Rock Fest Barcelona – Día 3 “No entiendo cómo puede haber gente que no ame el Metal”

Por Anthony Fucking Warrior

Fotografías tomadas de la página oficial de Rock Fest Barcelona

El Tercer Día resucitamos algo tarde; yo ya me había hecho a la idea de que me iba a perder a los primeros grupos, y no podría disfrutar de Angelus Apátrida, que están provocando una respuesta comercial muy notable para una banda de sus características, ni de Battle Beast, unos fineses con una tía buena al frente. El odio me hacía transpirar.

Y esta vez (es triste recordarlo) ni siquiera matamos esas horas inútiles en la contemplación de documentos audiovisuales relacionados, poco o mucho, con el Metal. No, Refuge hacían de las suyas, recordando los días gloriosos de Rage, pero en el hotel la Patrulla del Infierno se contentaba -salvo yo, desde luego- con charlar. No de los días pasados o el que estaba por comenzar, ni de la gloriosa Historia del Metal o su posible futuro. Azrael se excitaba hablando de ciertas galletas; German “Wings” Villain postulaba las bondades de un poco de limón en la pasta. Yo, desde la noche anterior, sólo consideraba el limón como aderezo para huevos con aceite, pero aquí nos teníais, con Hannah Machina y Joseph Valley (of Death) enzarzados en una conversación acerca de ¡transmisiones neuronales! ¡¡Y Primal Fear tocando a pocos kilómetros!! ¡¡¡Nuestras neuronas se hallaban en el lugar equivocado, ésa era toda la transmisión que necesitábamos!!!

Por fin entraron en razón, y tras unas horas -durante las cuales LGP rendían tributo a su pasado en una formación tan memorable como Ƨangtraït– nos encaminamos al parque donde se celebraba el festival. Fue durante un bucólico paseo, poco antes de llegar a la central eléctrica y al cementerio, cuando Joseph me contó algo que me reconcilió con la idea de permitirle regresar vivo a casa. Tuvo lugar la jornada anterior: esa noche, tras la actuación de Europe, una familia heavy se retiraba, como nosotros, hacia algún lugar, quizá a casa (¡Error! Se habrían perdido a Annihilator). Al cruzarse con nuestro grupo, Joseph pudo oír claramente a la pequeña decir a sus padres, con expresión indignada, “no entiendo cómo puede haber gente que no ame el Metal…” Sólo por esto ya merece el Metal que se quemen todos los putos discos de Johann Sebastian Bach, Duke Ellington o Michael Jackson. Y punto. Krokus sonaban en la lejanía, copiando a AC/DC como sólo ellos saben hacerlo. Bien.
WarCry
fueron los primeros que vimos. Esta gente no para de tocar, y eso se nota. Primero, en que tienen un espectáculo bastante compacto; y segundo, en que Víctor García estaba algo quemado, a pesar de las pintas de Joselito que se gasta. Sus compañeros son buenos músicos, especialmente el guitarra Pablo García (que se parece un montón a John Petrucci) y el teclista Santi Novoa, pero las canciones son otra cosa. No hay ninguna mala, pero se parecen demasiado entre sí. Con todo, la estupenda “Quiero oírte”, “Contra el viento”, “Aire” (donde parece que, por momentos, fuera a arrancar por algún cante jondo) y la final “Hoy gano yo” sonaron todo lo bien que el técnico pudo permitirse tras un inicio en el que a Víctor no se le escuchaba. “Cobarde” computa aparte, porque unas letras tan de Telecinco no pueden hacer otra cosa. Mucho mejor lo del fuego, el acero, la guerra, matar… el rollo Manowar, vamos.

A continuación tuvimos una muy agradable sorpresa: la primera actuación en nuestro país de una de las bandas japonesas más internacionales, Loudness. Despegaron fuerte con su himno “Crazy Night” y mantuvieron un excelente nivel con temas impecables como “Like Hell”, “We Could Be Together”, “In The Mirror”, “The Sun Will Rise Again” o “Esper”. Instrumentalmente no son nada del otro mundo, ni la voz de Minoru Niihara es especialmente buena, pero no importó. El batería-samurai Masayuki Suzuki estuvo perfecto, y el solo de guitarra de Akira Takasaki, aunque algo anacrónico, funcionó. Domo arigato, Loudness.

