Yann Tiersen y el arte de la obnubilación

Fotografías Antonio Andrés

Cuando los primeros espectadores vamos entrando en el auditorio del Cartuja Center, Geysir ya ha comenzado su preludio al espectáculo principal. El dúo telonero de Yann Tiersen en este tramo de la gira desplegó su música durante algo más de media hora con sintetizadores, guitarra y bajo. Su elección como artistas invitados no era algo casual ni poco premeditado. Tiersen mide al milímetro cada detalle de su concierto y la introducción no es una excepción. Los franceses resultan unos acomodadores de lujo estilísticamente en sintonía con sus teloneados: líneas etéreas de guitarras atmosféricas, mandolinas evaporadas, graves profundos, sintetizadores analógicos y cajas de ritmos de otra época.

Poco después de que estos se retiren, la sala queda a oscuras, un magnetófono aparece en el centro del escenario y comienza a emitir diversos sonidos de la naturaleza. Lluvia, el canto de unos pájaros, una bicicleta junto al mar. Será un elemento más, un escudero en la mayor parte del concierto, en sincronía perfecta al protagonista de la noche y su banda. Yann Tiersen sale en solitario al escenario y se sienta al piano de cola. Se para el tiempo.

Su algo más de hora y media de concierto fue un auténtico trance. Así lo plantea el compositor francés, un verdadero mago del arte de la obnubilación, como un viaje de los sentidos. Su show es hipnótico. Capta tu atención, secuestra todos tus sentidos y te lleva a otra parte. Sólo llega a haber cuatro músicos sobre las tablas, pero hay al menos quince instrumentos. El piano de cola, sintetizadores, teclados, campanas, guitarras, acordeón, armonio, clavicémbalo (en el que interpretó su celebérrima Comptine d’un Autre Été), violín… Además, Émilie Tiersen, Jens Thomsen y Ólavur Jakúpsson; los tres acompañantes de Tiersen, ejercen como vocalistas y como músicos. El escenario parece una versión solemne de esos relojes de cuco en los que a cada hora unas figuritas cobran vida y comienzan a moverse, a interactuar entre ellas. Los músicos están en constante movimiento, automáticos y sincronizados. Sus siluetas se deslizan con delicadeza, como en una danza de araña, de un instrumento a otro. Cambios que muchas veces incluso suceden dentro de una misma canción.

El público está totalmente embelesado con todo este espectáculo que roza incluso lo teatral. Hasta las luces son geniales. Son pocos focos, elegantes y precisos, y juegan al compás de la música. En algunas piezas, los focos de cada zona del escenario cumplen una misión rítmica: unos están llevando el compás, otros marcan las corcheas…Con tan larga trayectoria a sus espaldas, a Tiersen no hay detalle que se le escape.

En cuanto al repertorio, la nota constante del concierto fue la heterogeneidad que refleja su obra. Desde algunos guiños a sus bandas sonoras más conocidas, pasando por momentos íntimos y minimalistas, pasajes más orgánicos, fragmentos exóticos y naturalistas; en permanente contraste entre sonidos añejos y otros mucho más actuales (e incluso futuristas).

Cautivados por todo este derroche de elegancia, belleza y melancolía, pasan los bises y el variopinto público congregado en el Cartuja Center rompe en aplausos. Tras hora y media se encienden las luces, desaparece el magnetófono. Se reanudan los relojes. El tiempo vuelve a correr.

 

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