20 abril, 2024
El cincuentón rockero bonaerense alternó las guitarras y el piano para repasar sus casi cuarenta años de exitosa y variopinta carrera musical

Fotografías por Nuria Sánchez

Entró lentamente en el teatro vestido de negro.  Entre aplausos. Con gafas graduadas porque ya no es un chaval, aunque lo parezca. Y con canas. Ariel Rot tiene 55 años y tuvo que hacérnoslo saber varias veces durante el concierto. Nos olvidábamos cada vez que surcaba sus guitarras con velocidad y maestría. Con recreo en los acordes. Demostrando que sigue sabiendo tocar las guitarras. Acústica y eléctricas. También el piano. Al que le saca ritmos animados cuando quiere y notas lentas cuando le conviene. Hizo lo que quiso con la música.

39 años de carrera dan para mucho. Dan para fundar Tequila, hacerse famoso en plena movida madrileña y sobrevivir. De aquella época nos trajo ‘Salta’. Ya mesurado lejos de aquella juventud. Casi 40 años también dan para ir por libre ‘Debajo del puente’ y unirse a otro argentino convertirse en Los Rodríguez. En un grupo memorable de los 90 del que se conoce casi todo lo que hicieron. ‘Hace calor’ o ‘La milonga del marinero y el capitán’. Dos historias que sosegó sentado al piano. Que pudimos paladear saboreando cada verso. Eso estuvo muy bien y el público se lo hizo saber acompañándole en la voz, que tuvo un segundo plano en el show.

Las protagonistas fueron las manos del rockero. Las ‘Manos expertas’, mejor dicho. Dos palabras que dan título a un reciente tema que cuenta humorísticamente el momento que vive el más que cincuentón juvenil guitarrista. Y son expertas porque, sinceramente, dio una clase magistral de tocar la guitarra. Aunque yo no aprendí nada. Es más, fui más consciente de lo lejos que estoy de hacer eso que él hace. Incluso con el piano, otro instrumento al que también le saca un partido maravilloso.

Y todo esto sólo. Solo es solo. Él y nosotros, que éramos cien aproximadamente. Solo. No le hace falta más después de haber estado junto a muchos y muy buenos. Ya no. Ya va por libre. Se ve con libertad para comentar lo que le apetece entre canciones. Unas veces dice que no le gusta ningún candidato a las próximas elecciones y otras cuenta sus historias con las mujeres. Con las grupis, a las que les reserva un lugar preferencial en su repertorio, repleto de noches imprevisibles y acordes a lo que se espera de una estrella del rock.

Eso fue el concierto: la vida de un músico que se vino a España y se quedó. Que trajo lo mejor de sus ídolos argentinos como Pappo y lo unió a uno de los nuestros como Sabina. Y los perfumó con su estilo fino y canalla. De media sonrisa, barra de bar y guiño a la que pasa. A nosotros, que pasamos por la Fundación Cajasol para verlo. O para verlas. Hablo de esas manos expertas que todos querríamos tener. Incluso para la música…

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