Durante el concierto de los nipones pude ser testigo de otro de esos momentos que por sí solos justifican un viaje de diez horas a donde sea. Hablo de comunicación no verbal – entre heavies. Asunto interesante donde los haya, que procedo a explicar: un heavy se encuentra solo entre la multitud, escuchando a Loudness, pongamos su banda favorita, o una de ellas. Está desnudo de cintura para arriba, tiene abundante pelo en cada rincón de su cuerpo y bebe cerveza de un cuerno de aproximadamente medio metro de largo. Cada poco alza los brazos y exclama “¡aaaarrrggh!” cuando algo (Loudness, la cerveza, su abundante pelo) le place. Otro heavy, vestido con una camiseta (de una banda heavy, por supuesto), se acerca y lo mira. El heavy número 1 se percata de su presencia, alza los brazos y exclama de nuevo ¡aaaarrrggh! A lo que el heavy número 2 responde, tras sonreír, ¡aaaarrrggh! En este momento algo ha ocurrido; la prueba es que el heavy número 1 vuelve a alzar los brazos y exclama “¡aaaarrrggh!”, tras lo cual le tiende su cuerno, para que el heavy número 2 beba mientras el primero repite el gesto y la consabida consigna. Este suceso, en modo alguno un caso aislado, sino más común de lo que muchos pensarían, es demostración palpable de las bondades y capacidades del Metal como forma pura y noble de comunicación, verbal o no. Me cago en Jung, en Wittgenstein y en las putas transmisiones neuronales.

Tras tan memorable escena era preciso ingerir algo. Encontramos asiento en una especie de merendero vikingo, y entre otros de semejante aspecto engullimos nuestras viandas mientras Accept hacían de las suyas no demasiado lejos. La banda alemana ofreció un concierto muy sólido. Su vocalista responde al maravilloso nombre de Mark Tornillo, y no hizo olvidar al clásico Udo, pero estuvo muy cerca de conseguirlo. Temas recientes como “Final Journey”, “Pandemic” o “Teutonic Terror” se integraron sin problemas antes de acabar con un apoteósico “Balls to the Wall” que cantó hasta el muñeco hinchable gigante de Rosendo que había junto a la entrada al recinto.

Y llegó LA banda. ¿Exagero? ¿Cuántas podrían ser LA banda Heavy por antonomasia, aparte de Black Sabbath, Iron Maiden, Metallica, y – quizá- otros escasos pares? Sólo se me ocurre un nombre (serio): Judas Priest. Por historia, calidad, influencia y venta de discos, Judas es posiblemente EL Metal, a años luz de la legión de imitadores baratos que le han sucedido y tratado vanamente de ocupar su absoluto lugar de preeminencia. Este era el panorama para la última noche, amigos. El Metal, todo el Metal y nada más que el Metal.

“Dragonaut” abrió fuego de manera efectiva, aunque todos estábamos aquí para otras cosas, que enseguida llegarían. Dicho y hecho, los primeros compases de “Metal Gods” hicieron que todo el parque reventara. Es un tema jodidamente perfecto, con unas guitarras que dan ganas de follar como un descosido y un estribillo tan gloriosamente simple que resulta irreal. Rob Halford está en mejor forma que la última vez que lo vi, durante la gira Epitaph. Los años de juventud no vuelven, pero más de uno mataría por conservar el rango vocal del Metal God, que derrochó clase y poderío como sólo él sabe hacerlo. “Devil’s Child” continuó la fiesta, aunque todo adquirió otro nivel con esa composición sobrenatural que es “Victim of Changes”. Los cambios, la atmósfera calma pero tensa, las explosiones de volumen, los agudos imposibles de Halford… todo en esa canción es tan bueno que casi no puede ser cierto. “Halls of Valhalla” fue un valiente intento de defender su último disco, pero cuando lo siguiente es “Turbo Lover” hay poco que hacer. Mejor resultó “Redeemer of Souls”, y eso que después venía “Beyond the Realms of Death”.

Antes de la medianoche empezaron con una sarta de clásicos imbatible: “Breaking the Law”, “Hell Bent for Leather”, el dúo “The Hellion” y “Electric Eye”Richie Faulkner ha encajado de maravilla en el grupo, y buena parte del show recae sobre sus hombros, en los momentos en que Halford sale de escena a vete-tú-a-saber-qué. Glenn Tipton, Ian Hill y Scott Travis cumplen a la perfección, pero no atraen miradas tan fácilmente. La cosa no paró ahí, porque para acabar cayeron “You’ve Got Another Thing Comin'”, la increíble “Painkiller” (¡ESTO es Metal!) y la infaltable “Living After Midnight”. Todo un festín de altísima calidad, que nos dejó alucinando.

Pero llegó la hora de la innoble y odiosa retirada. De nada sirvió que Riot V despegara con su emblemático “Thundersteel” (que alguien canturreaba como “calzoncillo”); mis compañeros querían madrugar. Ciertamente, iban a necesitar la ayuda de Dios por dejarme a mí sin ese postre ácido que es Venom, y que presentaba From the Very Dephts (2015), su última contribución al género que inauguraron con el histórico Black Metal (1982). Ya me las pagarán. Habrá más conciertos, más festivales. Yo estaré allí, para dejar constancia y difundir la Palabra del Metal. Para defender la Fe de los falsos creyentes. Yo, Anthony Fucking Warrior, antes o después, juro que volveré. Y muy mal.

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