Green Covers Muse @ Malandar

Era mucho más de la hora anunciada cuando el trío protagonista (o sus dobles de acción) se enfundaron los instrumentos sobre sus estrictamente negros atuendos. El Hard Rock sureño que había servido para amenizar la espera se esfumó obediente, consciente quizá de que no podría medirse con el cancionero que aguardaba tras la puerta del camerino de Malandar.

No estaba lleno, pero lo parecía. El público bastante variado en cuanto a edad, y un número de chicas creo que superior al que puede encontrarse en conciertos (tributos o no) de lo que más o menos podría calificarse de «rock progresivo de estadios». Malandar, ciertamente, no es un estadio, pero tampoco hizo falta que lo fuera. El sistema de sonido llenaba por completo los muros del local, a tal punto que cada golpe de caja se le metía a uno hasta lo que la copla denominaba «los centros».

Una pantalla mostraba iconografía del grupo homenajeado hasta que a una señal del técnico comenzó la cuenta atrás hacia lo que resultaría ser ese pedazo de dinamita que es «Knights of Cydonia», con su carga de tambores que desató a la concurrencia de forma instantánea y su estética doblemente robada a Ennio Morricone. Muse, por si hiciera falta aclararlo, es un nombre capital del Rock del siglo XXI, quizá el que más eficazmente ha conseguido el equilibrio entre comercialidad y auténticas credenciales musicales. Y Green Covers se han especializado en conjurar lo más granado de algunas de las mejores bandas de lo que llevamos de siglo. Ya lo hicieron con Coldplay, y como ellos mismos nos anunciaron, muy pronto volverán a hacerlo con Radiohead. Pero, de momento, la Malandar vibraba. Tras un pequeño fallo técnico que alteró momentáneamente el devenir del concierto reanudaron la tarea sin mayores dificultades, consiguiendo lo que se supone que toda buena banda de versiones debe conseguir: fidelidad al original.

En este sentido destacó poderosamente una «Supermassive Black Hole», con el bajista dejándose el resuello susurrando el estribillo. Este, al igual que el batería, no se parece en nada a su modelo, pero con el cráneo escrupulosamente afeitado el primero y una cresta irregular de estética ciberpunk el segundo ofrecen una estampa como mínimo interesante. En cuanto al sosias de Matt Bellamy, el parecido es más que razonable, añadiendo algo de Eric Bana a la mezcla. Tocan bastante bien sus instrumentos, a pesar de algún fallo puntual por parte del guitarrista. Y este domina el arte del falsete sin lugar a dudas, algo esencial si quiere hacer justicia a los Bellamy, Martin o Yorke de este mundo. Al teclado es eficaz sin más.

Volviendo al concierto, las palmas de un público entregado desde el principio se unieron al palpitar suave de la banda en «Starlight». Las caderas se movieron por sí solas con el funk frío de «Panic Station» (a un paso de INXS), y todo fue perfecto y moderadamente bondiano en «Supremacy». Es decir: temazo-tras-temazo-tras-temazo. No sería la última vez.

En efecto, los acordes de «Muscle Museum» fueron un eficaz interludio hasta otro ciclo absolutamente ganador: «Time Is Running Out», el delirio de «Plug In Baby» y el momentazo al megáfono de «Feeling Good», que el Anti-Bellamy bordó.

Las dos partes de «New Born», la intensa «Stockholm Syndrome» y la vacilada de «Psycho» fueron las encargadas de despedir momentáneamente el show. Los chicos hicieron el paripé obligado de salir y volver (un rito o costumbre que cada vez comprendo menos) para hacer cantar hasta al Doctor Who el podemita «Uprising», himno donde los haya que habría funcionado mejor como final que la zeppeliniana «Reapers», del último trabajo Drones (2015), que no obstante dejó un gran sabor de boca.

Y ya está, así se consigue un jueves noche agradable, no hace falta mucho más. Buena música, quizá buena compañía, algo de beber si no tienes que coger el coche o madrugar demasiado. No soy precisamente un entusiasta de las bandas tributo, pero hay que reconocer que cuando se han hecho los deberes (y Green Covers los han hecho) proporcionan un placer inmediato. No tiene por qué haber nada malo en ello si tenemos claro dónde está el auténtico valor del asunto, si no confundimos los términos. Si tenemos claro que la Orquesta Filarmónica de Viena, fenomenal como es, no es sino otra banda tributo. Si tenemos claro el trabajo que implica estar a la altura de las mentes que concibieron la partitura. Todo está bien, todo es música.

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