Wooden Wolf en la Sala X

Fotografías por Ana Zanoletty

No hay nada que tire más para atrás que los prejuicios de ciertas (pero útiles) etiquetas del tipo «Folk», si sobre todo están acompañadas de adjetivos como «intimista», «introspectivo», «onírico», «atmosférico» y «profundo». ¡Qué sopor! ¿Verdad? Presentando así a más de uno le daría por quedarse en casa en lugar de disfrutar plenamente de la Música (así, en mayúsculas), en este caso la de Alex Keiling, armado de una guitarra y sus pedales, y en uno de los temas, un pequeño ventilador.
Ni más ni menos que doce almas presenciamos un recital bien denso y lineal, y sin embargo brillante pero oscuro, uniforme pero en ningún momento aburrido, y aunque lo pareciera, no exactamente tranquilizador; la música y la letra de este artistazo son de las que remueven lo subterráneo de nuestros pensamientos. La voz cantante y creativa de Wooden Wolf nos ofreció una actuación minimalista más llena que la que otros hacen con mil luces y fuegos artificiales. Nos presentaba el doble álbum Winter Variations, al que le da el apellido de Op. 6, es decir, que es su sexto álbum.
Se trata de un trabajo melancólico pero no al modo de Maximilian Hecker. Sería como si a este le poseyera el espíritu de Kurt Cobain. Peligrosas y casi innecesarias comparaciones estas, una vez delante del sonido apático y apagado y sin embargo vivo de este canadiense errante… Y es que vivo no significa siempre eufórico, en este caso refleja cierto esplendor vitalista y decadencia, pero también esperanza. Este es su sonido eléctrico y acústico sin mácula, muy del sur de EEUU pero sin peleas ni vaqueros ni carros, más bien, la base parece ser una resaca bien tremenda y lúcida de Bukowski. Y es que la mirada de Keiling es hacia adentro. Una lástima que sólo doce personas asistieron, como hemos dicho. Lástima porque en realidad nos tornamos en doce afortunados. No hubo lugar para el baile, aunque sí para la serenidad oxidada de la vida de hoy en día, esa que brilla sólo si nos fijamos bien.
Despedimos el peculiar humor irónico de nuestro artista de aquella noche con Winter Variations bajo el brazo autografiado, un álbum con múchísimo más valor que precio que bien podría pintar el aire de donde se escuche de un color poco visto a su alrededor, con baterías sin piedad, con guitarras quejumbrosas y cuerdas celestiales. Llegados a este punto, es mejor aclarar que quizá para entender este artículo habría que haber estado allí. Al fin y al cabo, esto es sólo «bailar de arquitectura». Hay que jugársela y apostar por lo desconocido, como hicimos esa noche, saliendo triunfantes de una actuación inolvidable.

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