20 abril, 2024
¿Qué es lo que tienen en común Max von Sydow, la segunda temporada de The Wire, Rocky Balboa, Extremoduro y Pelé? La respuesta, en el interior.

Evasión y victoria

Para que quede ya bien claro, vaya por delante que DETESTO a Extremoduro. Sí, es cierto. Jamás he podido sufrir las pretensiones sucio-poéticas de Robe. Su música me parece, por lo general, rock bastante anodino, aunque bien interpretado, con ramalazos de lo que menos me gusta del rock progresivo, y me cuesta una barbaridad armarme de la templanza que necesito para ponerme a escucharla realmente. Quizá está en esto último la clave que me impide apreciar más a uno de los nombres indispensables del panorama rock patrio de las últimas décadas, mal que me pese. Oh, claro, tienen su propio sonido. Se me olvidaba. Lo recordaré más tarde.

Era evidente, mientras trataba de acceder al Estadio Olímpico de la Cartuja, que no todo el mundo piensa como yo. El follón que se armó en los aparcamientos no fue tan gordo como el que se formó en las visitas de Héroes del Silencio o U2 (no en vano en esta ocasión se ocupó la mitad del recinto, más o menos), pero era un follón muy respetable. Una vez dentro, la pinta era magnífica, con la multitud en pleno ambiente de fiesta, haciendo caso omiso de los carteles de «zona tranquila» y «zona marchosa» frente al escenario, pero integrándolos de algún modo. Éste era de lo más peculiar, por cierto: contenedores de carga de diferentes colores, apilados unos encima de otros, como en cualquier puerto comercial del mundo -bueno, pensábamos en The Wire, en Baltimore, y en Frank Sobotka– y con uno de ellos colgado a gran altura justo encima de donde se supone que tocaría la banda. ¿Saldrían de su interior tocando sus guitarras, en plan Kiss? ¿Abriría sus compuertas para desalojar globos, o confeti? ¿Era un simple elemento de atrezzo que caería por accidente y desventura, convirtiendo esta cita en un día negro para el rock español? Hmmm…

Lo averiguamos pronto; un tipo con una linterna y mono de trabajo parecía buscar algo mientras aún resonaban los ecos de un tema de Platero y tú. Ruido de grúas, luces giratorias, y el contenedor bajó hasta el suelo, donde permaneció el rato justo de que alguien sacudiera su guitarra antes de comenzar, lentamente, a elevarse a su posición original. Fue ver los pies de Robe y compañía y se inició el acabose. El estadio prácticamente enloqueció antes de que se pudieran ver sus caras o escuchar sus voces, mientras daba comienzo la extensa obertura instrumental del tour, «Extraterrestre», con un «Uoho» pletórico, saltando y soltando guitarrazos a mansalva, dándolo todo desde el minuto cero y robando protagonismo a un Robe más estático y canijo de lo deseable. Junto a los cuatro de marras, un corista-percusionista-chico-para-todo y un teclista (muy bueno) convenientemente apartados del centro del escenario, subidos en sendos contenedores.

«Sol de invierno» fue el primer tema cantado por Robe de la noche, en su habitual estilo descarnado. Con un simple «buenas noches a todo el mundo» se suponía que el momento crucial que es el inicio de un concierto se diluiría para llegar a una especie de continuo, con sus lógicos altibajos, pero no fue así. La excitación general no decayó en ningún momento. No hubo una respuesta sensiblemente mayor a una canción como «Buscando una luna», de un disco tan aceptado como Agila, comparada con la que se dispensó a, por ejemplo, «Poema sobrecogido», de su última entrega Para todos los públicos, y esto a pesar del carácter más instrumental de esta última, de la esforzada voz cazallera que Robe despliega en ella, o del lógico mayor desconocimiento al tratarse de un tema muy reciente. Nada de eso; «entrega incondicional del público de principio a fin» es la fórmula más adecuada para describir la noche del cuatro de octubre.

