Royal Mail sorprenden a propios y extraños con Royal Game

Buenos principios que auguran mejores caminos

Resulta esperanzador que nazcan formaciones como Royal Mail en un panorama musical alternativo que a veces parece saturado de nuevas incorporaciones. Muchas de ellas ofreciendo sonidos similares que sólo un oído experto (y a veces ni eso) sabría distinguir. No es el caso de los granadinos: destilan una personalidad que se nota buscada y se advierte definida en cada detalle.

El comienzo de este recorrido sitúa al cuarteto en el verano de 2013, en el estudio que Producciones Peligrosas tiene en la localidad alpujarreña de Órgiva. Al mando de Carlos Díaz y masterizado por Nathan James en Phoenix (Arizona), la andadura arranca con compañeros como Miguel López (Lori Meyers), Banin (Los Planetas), Jaime (Pájaro Jack) y Chesco (Brío Afín), cuya huella se rastrea apenas rascando un poco en sus influencias. Tras proclamarse ganadores en el concurso de bandas emergentes que organizaba la Diputación de Granada, cuna indie por excelencia en nuestras fronteras, la expedición estaba lista para comenzar.

La banda nos propone en su primer trabajo, Royal Game, un recomendable viaje a través de once temas que abarcan diferentes espectros de un mismo género, el dream pop salpicado de rock de influencia europea. Y, como todo trayecto, atraviesa igualmente por varias etapas, aunque también podrían ser estados de ánimo. Porque es cierto que la banda sabe crearlos. Lo hace centrando toda su fuerza en la melodía y dejando la voz, casi siempre lo-fi, en un segundo plano.

Así nos atrapa en su desesperación “I can´t follow”, canto envolvente y sombrío que no necesita más letra que apenas dos estrofas para contagiarnos de su renuncia (“fly away, fly away”). Sucede similar con “How could I Ludwig?”, casi 5 minutos de armonía protagonista  aderezada con pequeños pasajes vocales que lo envuelven todo de una nostalgia palpable. Quizás Royal Mail esté recordándonos demasiado a los 90 y de ahí venga toda esa melancolía. Nos asalta esa idea mientras escuchamos “Thelorian Lizard”, en la que es imposible resistirse a corear pálidamente “And if you´re in the wrong place/al the wrong time/you´re somewhere new”. Una languidez que brilla también en la voz casi susurrada de “Road to mad” y va despareciendo a merced de unas guitarras distorsionadas que lo avivan en su recta final. Seguimos inmersos en la melancolía con “A place beyond the stars”, disfrazada de cierta esperanza en “You´ll be fine”, donde el grupo se alimenta de la voz de Chava para construir pasajes oníricos de los que despertar a golpe de batería, a cargo de José Manuel Sánchez.

Sucede a veces que, en el transcurso de un viaje, uno llega a sentirse extranjero en la tierra que pisa sin llegar a serlo. Es la misma sensación que invita a asegurarse de la procedencia de estos granadinos tras escuchar la factura anglosajona de temas como “Looking at” o el clima electrónico de “Hunting´s cruel”.

Refresca y pone en movimiento el pop de “Royal Game”, canción que da nombre al disco y les asegura la necesaria cuota de coros entre el público, porque no sólo de tinieblas vive el hombre. Otro de los ritmos menos taciturnos del álbum es la carta de presentación del mismo, “Majesty”, con un bailable estribillo (incluido parapapá del coro) del que cuesta escapar y que supone una declaración de intenciones (“I´m the majesty/Cause I´m the lonely majesty”). El elemento sorpresa del recorrido lo compone la rebelde y apocalíptica “White Horses” adornada de un space rock que se vuelve más poderoso en el remate del tema, donde los teclados de Jorge Bachs guían el camino a seguir con la ayuda de Javier Olivares al bajo.

Y como toda travesía, llegamos a su inevitable final. Sólo nos quedan en la maleta las ganas de ver plasmado este viaje encima del escenario para comprobar cómo se comporta la banda en directo. Tras el buen sabor de boca de un álbum prometedor, no es difícil pronosticarles una presencia segura en el panorama alternativo nacional.

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