18 junio, 2024
El saxofonista y cantaor gaditano actuó junto al pianista Emilio Solla en el último Flamenco Festival celebrado en Nueva York.

Antonio Lizana está en un piso en Nueva York, intentando superar el jet lag que le acompaña desde hace un par de días, cuando cruzó el charco para perfilar los ensayos de su concierto junto a Emilio Solla del último sábado de marzo en Joe’s Club, en el Flamenco Festival. Estuvo viviendo en la ciudad durante la pandemia, allí le tocó vivir esa realidad diferente. En enero de 2020 había izado allí su bandera. Acababa de decidir instalarse, tras muchas idas y venidas que no le habían dejado permanecer en la gran ciudad por más de tres meses. Ahora vive en Chiclana, cerca de su San Fernando natal, cuna grande del flamenco que vio convertirse en leyenda a su paisano Camarón.

El legado de la tradición jonda expande sus raíces en Estados Unidos gracias al Flamenco Festival. Un festival, con más de veinte ediciones a sus espaldas, que este año presentó en Nueva York entre el 18 y el 26 de marzo a artistas tan emblemáticos como Sara Baras o Rafael Riqueni. Y que, hace años, fue el punto de confluencia entre un cantaor y saxofonista gaditano y un pianista argentino. Un encuentro que ahora florece en mancuerna con un disco que se publicará en mayo, El Siempre Mar, con el folklore argentino como protagonista. Un proyecto que llegará próximamente a España con varias presentaciones. No será la única novedad discográfica de Antonio Lizana en 2023: sacará también un disco nuevo en octubre, firmado junto a su quinteto. Un trabajo con un punto de partida muy flamenco, que gira sus tuercas con una sección de metales (flauta, trompeta, trombón, saxo) que hará sonar las falsetas de cada palo con la armonización propia de un conjunto de jazz.

8P: ¿Qué relación guardas con Nueva York?

Antonio Lizana: Llevo viniendo a Nueva York desde hace doce o trece años, viniendo casi todos los años. Quizá un mes, veinte días. Siempre he encontrado un motivo para volver. Aparece un concierto, una grabación. Y siempre que vengo aprovecho y me quedo lo máximo posible porque es una ciudad que me encanta.

Imagino que diferentes contextos geográficos generan también diferentes contextos musicales. Has vivido en Cádiz, Madrid, San Sebastián, Nueva York.

Tienes razón. Cada  sitio te inspira de una manera. Cada ciudad te transmite una cosa diferente. Cada cultura hace que tires más hacia un lado u otro. La música tiene una función diferente en cada sitio. Si estás en Europa, la música va a estar más ligada a un lado de la sociedad más intelectual, más ligada a la cultura. En cambio, si te vas a África o a Sudamérica, la música no está tan relacionada con algo intelectual, está más relacionada con la celebración de cualquier cosa. Como nosotros en Andalucía: una fiesta, una guitarra y a cantar. No tienes que ir a un teatro para encontrarte con música.

Concretamente, Nueva York está en otra liga. Todos los días hay una cantidad  de oferta musical increíble. Así como en España, quizá, dependiendo de la ciudad en que vivas, vas cada x semanas a ver un concierto que te interesa, aquí tienes cada noche para elegir entre varios conciertos increíbles. Cada vez que vengo veo conciertos todas las noches, a veces hasta dos y luego jam session. Musicalmente es súper enriquecedor.

Si de por sí, ser músico es ser un nómada profesional, el hecho de ir pisando diferentes charcos culturales, manteniéndose permeable y atento a todo lo que te rodea, permite incorporar otros acentos a tu música.

En mi caso con Nueva York es claro. Lo que yo hago está muy influenciado con el jazz neoyorkino en su máximo nivel. Lo mejor de cada casa está aquí.

¿Cómo recibe Nueva York la fusión del jazz con el flamenco?

Muy bien. Cuando haces música ligada a la música de raíz, resuena a todo el mundo.  En partes diferentes del cuerpo, pero resuena. Es verdad que aquí no hay mucha tradición de flamenco. Hay una comunidad flamenca, pero es muy reducida para lo grande que es la ciudad. La mayoría de la gente no sabe qué es el flamenco. Tú le preguntas a alguien en la calle y quizá alguno lo relaciona con España. Pero quizá no sabe dónde está España. Pueden creer que está en México. Hay mucha gente así. Pero, aunque no sepan el contexto, es cierto que cuando escuchan una forma tan fuerte como la del flamenco, con una estética tan concreta como alguien cantando, la guitarra… les llama mucho la atención. ¿Esto de dónde viene? Lo ven como algo étnico, les llama mucho la atención.

