Cantecitos, sudor y gloria

Fotografías Antonio Andrés

Kiko Veneno no necesita demasiado para hacer grandes cosas. Sin pirueta ni pirotecnia alguna es capaz de armar un gran concierto en la noche más imposible. Porque, el pasado viernes, la pradera del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, tras su atardecer mesopotámico, ardía todavía hasta los cuarenta grados. Hasta el infierno de Dante tenía barrios más frescos.

Aún más les tocó sufrirlo en el escenario a Canastéreo. La banda sevillana abrió esta antepenúltima jornada de POP CAAC con cuarenta y cinco minutos en los que demostraron mimbres para ser un grupo a seguir en su evolución en los próximos años. Adelantaron varios temas del que será su próximo disco y caldearon el ambiente con su soniquete eléctrico experimental y sus virajes flamencos. Se nota que son de una generación que no sólo ha bebido del rock andaluz primigenio. Porque más allá de los ecos de Smash y de las pinceladas psicodélicas, del sonido caño roto y las Grecas, hay en sus canciones huellas contemporáneas de los Delinqüentes, Pájaro y hasta ramalazos de los sones más gitanos de Extremoduro.

Dice uno de los personajes del autor francés Michel Houellebecq en La posibilidad de una isla que hay dos categorías de artistas: los decoradores y los revolucionarios. Los revolucionarios son aquellos capaces de asumir la brutalidad del mundo y responder con mayor brutalidad todavía. Como hizo Kiko, primero con Veneno y después con su crucial participación en el mítico disco de Camarón, La leyenda del tiempo. Este autor revolucionario que entiende que la vanguardia tiene que ser cosa de jóvenes, no ha dejado, sin embargo, de ser vanguardista y de experimentar incesantemente con su música en cada nuevo paso.  Siempre más lúcido que nadie, mantiene la misma energía, la misma curiosidad, el mismo hambre. El hambre por absorber, investigar y expresarse. En sus dos últimas reinvenciones, frutos del mismo universo creativo, las nuevas canciones se visten con nuevas sonoridades. Hay experimentación, hay electrónica, hay sonidos habituales de la naturalidad del día a día incorporados como una capa más a la grabación. Y en Hambre, su nuevo disco, hay hasta nuevas formas de acercarse a la composición, como en Madera o en la canción que da nombre al álbum.

El concierto del viernes prometía ser la presentación del disco en Sevilla, pero Kiko eligió un repertorio más festivo que la áspera gravedad de algunas canciones de Hambre o Sombrero Roto, incluso del ya más lejano Sensación térmica. En dos horas tampoco cabe todo y eso que cupo mucho. Probablemente, Kiko esté guardando otro tipo de presentación más protagonizada por Hambre para otoño, en otro tipo de contexto, como ya hizo con su predecesor, y al verano le esté concediendo la alegría habitual que puebla sus canciones. No obstante, a pesar de esto, durante un buen tramo del concierto se fueron intercalando algunas novedades con sus famosos y celebrados cantecitos.

Acompañado de su Banda del Retumbe, abrió fuego con la luminosidad extraña del relato de esos fantasmagóricos Días raros de confinamiento en los que tu vecino puede ser tu amigo. Kiko sigue manejando a la perfección ese particular e inconfundible esperanto de la cotidianeidad con el que creó su lenguaje directo y sencillo de las pequeñas cosas. La canción más longeva del concierto, Los delincuentes, ponía un pie en Nashville con esta versión con trote americano y el violín de Félix Roquero danzando folkie el aire de fondo. Un sonido que no abandonaría al continuar con su Memphis Blues Again. La explosión estival de La Higuera precedió a Los Tontos, la canción en la que Kiko fue invitado a participar por el omnipresente C. Tangana para el archiconocido El Madrileño. Una rumbita suave que la banda se llevó a un terreno aún más venenoso que en la original y que compartió con Anabel Pérez.

La simpática parodia de Autorretrato recuerda musicalmente, como alguna otra canción de Sombrero Roto, a pasajes del último McCartney. Traspaso sonó épica. La banda inspirada dio rienda suelta a la improvisación salvaje en el episodio psicodélico de este blues pegajoso y romaní que saluda al legado del rock andaluz de los setenta. Fueron rescatados unos Superhéroes de barrio que llevaban tiempo sin salir de sus sótanos. Como salió también esa Luna nueva con teclados de inspiración elvispreysleriana y raíz en esa misma atmósfera sonora de la Higuera.

Un Everest en la noche llegaba con la algarabía que provocaron tres que son parte ya del cancionero popular: Echo de menos, Dice la gente y Veneno. Y qué gustazo escuchar la voz flamenca de Kiko en esa perla que nace de los tanguillos de Cádiz, Hambre. Yo quisiera que no hubiera más hambre en el mundo que la tengo yo de ti. No se puede decir más con menos.

Con la gloria ya en la mano, el concierto alcanzaba su recta final. No podía faltar en una noche así la guasa de Hace calor. Los versos más dylanianos del pop español (Tú le pides a tu Dios por las mañanas / que lo malo no te coja/ después le pides al viento/ que te arrastre las hojas/ rezas por la lluvia y no te mojas) se impregnaban aún más de su influencia cuando Veneno sacó la armónica en Respeto. Antes de los bises, En un Mercedes blanco culminó sorprendentemente en las notas del I Want You (She’s So Heavy) de los Beatles en un cierre brillante. Joselito y el himno nacional (el bueno), Volando voy, ponían fin al espectáculo ante la merecida ovación del público sevillano.

Con cerca de setenta años, Kiko Veneno, explorador insaciable, sigue mirando hacia el cielo con los pies en la maceta. Con fórmula secreta o no, quién sabe, pero sigue alimentando su hambre con esa inquietud innata por la creación  y los nuevos caminos de la expresión que lo convierten en uno de los artistas más vivos de la escena. Cada vez aún más dueño de su discurso, más dueño de su voz, más único.

 

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