (de la habitación) sellando las casi dos horas con “De cine” y la sala cantando a pleno pulmón; con más intención que acierto pero que nos quiten lo bailao. Que veinte años no es nada y que vengan veinte más.

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