13 abril, 2024
Dylan volvía a tierras morentianas y yo, como el tango que abre el “Sacromonte” (1982) del Ronco del Albaicín, tenía que ir a sacarme esa espina por la que el corazón me llora… Para comprender esta deuda pendiente y transmitir lo que pasó en Granada este pasado 8 de Julio, es necesario rastrear y recapitular un poco. Once upon a time…

Dylan volvía a tierras morentianas y yo, como el tango que abre el “Sacromonte” (1982) del Ronco del Albaicín, tenía que ir a sacarme esa espina por la que el corazón me llora… Para comprender esta deuda pendiente y transmitir lo que pasó en Granada este pasado 8 de julio, es necesario rastrear y recapitular un poco. Once upon a time…

La primera vez que vi a Dylan en Andalucía fue precisamente en Granada (Motril), hace ya 11 años. Cerró con una acústica “Mr. Tambourine Man” y con dos tormentas eléctricas, “Like A Rolling Stone” y “All Along The Watchtower”. Sí, después de eso se podría haber acabado el mundo, pero no lo hizo. En 2008 pisó mi Sur del Sur y estuvimos con él en Jerez, donde abrió con “Leopard-Skin Pill-Box Hat” seguida de If You See Her, Say Hello”. Pero la primera encrucijada donde nos cruzamos fue en Santiago de Compostela (1999), con Calamaro de telonero, marcándose el argentino una versión bastante digna y ebria del “Seven days” y del “Dead flowers” stoniano. En esa gira Dylan hacía la mitad del concierto acústico y la otra mitad eléctrico, a lo “Royal Albert Hall”. Mi primer y único “Rainy Day Women #s 12 & 35” y “One Too Many Mornings sonaron allí. Entonces ni me imaginaba que esa sería la vez que más cerca iba a estar del Dylan que todos hemos soñado con ver. En 2005, cuando estaba tocando Dylan “Tonight I’ll Be Staying Here With You” en Paris, los de seguridad me confiscaron la cámara. Desde entonces sé que a Dylan no le gustan las fotos, y esa animadversión ha crecido con los años hasta llegar a la gira actual y prohibir tajantemente la entrada de Fotógrafos y TV (de ahí que hayamos tenido que tirar todos los medios de fotos/ruinas hechas con los móviles). Esa noche en tierras parisinas, Dylan cantó un gran It Ain’t Me, Babe” que nunca he vuelto a oír.  Y si no hubiera ido a verlo a Ginebra en 2007, jamás habría escuchado en directo “Watching The River Flow”. Llegamos a 2009, y sabiendo ya de que va el maestro ¿versionar sus propias canciones hasta que a veces sean irreconocibles? No,  reinventarse en cada instante. Decido liar a otros dylanitas y hacer un viaje exprés para verlo dos noches seguidas en distintas ciudades: 14 de Abril en Basilea, donde Dylan nos regala por fin una de mis canciones preferidas, Visions Of Johanna”. Y la noche siguiente en Milán, ¿las misma 18 canciones del concierto anterior? No, toca 10 temas diferentes en menos de 24 horas. Genio. Destacando “Just Like Tom Thumb’s Bluesa la guitarra, y un grandioso “Blind Willie McTell”.

Y la espina que me perseguía y acompañaba aún, me la clavé en Nueva York. Llevaba unos meses viviendo allí, y cuando me enteré que Dylan tocaba tres noches seguidas en la sala Terminal 5, ya estaban las entradas agotadas. Compré dos en reventa, y justo cuando íbamos a entrar, el de la puerta nos dijo que eran falsas, que nos frotáramos con jabón la frente, que con un poco de suerte e insistiendo mucho, podríamos borrar algún día la L de Looser que nos habían grabado a fuego.

