Salvador Sobral, el niño malo del jazz que alegra los corazones

Fotografías Antonio Andrés

Como el niño al que, al sonar el timbre, abren las puertas del aula y sale veloz como el rayo hacia el patio del recreo, salió Salvador Sobral al escenario del Teatro de la Maestranza. Dando saltos de alegría y cantando a gritos el Todo es de color de Lole y Manuel. Es su primera vez en un gran teatro de Sevilla y el cantante portugués, entre risas, recuerda con el público algunas historias de barro y carretera, conciertos en garitos de pueblos en los que ninguno de los pocos asistentes le prestaba ni un poco de silencio ni la más mínima atención a su música. Su suerte cambió el día que los focos televisivos de Eurovisión se plantaron sobre él, ante todo el continente, para que nos emocionase con la extrema sensibilidad y la delicadeza de ese Amar Pelos Dois compuesto por su hermana, Luisa Sobral. Y no es que a partir de ese momento se convirtiera en mejor músico de lo que era unas semanas antes, sino que entonces se le prestó atención a la belleza de su música.

Un Amar Pelos Dois que sonó cuando el final del concierto iba asomándose. Una balada tierna y hermosa, una de esas canciones que parecen detener el tiempo. De la balada al jazz más desenfadado, como en Change, se había estado paseando Sobral por el repertorio. Abarcando incluso el bolero, con la preciosa versión de Ay, amor; o abrazando ritmos más folklóricos (Cerca del mar), acompañado siempre por el pianista Julio Resende, André Rosinha al contrabajo y el batería Bruno Pedrosa. Salvador Sobral sorprendió como un valiente intérprete de lujo, sensible y carismático, vivo, un auténtico mago cosiendo melodías y dinámicas, que parece buscar con sus manos en el aire. Juega con la música, a cantar tan agudo como el violín, tan grave como el fagot. O a cantar el solo de una trompeta imaginaria. Es todo intérprete y todo música. Todo el tiempo.

Intérprete y showman. Porque si cuando canta es capaz de arrancar más de una lagrimilla de emoción, cuando la música para, arranca las risas de su público con la misma facilidad. En un perfecto andaluz condujo todo el concierto entre bromas y anécdotas sobre sus anteriores visitas a Sevilla. Espontáneo y travieso se ganó el cariño del público a base de provocar sonrisas y carcajadas. Incluso se compinchó con su amigo Chipi de la Canalla para simular una graciosa interrupción del concierto. Chipi pedía a gritos al portugués, desde su asiento en el patio de butacas, que cantara algo más movidito mientras el Maestranza no salía de su asombro. Momentos más tarde, el sainete quedaba al descubierto y el protagonista era invitado a subir al escenario a recitar su poema Hasta que la vida nos separe.

Un último regalo se dio a si mismo Sobral y al público en los bises. Solo, sentado al piano, quiso recordar cómo le voló la cabeza la primera vez que un amigo le puso un disco de Lole Montoya y Manuel Molina. El homenaje local de cantar un, poco flamenco pero lleno de admiración, Tu mirá fue agradecido por la ovación con la que Sevilla despidió al cantante que acababa de llevarse consigo un trocito del corazón de la ciudad.

Salvador sale a su patio a divertirse, a emocionarse y a emocionar. Juega a la música, que es lo mismo que tocarla o cantarla, hasta en la lengua de los anglosajones. Crea atmósferas íntimas y sutiles, cercanas e informales, sin renegar de la improvisación y la diversión. Pero ese patio es un escenario, donde con su peculiar forma de cantar jazz, entre Chet Baker, Caetano Veloso y Bobby McFerrin se hace grande y trascendente. El escenario de un Teatro de la Maestranza, lleno hasta la bandera, al que este músico travieso alegró los corazones.

Salvador Sobral en el Teatro de la Maestranza

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