Screaming Headless Torsos + Glazz en Malandar: “¡Bizcocho, Bizcocho!”

Fotografías por Antonio Guerrero

La misma noche que todo un Manolo García llenaba otro recinto, mucho más grande y con la ayuda de músicos del desaparecido David Bowie, la Malandar ofrecía su humilde y dignísima propuesta: dos bandas con un cierto tipo de popularidad. ¿Que de qué tipo? Del tipo de que tocan muy bien, oiga. ¿Pero qué cantan? Ah, pues ahí no sé qué decirle, porque unos no cantan, y los otros cantan cosas muy raras y/o difíciles de recordar.

A ver; primero salieron unos tales Glazz. Tres muchachos formales y simpáticos, que tocan guitarra, bajo y batería. Llevo oyendo buenas cosas de ellos desde hace bastante tiempo, y debo decir que no me defraudaron en absoluto. A veces sonando como unos Primus algo menos locos, otras como unos Porcupine Tree pasados de rosca, los chicos son indudablemente muy buenos – en especial el batería Javi Ruibal, que en mi opinión hizo el mejor solo de la noche (y eso que después vendría Bizcocho, pero de eso hablaré más adelante) durante una especie de funk ultra-técnico. Con un dominio absoluto del tiempo, el indisciplinado Ruibal jugó a la confusión (que será mi epitafio) más exquisita sin despeinarse… más. Antes ya había dado muestras de su buen hacer en otro tema con guiños de guitarra al Close to the Edge (1972) de Yes y hasta a la banda sonora de E.T. the Extra-Terrestrial (1982), “Saltimbanquis”, del estupendo disco CirquElectric (2011), y lo volvería a hacer a las escobillas para cerrar la actuación. La sencilla puesta en escena de Glazz se vio aumentada por el percusionista de la atracción principal de la noche, Daniel Sadownick, para un gran momento de groove, un poco al estilo del Santana más esotérico, celebrado con devoción por estos tres fenómenos que no escatimaron elogios para una de sus influencias confesables.

Y, tras semejante aperitivo, dejamos espacio para el plato principal. Uno concienzudamente preparado, especiado de forma anómala, pero sorprendentemente sabroso; mezcla imposible de diferentes cocinas a la manera del monstruo de Frankenstein, y sin embargo coherente; algo, en definitiva, para chuparse los dedos y devanarse los sesos preguntándonos qué es lo que hemos comido. Screaming Headless Torsos ocuparon sin ceremonias sus respectivas posiciones: David “Fuze” Fiuczynski a la guitarralienígena, esta vez de un solo mástil, James “Biscuit” (Bizcocho) Rouse a la batería y coros, Freedom Bremner a dos (dos) micrófonos, Reggie Washington al bajo y el ya citado Daniel Sadownick en medio de su interminable colección de cacharros para golpear, agitar, apretar o accionar, según la necesidad.

La cosa empezó directa al grano con una “Word to Herb” como para volarnos el cráneo, a base de fraseos vocales y guitarreros unísonos de naturaleza jazz a la velocidad de la luz, antes de empezar con el material que vienen presentando -algo tarde- incluido en su más reciente trabajo de estudio, Code Red (2014). “Brooce Swayne” es un pildorazo de pop funky tan bien facturado que merecía haber conseguido los derechos para usar la verdadera identidad de Batman como título. Creo que fue más o menos entonces cuando, a cuento de los coros del tema recién acabado, Bremner presentó a su batería como “James Bizcocho Rouse”, cosa que cayó lo suficientemente en gracia como para que el público de Malandar coreara tras casi cada canción el nuevo apodo del simpático batería como una panda de descerebrados (pero la culpa fue de la banda; ¿recordáis que nos volaron el cráneo con el primer tema?). Rouse no llega a las cotas de espectacularidad de Jojo Mayer, pero tampoco es manco, y defiende un repertorio tan desafiante como el de los Torsos sin mayores problemas.

La preciosa “Field of Light” nos cautivó con su ritmo constante pero gentil, lleno de soul y buen rollo, cosa que también hizo la más clásica “Wedding in Sarajevo” antes de llevarnos de paseo a mayor velocidad por la pasada década con “Mind Is A River”, de su disco de 2005, 2005. El bajista Reggie Washington, afincado en Europa (recientemente estuvo dando una clase magistral sobre el groove en el CICUS que quizá se pueda resumir en la leyenda de su camiseta: You don’t groove, you don’t eat), es un valor seguro. No se sale del guion ni reclama protagonismo, y apoya cada parte con verdadero oficio, lo que en este contexto quiere decir que es un auténtico fuera de serie.