Y hasta el día de hoy, con Granada ardiendo a 40 grados, no había podido volver a coincidir con Bob y hacer las pases conmigo mismo. Las únicas dos cosas que podría reprocharle de este concierto con respecto a las veces anteriores que lo había visto sobre un escenario, serían: el no cambiar del repertorio ni un solo tema en toda la gira española (aquí en Granada trastoca un pelín el orden). Y, si había tenido la suerte de escuchar en cada uno de sus conciertos “Like A Rolling Stone”, en 2015, cuando la mejor canción de la música popular cumple 50 años, Don Robert Allen Zimmerman decide que no, que quizás la toque en otra ocasión…

A unas horas de que empiece el milagro, nos resguardamos en un bar, y entre cervezas, gin tonics y buena compañia, aparece Antonio Arias (Lagartija Nick), miembro de Los Evangelistas, teloneros esta noche de Dylan junto a Soleá Morente. Y justo antes de entrar, también saludamos a un Eric Jiménez (Los Planetas y Evangelistas), que entonces no sabía el mal sonido con el que tendrían que lidiar y las maldiciones (sin sentido) que posteriormente le echaría a Dylan por saboteador…

Tomamos posiciones y aparecen Soleá y ese grupazo homenaje a su padre Enrique, con J y Arias a la cabeza. Y aunque es verdad que, por causas técnicas externas a la banda, no pudo brillar ese sonido de sueños lisérgicos y psicodelía flamenca, alcanzaron grandes momentos que nos erizaron la piel, como en la versión de “Estrella” del “Despegando” (1977), o en ese “Poeta decadente” de Machado que Enrique cantaba y sentía como nadie. Lucharon a contracorriente y ganaron. Gracias a ellos nos llevamos en la memoria la foto imaginaria en la que, una noche, compartieron escenario dos grandes: Dylan y Morente.

Y sin darnos cuenta, mientras sale la banda galáctica de Dylan al escenario, contenemos la respiración: el bajista y mano derecha de Dylan, Tony Garnier, a la batería George Recile, los guitarristas Stu Kimball y Charlie Sexton, y el multiinstrumentista Donnie Herron. Anuncian a Bob y aparece en escena arrancándose con la oscarizada Things Have Changed”. Y esas primeras líneas ya lo definen: “Un hombre inquieto con una mente inquieta, no tengo a nadie delante y nada a mi espalda”. Dylan es historia y leyenda viva en movimiento continuo, un canto rodante que sabe que no hay tiempo que perder. Ya flotando, en medio de una mágica y reinventada “She Belongs to Me”,  me atropellan unos ojos grandes y ausentes pero presentes en más de una canción, porque “ella puede quitar la oscuridad a la noche y pintar de negro el día…”.

Se le ve contento a Dylan y en forma. A sus 74 años luce palmito y elegancia, y mientras canta modulando su genuina voz, no para de gesticular con las manos y contonearse, siempre acompañado de una hipnótica sonrisa burlona. Aguanta todo el concierto de pie y se luce cada vez que sopla la armónica, solo se sienta en contadas ocasiones para ponerse tras el piano de cola. Y aunque el músico más influyente de los últimos 50 años traía bajo el brazo un disco de versiones de Sinatra, sólo canta de el I’m A Fool To Want You y cierra, antes de los bises, con una espléndida interpretación del Autumn Leaves. Es del Tempest (2012), su último álbum original, del que desgrana más temas, 6 en total, destacando Soon After Midnight, la serpenteante y oscura “Scarlet Town” y una “Long And Wasted Years que suena a clasicazo y araña por dentro.

Con las interpretaciones de “Simple twist of fate y Tangled up in blue” del siempre presente “Blood on the Tracks” (1975), y la bella y dolorosa “Forgetful heart”, alcanzamos el clímax y ya vale la pena el precio de la entrada. El sabor a Mississippi de “High water (for Charley Patton)”, el vals “Waiting for you”, una cada vez más redonda Spirit on the water o el cierre, tras la versión deconstruida de Blowin’ in the wind, con Love sick, tengo que dar las gracias, una vez más, por la gran suerte de poder estar aquí y allí respirando tanta buena música, tanta vida.

Y es que, aunque todo se transforme y fluya, aunque la noche empezara con “Las cosas han cambiado”, nada cambia en realidad… Dylan sigue siendo ese espíritu en el agua que muda la piel tras cada parpadeo.

“Ha llovido mucho desde entonces, ha llovido sobre mojado. No se levanten caballeros, sólo voy a pasar…”. Sí, Dylan volvió a pasar con su Never Ending Tour, y no sin hacer ruido, sino como esa tempestad que no cesa, sin querer mirar atrás pero arrastrando consigo las raíces del pasado y del futuro de toda la música popular. Larga vida al maestro.

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