23 febrero, 2024
El trío formado por el pianista, el contrabajista Larry Grenadier y el baterista Jeff Ballard, demostró su grandeza en el Maestranza.

Fotografías por Guillermo Mendo, cedidas por el Teatro de la Maestranza

Con su banqueta llamativamente baja, tocando casi a ras de suelo, como para no desconectar de la tierra sus manos, dejándose caer a peso sobre las teclas. Con sus dos fidelísimos partners in crime, inventivo apoyo de lujo, cómplices habituales a lo largo de las dos últimas décadas, sus inseparables Larry Grenadier y Jeff Ballard al contrabajo y la batería. Con el escenario de lujo del Teatro de la Maestranza, si bien no en una de sus noches más rebosantes, pero generosamente entregada la afición en el patio de butacas, con mucho músico de altura y entendido ofreciendo su mejor par de oídos al pianista Brad Mehldau, maestro moderno del jazz que protagonizaba esta cita en la plaza grande de la música sevillana.

Es Mehldau uno de esos músicos con un don abrasador, una cualidad que sólo los mejores poseen: es imposible no identificarle tras escuchar apenas dos compases de su piano. Con ese estilo marcado, moderno y, sin embargo, no explícitamente alejado de la base más clásica del jazz. Y su personalísimo contrapunto de abrevadero barroco, un reloj imponente escuela Bach con el que juega a dejar fluir el tempo como los relojes de Dalí.

Un artista del constant concept en su música, con una siniestra prodigiosa que suena por dos, una zurda de mago del siglo pasado. La izquierda haciendo la música y la derecha ejecutando, que diría Paco de Lucía. Aunque, acideces entre líneas aparte, Brad Mehldau ejecuta ambidiestramente con maestría. Como aquellos extremos puros del fútbol de antaño que manejaban tan habilidosamente la pelota con ambas piernas que el defensor nunca sabía por dónde le iba a salir al encararle. Y con la elegancia del acompañante fino cuando toca ser fondo y no primer plano, al servicio de la canción o del concepto, según corresponda. Es un lujo escucharle también en discos de otros como miembro más de la banda, como, por ejemplo, en Scar (2001), grabación pata negra de Joe Henry que cuenta también en sus filas con Ornette Coleman, Marc Ribot, Brian Blade o Meshell Ndegeocello. Cuadrilla cara. Qué gustazo de atmósfera tremenda que teje ahí el pianista. Asiduo de las versiones de las grandezas del pop y compositor interesante. Así es Brad Mehldau. Un universo propio, pura clase.

Dejó en el Maestranza una noche para el recuerdo. Cediendo protagonismo en momentos clave a las cabalgadas rítmicas de Ballard y a los melódicos graves de Grenadier. Arrancó con una pieza original remitiendo al blues, Unrequited, con el pulso bien atrás, arrastrando el golpe, escuela New Orleans. Versionó con sutileza una joya grunge, Got Me Wrong de Alice in Chains. Romanticismo chopinesco el que desprendió el ¾ de C Minor Waltz. Estándares del género como All The Things You Are o In The Still of the Night. Y dos cumbres del concierto: el celebrado And I Love Her de los Beatles como último de los bises que el trío ofreció. Una versión la suya, conocida y, no obstante, siempre disfrutable. Sencilla, intuitiva, hermosa. ¿Cómo afrontaría un buen pianista amateur la tocata de este clásico de los Beatles? No de forma muy diferente a como lo hace Brad, aplicando con la genialidad de los sabios el menos es más a una canción que no necesita aditivos. Y el otro siete mil: una lectura deliciosa de Si tu vois ma mére, quizás el momento de más alta inspiración de la noche. Extendiéndose como quien no quiere dejar apagar un momento interesante de brillantez y conexión con el arte, como el músico en la intimidad de su ensayo casero. Jugando con exquisitez, alcanzando la trascendencia. Gustándose, gustándonos, dejándose llevar en la nube de esa melodía preciosa. Una bonita canción, apostillaba en español. Casi dos horas de vuelo que volando corrieron.

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