18 junio, 2024
El grupo no tardó mucho en aparecer y en el local, que se había ido llenando poco a poco, se pudo escuchar a los fans acérrimos a la música de Hendrix que gritaban “¡Por Jimmy!” o “¡Viva Jimmy!”.

Fotografía por Nuria Sánchez

Era sábado  31 de enero y no tenía plan más que una pila de apuntes que memorizar y cero ganas de ponerme a ello. Como suelo hacer, preparé café y empecé a mentalizarme cuando de repente me suena el móvil y recuerdo que una sonrisa se dibujaba en mi rostro. Era mi amiga, y me planteaba asistir a un concierto esa misma noche. Como estaba saturado y la música suele ser un buen remedio de terapia no me lo pensé dos veces.

No sabía gran cosa del concierto aparte de que era  un grupo de rock que rinde homenaje a Jimi Hendrix, llamados La Experiencia. Normalmente cuando asisto a un concierto me decanto por mantener una mentalidad abierta. A veces te sorprendes, otras no tanto, y de vez en cuando acabas preguntándote qué carajo es lo que estás escuchando.

Llegamos temprano -los primeros de hecho- y con el frío como acompañante, cosa que nos dio tiempo para echar un vistazo. Estábamos en La Sala Malandar, que acoge numerosos conciertos en su local del número 43 ubicado en la Avenida Torneo, un lugar peculiar pero indicado para la música. Es un edificio que evoca a uno de estos garitos con pinta de almacén neoyorkino y con “rollo” underground, donde puedes esperar vivir una noche de lo más bizarra. Y eso fue precisamente lo que pasaría.

Una vez dentro del local llamaba la atención la iluminación, donde predominaba el rojo y unos tonos violeta en el fondo, aportando una intimidad al espacio, casi como si fuese un show en acústico y no un concierto de rock. El sitio era amplio y con varias zonas donde sentarse y poder disfrutar del show desde la retaguardia. Tras deshacernos de capas de abrigo y desempolvar la cámara, la mirada se dirigía hacia el escenario, donde un solitario sombrero de estilo cowboy colgaba en el pie de micro y a un lateral de la batería descansaba un gong. Todo parecía que la noche iba a ser, cuanto menos, interesante.

Mientras esperábamos mi compañera y yo a que empezase el show, decidimos pedir un par de cervezas, de las que están mezcladas con zumo de limón y no están muy buenas, sí, pero había que mantenerse frescos. Al menos al principio.

El grupo no tardó mucho en aparecer y en el local, que se había ido llenando poco a poco, se pudo escuchar a los fans acérrimos a la música de Hendrix que gritaban “¡Por Jimmy!” o “¡Viva Jimmy!”. Entonces, al sonar los primeros acordes y la batería comenzaba su percusión, pareció como si una bestia acabara de despertarse y estuviera desentumeciendo sus músculos adormilados. El ritmo empezó lento y pausado, el bajo eléctrico resonaba en los oídos primero casi de forma atropellada, pero que pronto ofrecía la base necesaria para la guitarra principal.

La canción elegida para iniciar el setlist no podía ser otra que “Spanish Castle Magic”, que dejaba claro que este trío de músicos sabían cómo despertar a las fieras. Con “Foxy Lady” el ambiente se volvió un poco más pícaro y osado, y el cantante parecía dirigirse al objeto de su deseo imaginario. A medida que pasaban los minutos y las canciones, el público parecía más y más eufórico y la cerveza y el alcohol fluía desde la barra. Aún no sé exactamente en qué punto de la noche empezó la experiencia a tornarse en algo psicodélico. El cantante vivía su música al 110%, casi como si hubiera nacido para hacer punteos con esa guitarra stratocaster blanca que Hendrix solía tocar. Con cada acorde, las muecas en su cara parecían bailar al son de la música, como si su boca expresase el sonido que la guitarra producía.