Cuando estoy aquí siempre me resulta fácil relacionarme con otros músicos y moverme en  ámbitos culturales porque la gente tiene mucho interés. Y mucha curiosidad acerca de dónde viene esa forma de expresión, los ritmos que usamos. La gente está muy abierta. Es un mundo por descubrir para ellos, aquí está todo por hacer.

Tenemos el Flamenco Festival, que es el que está haciendo una labor más grande por promover este arte en la ciudad. Y después hay otros festivales en otras ciudades del país que llevan años trayendo a artistas flamencos. Pero sigue siendo una aguja en un pajar, algo muy concreto. Potencialmente hay muchísimo público, mucho por hacer.

Flamenco Festival New York 2022 · Fotografía Paco Lobato

¿Les sorprende tu doble faceta de saxofonista de jazz y cantaor?

A la gente le llama mucho la atención. Les da curiosidad saber cómo aprendí música. Qué fue lo primero, si cantar o tocar. A mí esto me da mucha facilidad para relacionarme con músicos de aquí porque entiendo su lenguaje. No es que yo venga con mi cosa de flamenco y diga: bueno, me  tienen que entender y esto es lo que hay. Yo conozco los términos en que ellos se mueven a nivel de armonía, de ritmo, su tradición. Sé cómo meterme en estos ambientes más de jazz y decirles: no preocuparse, vosotros hacéis esto, que yo me pongo aquí. Tengo esa facilidad para comunicarme con ellos.

Terminaste siendo cantaor de forma casi accidental. Habías abrazado el saxofón antes de cantar.

Sí. Yo había cantado toda la vida, pero sin ninguna pretensión. Siempre he sido muy aficionado a la guitarra y se me ha dado bien sacar canciones. Llevo sacando canciones desde que soy un niño prácticamente. Pero nunca me había puesto en la tesitura de cantante o cantaor. Siempre había dado las canciones a otra gente para que las cantaran y yo me contentaba con hacer los coros. Después, si estábamos en un ambiente flamenco, es verdad que siempre me ha gustado salir a cantar una letrita. Pero en un contexto muy desenfadado, sin tomarlo como mi profesión.

Se dio un momento muy curioso cuando estaba acabando la carrera de saxofón de jazz en el País Vasco. Empecé a componer música, que fue después la música de los temas de mi primer disco. Esta música era, básicamente, instrumental, pero, de vez en cuando, pegaba que hubiera algún cante. Una letrita por bulerías. Estaba en el País Vasco y allí no había cantaores de flamenco. Me dije: una letrita me la canto yo sin problemas. Como siempre me había cantado mis letritas… pensé por ahora me canto yo mis letritas y, luego, cuando vaya a grabar el disco ya veo si invito a algún cantaor. Tuve esa idea por un tiempo.

Hasta que estrené esta música en directo en el País Vasco. ¡En ese momento me sentí tan bien!  Y la gente que me escuchó, compañeros míos que me conocían como saxofonista, profesores… cuando me escucharon cantar todos vinieron a decirme tío, ¡eres un máquina cantando! Claro, yo ya era conocedor del arte flamenco y del arte del cante. Entonces, yo me decía esta gente no tiene ni idea de lo que está hablando [risas].

Por otra parte, me escuché. Está a compás, está a tono. Y me lo había pasado muy bien haciéndolo, sentí una conexión muy fuerte con el cante. Entonces, algo hizo clic. Puedo hacerlo, me voy a meter a saco con esto, ahora que estoy terminando la carrera. Y eso hice. Con veinticuatro años me puse a estudiar cante tomándolo como algo profesional. Antes había sido otra cosa. Evidentemente, había estado en muchísimos ambientes flamencos y me sabía multitud de letras, la discografía de Camarón, casi la de Morente también me la sabía de memoria entera… Me puse con una tía mía que sabe de cante. Ella me enseñaba lo que era una soleá de Cádiz, la de Alcalá, una soleá por bulería. Yo ya sabía letras de todas esas cosas, lo que no sabía era el nombre de cada uno de los estilos. Empecé a diferenciar los tipos de cantiña, los cantes de levante. A estudiar. Nunca había entrado hasta ese nivel de detalle.

