Ricardo III, o el rey que vivía bocabajo

Fotografías por Cristina Baquerizo

William Shakespeare escribió cuatro obras sobre la historia de Inglaterra, y este fin de semana, coronando el fin de octubre, se representaba en Sevilla una de ellas: Ricardo III. La historia narra los asesinatos y pesquisas que lleva a cabo Ricardo, duque de Gloucester, para lograr ser rey, mostrando el lado más cruel y corrupto del alma humana, que se emponzoña de poder y borra de ella todo rastro de conciencia.

Esta versión de Yolanda Pallín, representada en el Lope de Vega los tres días de este pasado fin de semana, trae a la memoria al dramaturgo alemán Bertolt Brecht, cuando afirmaba “no hay nada más estúpido que representar Shakespeare de tal forma que sea claro cuando es, por naturaleza, oscuro”. Luces tenues, vestuario sobrio, fondo mate y casi ningún uso de atrezzo, dejando a la vista un escenario pobre y lúgubre, que sólo juega con baúles de diferentes tamaños para representar los diferentes escenarios y que hace que el público centre la atención en las palabras, esas grandes protagonistas. Eduardo Vasco consigue sacar de unos versos toda su profundidad, de la mano de Arturo Querejeta, que representa a un Ricardo que no necesita de un aspecto deforme ni de joroba, – como dibujó Shakespeare al villano -, porque sus crueles palabras y la forma de recitar los brutales e inhumanos versos, cual dulce veneno, logra que en las mentes de los espectadores se forme una imagen de él más terrible que cualquier estigma físico. El Lope de Vega tiembla, e incluso las cabezas que asoman por el paraíso de un Lope de Vega casi lleno se sienten inermes ante Cristina Adúa y su representación de la desdichada Ana.

La música es también protagonista, gracias al piano, pieza clave de la representación, pues la versión va acompañada de música en directo, con breves canciones que corean los personajes. La melodía más representativa es un reflejo del absurdo que va teniendo lugar, donde un despiadado villano asesina a aquellos que se interponen entre él y la corona de Inglaterra, mientras el resto de la corte y del pueblo es consciente de su culpabilidad y ferocidad, pero hacen oídos sordos, ya sea por miedo o por persuasión. Así, los personajes cantan “el mundo está vuelto del revés, tiene la cabeza donde deben estar los pies”, y nos muestran a un Ricardo que vive bocabajo en un mundo que se mueve a su son. Los versos de Shakespeare reflexión sobre el tema de la conciencia, de la que incluso los personajes que parecen poseerla se van desprendiendo de ella, sobre todo ante alicientes económicos o de poder. De nuevo, el texto apela a la corrupción del ser humano, mientras el arrepentimiento no tiene casi vigencia en un mundo de sin sentidos que confluyen en la ambición ciega. Sin embargo, la obra es también una imagen de nuestra actualidad, donde las estructuras de poder nos ahogan en una falta de escrúpulos constante, donde el fin justifica los medios, y la decadencia de nuestra política se entrelaza con la historia shakesperiana, y más un día después del tercer intento de formar gobierno en menos de un año, en un país que se deshace en promesas y traiciones.

Los personajes, que actúan durante toda la obra como las voces de la mente de Ricardo, riéndole y alabándole las artimañas que lleva a cabo, son también las culpables de su autodestrucción, las consecuencias de todos sus actos y sus propios jueces. En el cénit de la historia, Ricardo se consume por su corrupta alma: “mi conciencia tiene miles de lenguas y todas cuentan cuentos diferentes: no hay criatura alguna que me quiera”. Y el espectador ahora que intente salir de las sombras como pueda, cómplice de esas verdades que todos sabemos, pero que aceptamos del mismo modo que se corona a un rey infame.

Autor: William Shakespeare. Adaptación: Yolanda Pallín. Dirección: Eduardo Vasco. Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortiz, Cristina Adúa, Antonio de Cos, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya y Guillermo Serrano. Escenografía: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Lorenzo Caprile. Fecha: 28, 29 y 30 de octubre, en el teatro Lope de Vega.

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