Con “Fire” el ambiente empezó a vibrar en el epicentro de la sala, donde se encontraba el público. Una audiencia que destacaba por su heterogeneidad y la variedad de generaciones que allí se encontraban, brincando y saltando, agitando sus –unos muy pobladas y otros no tanto- melenas. Le siguieron “I don’t live today” o “Killin Floor” para cambiar de mensaje con “Message to Love”, una oda a la paz y el amor por parte del músico norteamericano, proveniente de Seattle. La mayoría del setlist estaba compuesto por el primer álbum de estudio de The Jimi Hendrix Experience, Are You Experienced (1967). Quedaba claro que La Experiencia no destaca por la potencia vocal, sino más bien por la armonía entre los instrumentos y la pasión musical que sus integrantes transmiten al público. Fue un concierto caracterizado principalmente por el amor a la música y a la obra de Hendrix. El lugar estuvo concurrido pero si echabas un vistazo enseguida notabas que no era sofocante, con buena ventilación para lo que puede esperarse de un concierto de rock.

Aun así fue una noche singular. Era fácil encontrarse con una chica joven en sombrero y bailando como si estuviese en trance, junto a parejas clásicas que rondaban la treintena y que si estaban disfrutando, nadie lo hubiese dicho. Padres de familia con jóvenes de melena más larga que sus esposas, barbudos y lampiños; Jimi Hendrix une.

Era fácil moverse, puesto el público estaba repartido por Malandar de forma cuasi estratégica. En el epicentro se encontraban a los más fieles, aquellos que venían a bailar y darlo todo al exterior, mientras que alrededor de varias mesas y taburetes se encontraba el resto, disfrutando del show de rock de forma más tranquila.

Y es que el trío podrá gustar más o menos, pero no dejaba indiferente. Su danza electrónica era resultado de una química palpable entre los miembros de la banda, que hacían gala de sus habilidades musicales con cada término de canción, aportando su cosecha propia en la música a la que rinden homenaje. Entre pieza y pieza, el cantante aprovechaba para contar la historia de Hendrix y aquello que lo llevó a componer y que lo convertiría en una leyenda de la música. Cuando le llegó el turno a “Red House” pudo escucharse entre la marea de voces algunas discrepancias, y es que incluso hablando de genios reconocidos, siempre hay diversidad de opiniones.

De vez en cuando algún móvil buscaba su camino al exterior y capturaba algún momento. Cabría destacar al batería, perlado en sudor y el que parecía ajeno a todo lo que ocurría. Era casi como si no existiera nada más que él y sus baquetas.

Desde luego, La Malandar es el lugar idóneo para disfrutar de un buen concierto, donde el ladrillo visto y su decoración transmiten como si el lugar hubiese sido construido para difundir música. Se acercaba el final y “Hey Joe” destacaba con un estribillo que parecía imitar un grito desesperado en busca de libertad. Con la penúltima canción, la archiconocida “Voodoo Child”, extraída del álbum Electric Ladyland, el público estalló con fuerzas renovadas. Una canción que destaca por sus acordes mudos combinados y unos solos explosivos. Era ahora o nunca, había que darlo todo y esto estaba a punto de acabarse, no sin antes terminar con otro hit, “Purple Haze” fue la elegida para cerrar una noche extraña e imprevisible, a modo de encore. Mientras sonaban ya los últimos solos la banda quiso darlo todo antes de terminar. El guitarra incluso acabó rompiendo una cuerda al tocar con sus dientes ante la risa y la energía del momento.

Un concierto que terminó con la ceremonial improvisación instrumental a modo de despedida y que agradecía al público su asistencia. Luces rojas y aplausos -sobre todo desde el epicentro- dieron el adiós definitivo a esta psicodélica Experiencia en Sevilla.

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4 comentarios en «Experiencia Hendrix en Sala Malandar “De psicodelia a Experiencia”»

  1. Genial como siempre, éste artículo tiene un toque espontáneo y me encanta Mike, me ha marcado lo de “… agitando sus –unos muy pobladas y otros no tanto- melenas.”
    ¡¡GRANDE!!

    1. Magníficulo artículo. Cualquiera diría que ha renacido Jimi Hendrix por el ambiente que crean las palabras y las fotografías. Entran ganas de ir al concierto.
      ¿Cuándo es el próximo?
      Saludos rockeros.

  2. Qué buenas descripciones Mike y que buenas fotos de Nuria! Seguid así, escribiendo y fotografiando, que los amantes, en este caso de la música, os lo agradecemos. Y a vuestra próxima, me apunto! 😉

  3. Lástima habérmelo perdido, un concierto en la Malandar siempre es un plato de buen gusto, y más si el tributo a Hendrix, como acabo de leer aquí, fue tan brutal y mágico.

    Gran post.

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