Mi desarrollo con el cante no ha sido como el de la mayoría de los cantaores, que han aprendido en una peña y luego han empezado a trabajar en tablaos. Yo he aprendido a cantar haciéndolo en festivales de jazz. Ya estaba ahí como saxofonista. Ha sido ir aprendiendo en el camino.

Has ido cantando directamente en el escenario.

Exactamente. Si el grado de jazz, en vez de estudiarlo en San Sebastián, lo hubiera estudiado en Cádiz o en Sevilla, probablemente no me meto en este berenjenal. Y llamo a algún cantaor colega para que se cantara las letras. Fíjate tú, lo que me hubiera estado perdiendo. Con lo que me ha dado. Me ha abierto un mundo nuevo. Me ha definido como artista. Hoy día no sé si me lo paso mejor tocando o cantando.

Volviendo a Estados Unidos, hace años grabaste allí un Tiny Desk. Eres de los pocos españoles que lo han protagonizado. El otro día leía un artículo que decía que los únicos españoles que lo habían hecho eran C. Tangana, el Cigala y Buika. Pero tú lo habías hecho antes.

Cuando hicieron el del Cigala o el de Buika, no recuerdo cuál fue el primero entre ellos, hubo algo en la prensa: dijeron que eran los primeros artistas españoles en hacer Tiny Desk.            Y una compañera, que se llama Lau… de Laura. Una compositora catalana que vive en Nueva York…

¡Lau Noah!

¡Ella! Exactamente, Lau Noah. Creo que fui el primero en hacer un Tiny Desk y, poco después, ella. Fuimos los primeros en grabarlo, pero no tenemos el nivel de repercusión que tienen el Cigala o Buika. Entonces tampoco se enteró mucha gente.

¿Recuerdas tu primera vez en Nueva York?

La primera vez que fue un ejemplo claro de que la vida tiene sus planes y uno lo máximo que puede hacer es tener sus preferencias. La vida te pone en situaciones que no te puedes esperar. La primera vez que vine en Nueva York venía beneficiándome de una beca de inglés que en aquel momento daban a los estudiantes universitarios. Como estudiaba el grado superior me podía beneficiar también de ella. Vine para hacer un curso de inglés y pasearme por la ciudad. En mis mejores sueños yo tenía que iba a tocar en una jam session y, a lo mejor, conocer a algún músico de aquí. Al final, por casualidad, un amigo mío que había sido mi profesor en Musikéne estaba en Nueva York de invitado, dirigiendo una big band.  Él consiguió que la big band me invitara a tocar con ellos, la Big Band de Arturo O’Farrill. Un viaje que, a priori, era de turista, resultó en ser el artista invitado en una big band con músicos que yo seguía. Era fan de muchos músicos que tocaban en esa banda. Y me vi cantando una letra, haciéndome un solo… Estaba allí Jerry González, su hermano Andy González. Un montón de músicos increíbles.

A través de aquel concierto me invitaron a grabar en su siguiente disco, que fue el ganador del Latin Grammy. Qué carambola.

También en Nueva York, precisamente en otra edición del Flamenco Festival, nació el proyecto junto a Emilio Solla que el sábado anticipáis en el marco del mismo festival.

Esto fue en 2018, mi primera colaboración con el Flamenco Festival. Emilio vino a verme, un compositor y pianista argentino con quien nos hemos vuelto muy colegas desde entonces. Siempre teníamos las ganas de hacer alguna colaboración en algún momento. Y lo hemos grabado el pasado mes de noviembre. El disco saldrá oficialmente en mayo, pero salió esta oportunidad de hacer una premiére, una presentación anticipada en el Flamenco Festival. Y es lo que vamos a hacer este sábado.

En esta unión te trasladas al universo del folklore argentino. Vas a pasar en, apenas tres discos, de cantar por alegrías a españolizar standards de jazz y, ahora, a meterte en la milonga, la chacarera o la zamba. ¿Cómo ha sido este salto?