Solo un detalle, muy llamativo, estropeó (nada demasiado grave) la experiencia: una cierta carencia de ritmo. No, nada que achacar al esforzado batería, excelente en todos los temas y mejorando conforme el concierto se aproximaba al final (el efectivo solo de «Si te vas»); este anticlímax llegaba entre las canciones, con unas pausas inusualmente largas e inexplicables en una formación con la experiencia en directo de Extremoduro. Pero ya digo que esto no enfrió el ambiente, o no de forma irreversible. Tampoco la primicia, anunciada por Robe, sentado en los peldaños de la batería y pidiendo por favor que se apagaran los móviles -y luego exigiéndolo-, de una especie de nana acústica acerca de una rana, un raro momento bien acogido por todos y más o menos respetado.

El sonido fue bastante bueno a lo largo del recital, cosa no siempre posible en un sitio tan grande. Acabaron el primer set -esto no me lo esperaba- con tres ejemplos de La ley innata, dejando al respetable un tanto estupefacto; pero cerca de la barra y, sobre todo, satisfecho. «Cuánto parón hay en este concierto», me decía asombrado mientras esperaba mi cerveza. Y, sin embargo, funcionaba. Veinte o treinta minutos después «Prometeo» reanudó las hostilidades, no tan espectaculares como las de antes, pero pronto la cosa iba a alcanzar nuevas cotas. «Jesucristo García» obró milagro: el Estadio se vino abajo con un entusiasmo que pocas veces he visto. Y la banda siguió tocando con convicción, visibles ganas y profesionalidad los clásicos y los nuevos, y yo mamándome aquello sin poder negar lo que mis sentidos encontraban, que no era otra cosa sino un ESPLÉNDIDO CONCIERTO DE ROCK’N’ROLL por más que en condiciones normales no encuentre nada destacable en un tema como «Salir», o en «Puta». Debe ser la magia del directo, que me hizo volver a casa un poco más humilde de lo que me fui de ella.

¿Recordáis esa peli sobre un equipo de prisioneros de guerra que juega un partido de fútbol contra una selección alemana como resultado de una apuesta entre un alto mando nazi y el improbable capitán inglés Michael Caine? Pues allí estaba yo, descreído al principio, asintiendo incrédulo con la cabeza mientras pensaba que, después de todo, no estaba tan mal, y no teniendo otro remedio, ya cerca del final con Iñaki Antón oficiando como Maradona o quien se os ocurra, que levantarme y aplaudir sincera y efusivamente la entrega, energía y buen hacer de aquella panda de impresentables que me había ganado por goleada.

«¡Qué borde era mi valle!» y «Ama, ama, ama y ensancha el alma» sirvieron de momentánea despedida. En los bises, Robe se quitó la muñequera, la tiró al público y se fue, dejando a la banda y al público con una increíblemente alargada versión del «Rockin’ All Over the World» de John Fogerty/Status Quo, pero igualmente apoteósica. Los molinillos al estilo de Pete Townshend, sus continuas carreras por el escenario, saltos y miradas encendidas del antiguo guitarrista de Platero y tú fueron el mejor combustible para una banda que puede ostentar el calificativo de «clásica» sin demasiados problemas desde hace ya tiempo.

Ah, su sonido. Su sonido. No, no me gusta, o no me acaba de gustar del todo. Pero hace mucho que Extremoduro conquistó una manera absolutamente propia de expresarse, y eso es digno de respeto. Muchas otras bandas no pueden decir lo mismo. Han creado una escuela, y a pesar de que la mayoría de sus imitadores no le llegan a la suela de los zapatos o son abiertamente poco interesantes eso también es digno de respeto. En una época de refritos, recombinaciones y reformulaciones de todo tipo es alentador encontrar una agrupación activa y en buena forma -su último disco es prueba de ello- que conforme por sí sola una particular manera de entender esto del rock; si no un tronco, una rama prominente, claramente distinguible de la maleza que la rodea, con un discurso cada vez menos fresco pero más depurado, y siempre coherente con sus presupuestos básicos. Y creo que esto, en varios sentidos, ya es bastante.

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