17 abril, 2024
Si mirabas hacia atrás, estaban todas esas mesas concentradas, cerca las unas de las otras, muy cerca, y habitadas por gente que no conocíamos de nada, pero que sabíamos por qué estaban allí. O mejor dicho: por quién. Alfonso del Valle ya se preparaba para cantar con la guitarra en las manos.

14/01/2015 La Sala, Sevilla

Fotografías por Nuria Sánchez

Si mirabas hacia atrás, estaban todas esas mesas concentradas, cerca las unas de las otras, muy cerca, y habitadas por gente que no conocíamos de nada, pero que sabíamos por qué estaban allí. O mejor dicho: por quién. Alfonso del Valle ya se preparaba para cantar con la guitarra en las manos.

Llegado el momento de cumplir con la cita, el pasado 14 de enero, el cantautor subía al escenario de La Salan con gesto cercano… Con esa amabilidad en la mirada del que sabe mirar. Daba la sensación de pertenecer a ese tipo de personas que si no fuera por la rotundidad de las letras de sus canciones, no podría cantar. A medida que nos íbamos acostumbrando a esa luz tenue que caracteriza a La Sala, él se iba arrancando con la continua participación de su público. Carta abierta al repertorio. Este concierto sería diferente: canciones al gusto del consumidor. Qué más se podía pedir.

Tras un primer tema elegido a voz de pronto, el cantante – de pocos pelos en la lengua – vivía Cuestión de permiso y seguía con El trabajo del artista, siendo ésta última pedida por el público de una forma casi tradicional. Se notaba la tradición en el escenario. Supongo que por eso, en la segunda mirada hacia tras, ya eran más seguidores los que se reconocían en la oscuridad.

 El simple hecho de no tener un set definido, le hacía mostrarse abierto a peticiones, dando la sensación de que el concierto estaba dirigido más por el que escuchaba que por el que cantaba. No había reglas. «Así es el trabajo del artista».

Comenzaban las participaciones. Amigos y conocidos de Alfonso tenían su hueco del escenario reservado  para hacer la noche un poco más especial si cabía. Entre tartas de café fue cosa de Molu, un chaval que demostraba tener ilusión tanto por Alfonso como por sus letras. Se ayudaba del lenguaje corporal para decir abiertamente que «estaba aquí, viviendo esa canción en particular». «Me das la luz, y que lo pierdo todo si me faltas tú», como la frase que más destacaba de este cuarto tema.

Ahora era el momento de Joaquín Calderón. Juntos, cantan De noviembre a enero, de tonos altos y poderosos: «Recuerdos que atan y preguntas de cómo y por qué, de noviembre a enero y aun no sé muy bien cuánto te quiero».

De nuevo era del Valle el que se enfrentaba en solitario a los susurros en movimiento de la gente amiga que había acudido al encuentro. «Y a fuerza de jugar con el recuerdo, he hecho a medida un sueño», se escuchaba bien alto salir de las memorias de toda esa peña.

Aunque Joaquín aún no se había ido, ahora era él el que cantaba «no sé dónde colocarme para que me veas tú».

Después de tocar El cangrejo y Marea, equivocándose al principio de la última en un acorde de guitarra, nuestro protagonista pedía la colaboración de Fernando Saez y su armónica. De esa combinación perfecta sacaron Las ganas. «Como de puntillas se colaron en nuestra vida».

Y cómo no, ese loco de la armónica tenía que dejar huella en el recuerdo. Fernando Saez se abría a su público con Tengo un desvío sexual (tenemos, en realidad). Estábamos seguro de que algo tan bueno no podría haber sido cosa de otro. Es lo que ocurre con la música. Y es lo que claramente estaba ocurriendo allí.

Quizás era momento – que lo era – de que llegara la intimidad con Como hijo de un dios menor. «Qué difícil es vivir en el silencio y tener que hablar con signos y gestos, como hijos de un dios menor». Eso sí, era la canción número 13 y la pareja que tenía al lado no había cesado en el intento de demostrar que las letras del artistas les eran como de la familia.

Fran Mariscal no podía faltar. Él también aportó su grano de arena al espectáculo. Con Vértigo al reloj, avisando previamente del resfriado, vimos a un Mariscal sencillo, sensible y volcado. «Si es que es magnífico», decía la de la primera fila en la mesa de la izquierda.

Iba siendo noche cerrada, ya todos sabíamos que más de tres no podrían quedar. Con la correspondiente anécdota explicativa, Alfonso se disponía a cantar la de la cerveza del bar de los Remedios, haciendo apología a vestir como uno quiere y no como la sociedad te insta, explicaba.

Veinte años no es ná y Robinson en los bares del sur, ambas pegadizas y con toque sureño, fueron las penúltimas peticiones antes de que la chavalería le instara a volver con Tumbao mejor que sentao.

A la vuelta me encontré con un amigo. Le dije que venía de escuchar cositas buenas.

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2 comentarios en «Alfonso del Valle en La Sala «Vamos a escuchar cositas buenas»»

  1. Una maravilla de noche junto a ti amiga. De esas noches en las que cualquier cosa es posible y con música como banda sonora, como debe ser. Ya sabes que es una delicia leerte y disfrutar de tus fotografías, de tu modo de vivir

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