Es muy bonito. Muchas de estas canciones ya las conocía. Me conectaban mucho, una parte de mí resonaba con ese tipo de canciones. Cuando surgió la oportunidad de la colaboración yo sabía que quería tirar por ahí. Me ha vibrado mucho lo que cantaba Atahualpa Yupanqui o  Mercedes Sosa. Lo vi claro. Cantar estas canciones que, nada más pasándolas por mi voz, por mi manera de enfocar la voz, cogen un carácter flamenco, sin mucha pretensión. Ha sido muy bonito, lo he disfrutado mucho.

Hablando de tus maneras, cuando impartes clase defines a tus alumnos el estilo como el concepto más alto de la belleza de cada uno. Qué bonito.

Es como cocinar algo. Como un zumo, pones ahí en la batidora todo lo que te encanta. Y luego hay que pasarlo todo muy bien para que parezca una sola cosa. Eso crea, al final, el estilo de uno. Nadie se inventa música. La música son doce notas y un ritmo. Hay mucha música hecha. Cada artista, dependiendo de su concepto de belleza, hace sus propias asociaciones para llegar a un desarrollo original.

Yo cojo mis solistas de jazz favoritos, de los que más he aprendido. Por ejemplo: John Coltrane, Kenny Garrett, Cannonball Adderley, Perico Sambeat, Jorge Pardo; gente que me ha dado mucho. Toco mucho material de lo que ya ellos han tocado anteriormente con el saxofón. ¿Qué hago yo? Lo cambio de contexto. En vez de tocar eso en swing, lo hago por bulerías o alegrías, que tal vez no se ha hecho. Empiezo a meterme en un terreno en el que suena original. Cambias cosas, en vez de por bulerías lo hago en un compás que me he inventado, que suena flamenco pero no es flamenco realmente. Empiezas a ponerlo en un sitio donde no se ha puesto nunca antes. Y ese ritmo a lo mejor lo he cogido de música tradicional de Turquía, un ritmo sobre el que no se ha improvisado antes. Seguimos con la hipótesis: cojo cosas de cantautores, imágenes que me gustan mucho, que describen la naturaleza. Y lo incluyo también. Son muchas cosas que resuenan en mí y acaban creando mi propio jardín.

Me recuerda a un chascarrillo de Charly García con la cantante Lali Espósito. Está grabado. Ella se acerca a presentarse, soy Lali, hago música. Él sonríe y responde: la música ya está hecha.

Después la música tiene dos dimensiones para mí. Una es cuando estoy componiendo en casa, que es súper emocionante. Estás buscando, intentando encontrar cosas que sean nuevas. Y lo otro, que por eso me enganchan el flamenco y el jazz, es que me permite que cada día sea diferente. Un día me planteo un solo de una manera y al otro día de una forma totalmente diferente. Es un espacio para el juego y conectarte cada día con como sea que estás sintiendo. El jazz y el cante flamenco lo permiten.

Supongo que cuando uno da casi cien conciertos al año, hacer una música tan libre como el jazz o el flamenco te permite no automatizar una profesión tan bonita como es la música, que también se podría llegar a mecanizar.

Ese es un buen punto que sacas a relucir. Cambia el concepto totalmente. De más joven, tocaba con otro tipo de formaciones que no eran mi grupo, evidentemente. Desde los quince o dieciséis años me buscaba la vida tocando con grupos de todos los estilos. He tocado con grupos que hacían música que me encantaba: fusión, pop, flamenco pop (que es una cosa que allí abajo se lleva mucho). Grupos de este tipo. Y la verdad es que cuando haces cinco, seis, diez, quince conciertos seguidos… la cosa se convierte, cambia. A la mayoría de estos proyectos acababa diciéndoles que buscaran a otra persona que les apeteciera hacerlo, porque yo estaba en la música para otra cosa. Cada día quiero hacer algo diferente. Las introducciones a los temas me gusta hacerlas cada día diferentes, me las invento, miro a los músicos, propongo un juego. Hago composiciones que, en directo, tienen zonas que permiten elasticidad. En medio de las canciones empezamos una improvisación que genera algo nuevo que nunca habíamos planteado y es, de repente, un nuevo paisaje sonoro increíble. Estoy en la música por eso. Y es lo que hace que todo lo demás merezca la pena.

 

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