La banda, y supongo que Fuze en concreto, tuvo la oportunidad de invocar y destilar esencias con un “Angel” de Jimi Hendrix bastante respetuoso con el original y sin embargo perfectamente integrado en la propuesta multidisciplinar de los Torsos, porque Hendrix era otro hombre que entendió que el mestizaje era el camino, y efectivamente supo a gloria. El estilo del guitarrista tiene más que ver con el jazz que con pesados riffs o solos estratosféricos; su concepto es más holístico y trabaja por el sonido de la banda al completo, con incidentales participaciones solistas, eso sí, de calidad innegable. La marcianada a medio camino entre Black Sabbath y los Lifetime de Tony Williams (algo a lo que Faith No More también es capaz de jugar, pero con menos papeles) que es “Almond Pear in Love” inauguró otra sección dedicada al último disco, seguida por la más marchosa y terrena “With You” y uno de los puntos álgidos de la noche: una versión, muy ampliada respecto de la que se encuentra en Code Red, de “Sideways”. Originalmente una pieza que no llega a los dos minutos de duración, su traslación al directo fue pura magia, con una construcción vocal ascendente totalmente inspirada y un acompañamiento instrumental a la altura. El vocalista Bremner, a todo esto, es un monstruo. Alternando entre un micrófono sin ciertos efectos y otro con ellos, domina su privilegiada garganta de forma absoluta, haciendo de su boca una auténtica cornucopia musical que lo mismo desmaya a Stendhal que lo convierte en una máquina de precisión rítmica y sexual. Sustituir a un grande como Dean Bowman no es algo que esté al alcance de cualquiera, pero hacerlo y causar una impresión igualmente válida, si no mejor, y al mismo tiempo por entero diferente, es directamente sobrenatural.

Sadownick dio el pistoletazo de salida hacia el final del concierto con un extenso solo, tremendo, imaginativo y muy divertido, de percusión variada, que presagiaba “Smile in a Wave”, enésima prueba de la distinguida querencia jazz fusión de estos locos geniales. La fantástica “No Survivors” sirvió como momentánea despedida, al son consabido de “¡Bizcocho, Bizcocho, Bizcocho!”. Pero el previsible retorno se vio alterado por una petición insistente que se materializó en una versión algo tosca, pero sentida, de “Purple Rain”. La desaparición de Prince era muy reciente aún, y su vocabulario no demasiado alejado del que usan los neoyorquinos, resultando en una interpretación memorable. El medley psicótico de “Vinnie” y “Free Man” puso, como cabía esperar, el broche de oro a un concierto virtualmente perfecto, de los que se recuerdan con perplejidad durante toda una vida.

Recuerdo la cara de mi amigo y guitarrista Jaime, antes de los bises, cuando le pregunté si le había gustado. Parecía estar sereno, pero con esa serenidad que a veces aparentan las personas en estado de shock tras una fuerte conmoción. “Creo que es el mejor concierto al que he asistido en los últimos quince años”, dijo en un tono algo lacónico. Yo andaba aún con la mandíbula desencajada y asentí confuso. Compré allí mismo un par de discos y nos fuimos a casa, a asimilar lo vivido. Y debo decir que, incluso mientras escribo estas líneas, tengo una extraña sensación de irrealidad al respecto. ¿De verdad estuve allí? ¿No se trata más bien de una alucinación muy detallada? ¿Es posible hacer música a ese nivel? Tengo delante de mí los discos, también las fotos, así que debe ser cierto que todo lo anteriormente descrito ocurrió, y sin embargo la sensación persiste. Es posible que se trate de algún tipo de bloqueo relacionado con la imposibilidad de alcanzar, como músico, a cualquiera de los Torsos, pero es un precio que no me importa pagar; la mera existencia de un combo así sobre la faz de la Tierra compensa con creces patéticos complejos como el mío. Solo me resta, pues, alzar los brazos y gritar una vez más: ¡BIZCOCHO!

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