23 febrero, 2024
Que a estas alturas del partido se siga diciendo que con lo último de Christina Rosenvinge, la artista se confirma como musa del indie es como para reflexionar. Por un lado, acerca del concepto de indie, por otro el de la consagración de la artista, que ya hace mucho que lo ha demostrado con creces y con variedad sonora.

Monasterio de la Cartuja, Nocturama 20/08/2015

Fotografías por Juan Antonio Gámez

Que a estas alturas del partido se siga diciendo que con lo último de Christina Rosenvinge, la artista se confirma como musa del indie es como para reflexionar. Por un lado, acerca del concepto de indie, por otro el de la consagración de la artista, que ya hace mucho que lo ha demostrado con creces y con variedad sonora. Lo de musa también, porque no es esa su actitud, y porque nadie parece (ni puede) compararse a ella. Por eso no es de extrañar que esta artista única reuniera a un público bien numeroso en el Monasterio de la Cartuja.

Christina defendió lo suyo, es decir, Lo Nuestro (2015), con una banda muy eléctrica, y es que su nueva entrega se desmarca de la anterior, La Joven Dolores (2011) por una vuelta a medias con su segunda etapa, la americana, más experimental, o más madura, inaugurada con Frozen Pool (2001). Algo así nos había explicado en la entrevista que nos concedió hace unos días.

Pero Lo Nuestro trae más sorpresas, las que oiríamos allí en ese momento. El recital comenzó con la ironía de “Alguien Tendrá la Culpa”, que también abre el disco. Otros y más brillantes de su nuevo álbum, “Romeo y los Demás” le siguieron. Las más coreadas, quizá, las de Tu Labio Superior (2008), como “Anoche (El puñal y la memoria)” y “La Distancia Adecuada”, uno de esos temas que sabes que son de diez la primera vez que lo escuchas, como aquel “Glue”, gran ausente en el repertorio, una falta equilibrada con el reverso tenebroso de “Tok, Tok”.

A la guitarra y al teclado, Christina Rosenvinge demuestra que no es un maniquí, y que se puede mover desde lo formalmente correcto y armónico, hasta el ruido atronador de este último tema. De vuelta a Lo Nuestro el “Pobre Nicolás” nos llevó a otra triste historia de otro genio malogrado, contada sobre el mismo escenario; la noche anterior Hidrogenesse nos hablaba de Alan Turing, y aquella noche, Christina, de Nikola Tesla. “Lo que Falta” quizá sea el tema de Lo Nuestro que recoja mejor la cualidad de resumen de la que hablábamos antes; lo hermoso y lo peligroso. Algo así muestra “Mi vida bajo el agua”, que también sonó.

Con el impío bucle de bajo “La Muy Puta”, Christina demostró ser la Bella y la Bestia a la vez. Rara vez hemos visto a Christina pasando los límites de “Tok, Tok”, además de liberada de intrumentos, moviendose por el escenario como alma que se la llevaría el diablo, la muerte, en el caso de esta canción.

Otra dedicatoria, esta vez abiertamente, llegó con “La Tejedora”, a alguien al que vimos luego por el cesped del lugar… “y es andaluz”, dice ella desde el escenario. “La Tejedora” nos trae a una Christina que jadea y se desgañita más aún por el escenario, con una canción merecedísima de tal interpretación.

Amago de despedida, y vuelta con una versión eléctrica y llena de contrastes de “Canción del Eco”. La sorpresa final fue una canción que hacía unos “diez años que no la tocaba”, preparada especialmente para el público de Chile, “Voy en un Coche”. Con este homenaje a su primer grupo, Los Subterráneos, un gran y largo aplauso final… También le espera Perú a Christina y su nueva banda, y de nuevo un éxito de público ávido por escucharla y por verla, todo sea dicho.

Mientras nos acercamos a una mesa iluminada con flexos, adornada con álbumes, se nos viene a la mente parte de la letra de “Lo que te Falta”; “lo que posees te posee a ti”. Y sin embargo nos llevamos un vinilo. De fondo la música que pinchaba Stereofan nos invitaba a quedarnos más tiempo allí. Eso hicimos. Alguien tendría la culpa.

 

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