El artista de Abril: Maui

Cachivaches sobre ruedas, carretas llenas de cacerolas, cortinas multicolores que esconden mundos imaginarios donde no es posible descubrirlo todo porque inconscientemente no queremos averiguarlo.

Gitanos trashumantes, que llevan sus cantes y su magia metidos en baúles centenarios, junto a misteriosas cartas y extraños rituales nunca pronunciados. Sintiendo a cada paso las maravillas que los rodean, cantando en cada recoveco del camino su alegría de estar vivos.

No siempre las canciones tendrán sentido para el oyente, ni falta que hace, sus canciones se escuchan, pero sobre todo se sienten, te envuelven y hechizan. Una tenue bruma que difumina los malos pensamientos para dar paso a colores, sedas y sonidos de guitarras españolas.

Un camino “de baldosas amarillas” transitado a trompicones, notando en el espinazo cada bache, cada olor, cada sabor en el aire. Es la vida en sí misma la que le da gasolina a estas cuatro ruedas que se mecen al ritmo de las piedras. Quizás en ocasiones podamos hacer alguna paradita y cantarle un “tanguillo a la sardina”. Sin olvidar que el tiburón no siempre pierde a su presa y que la vida si te paras demasiado tiempo no se puede vivir a tu manera.

Habrá que darle un empujoncito al alma y “dejarse llevar” aunque el corazón duela, aunque haya que morir tres veces por segundo, tendremos que volver a nacer. Chiquita saca tu preciosa sonrisa, recoge rápido tus cosas, apaga el fuego que seguimos.

Que el camino sin ti no tiene ningún sentido. Que te digo a voz en grito que no “soy una isla”, que me haces falta, que aunque a mi orilla hayan llegado otras personas eres tú la única a la que quiero permitir quedarse.

Entre ruidos enlatados, explosiones de motor en combustión y la jarana que sale de la parte de atrás de nuestro carromato una mirada hiela el cielo caldeando de repente el ambiente. Y sonaron los violines, se mezclaron nuestros calcetines y cruzamos los confines de nuestro colchón y bajo una noche de estrellas el suelo se volvió más bonito y más tó, “La noche perfecta”.

Ya sólo me hace falta pegar un grito y llamar a Martirio para decir algo así como “me queda cantar” y vivir dos o tres vidas junto a ti para volverme a equivocar. Y sin avergonzarme de nada abriré de par en par mi pecho para dejar escapar cada uno de mis miedos e inseguridades y ponértelos en bandeja de plata. Reconocer que yo también me perdí, llegué tarde a mi encuentro, que casi no me arrepiento de volver a empezar. Lo justo para poder arañar “un ratito más” sin que lleguen a doblarse las esquinas, sin que llueva cuando salga el Sol, sin que paseen las pelusas que ayer no barrí.

Y entre tanguillos y seguidillas proseguimos nuestro viaje por esta “canción inacabada” a la que le quedan aun algún que otro capítulo interesante. Rodeados como siempre de amigos que harán nuestro paseo más divertido y acogedor, pero en el que no deberá faltar nunca lo que me dijo el río, así sea la “Solea de la corriente”. Me explicó entre susurros mientras los niños jugaban en la ladera más alta que mi agua dulce se tornaría salada si hasta tus pies no arrastrara. Todo siempre está pasando, me lo dijo el río, me lo fue contando.

Las estaciones pasan como si fueran días en nuestra particular road movie, como siempre con un cuplé en el cajón y arena en el calcetín. Quizás empiecen a notarse los días pasados y nuestras fuerzas fallen por momentos “ay de mi”, aun queda mucho camino hasta nuestro destino, Felicidad. Por suerte las gentes nos piden un cantecito por dondequiera que vamos, vivimos en el ahora y aquí.

Finalmente visionamos nuestro destino, entre lágrimas, abrazos, miradas profundas y palabras dichas en silencio. “Sucede” que el tiempo anda con prisas y a su modo procede, y puede que después de esta premisa yo te pida que te quedes. Quiero perderme en tu universo, aunque no exista un regreso quiero yo llenar tu copa con la tinta de estos versos.

Y entonces los gritos empiezan a llegarnos, las risas de los niños nos llaman entre bailes y fuegos artificiales. Estamos en casa, llegamos al fin y sin soltarte la mano pienso que quiero agarrar cada segundo que transcurra en este mundo pues no hay nada tan profundo, ni tan oscuro, ni tan rotundo que el tiempo no se lo lleve.

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