Quique y Lapido en Sevilla -¿Cuándo vais a venir otra vez por aquí?

Fotografías por Rafa Marchena
Vídeo Paco Walks Softly (Avilés 31-10-2014)

La gira Soltad a los perros, protagonizada por Quique González y José Ignacio Lapido, aulló el pasado sábado 29 por última vez. La tan esperada última parada de este tour trajo un prematuro regalo de Navidad a Sevilla en forma de saber hacer y rock del bueno, a partes iguales.

Tras recorrer la larga distancia hasta el Auditorio, que convierte el pre-concierto en un predicar por el desierto, un público mayoritariamente crecidito tomaba asiento en un Fibes inexplicablemente no del todo lleno. Murmullos. Instrumentos brillantes aguardaban pacientes y ordenados en el escenario la llegada de los músicos que, puntualmente y en fila india, comenzaron a desfilar ocupando sus posiciones como caballos de carreras. Más murmullos y aplausos. Un Quique vestido de negro, camisa roja estampada y sonrisa puesta, se situaba a la izquierda de Lapido, de negro riguroso, elegante e imponente presencia. Formando filas ambos con un ejército de músicos conocidos y deseosos de volcar el rodaje que les ha dado este tour. Un paso por detrás, Ricky Faulkner, gastando sombrero y equilibrando el conjunto. A la derecha del padre, la batería impecable de Edu Olmedo, a su izquierda el teclado de Raúl y delante una primera fila de guitarras con Víctor y Pepo como estandartes, escoltando a dos protagonistas que prometían espectáculo incluso antes de colgarse la cinta de las guitarras.

Los aplausos de bienvenida rebotaban aún en las paredes del auditorio cuando comenzaron los primeros acordes de “Ladridos del perro mágico”. Guitarras en alto y sonido potente en un escenario algo desangelado y carente de artificios que la banda se encargaría de decorar paulatinamente con su repertorio. Comenzamos desde el principio a oír cantar a todos los integrantes y al vuelo se palpa que no estamos ante dos intérpretes acompañados sino que se trata de un todo, un equipo de amigos, una alineación de planetas hecha banda.

La energía empieza a ser contagiosa cuando Lapido entona la pregunta que quedaría flotando en el aire al terminar el concierto, “¿Cuándo vas a venir otra vez por aquí?”. Vemos a  Quique disfrutar, moverse por el escenario liberado, juntar cabezas con sus músicos y sonreír, ora con Pepo ora con Víctor. Todos apoyan el estribillo de “La luna debajo del brazo” y nos sorprenden con coreografía a cuatro guitarras, adelantadas, sincronizadas, fruto de un momento muchas veces saboreado. Es al acabar este tema cuando Quique presenta al granadino. “Es un día especial”, nos advierte. Se trata del último concierto de un proyecto que no desea dar por terminado. No necesitaba decirlo. Anoche nos encontramos con una banda brillante, encajada en tiempo y ritmo, creando el marco perfecto para que dos grandes hicieran suyo el escenario.

Lento, casi susurrando, Quique arranca “El carrusel abandonado” ante un Lapido que lo acompaña, se diría que entre orgulloso y emocionado. El tema concluye con un final mágico a tres guitarras que dejan oír en segundo plano los aullidos de un Quique pletórico. Es tremendamente difícil mantenerse sentado cuando suena “Me agarraste”, para la que el granadino abandona la acústica y se arma con la guitarra eléctrica. No se trataba de la mejor ubicación para un espectáculo que pide levantarse y dejarse llevar (también echarse alguna que otra cerveza a su salud). Los perros sueltos no podían aguantar sentados y ya en los inicios comenzaron a verse los puños en alto de quienes, entre el público, reclamaban acabar con la tiranía de los asientos numerados.

Lapido sigue llevando el timón en esta primera parte cuando presume de una rockera Luz de ciudades en llamas, con un estribillo entonado en conjunto. Si no se tratara de temas ampliamente conocidos, nos resultaría difícil adivinar a quién pertenece cada uno. “Qué grande eres, Lapido”, exclama Quique antes de presentar a Raúl Bernal, el “poeta” que se sienta en el teclado. Lento y bien afinado continúa José Ignacio con “Se equivocaban contigo”. Caemos en la cuenta de que con él también nos hemos equivocado; estamos ante unos de los mayores poetas del rock contemporáneo. Es precisamente su voz la que llena de matices nuevos “Deslumbrado”, un tema que Quique escucha y disfruta con mirada cómplice para después abordar juntos una de Lapido, “Antes de morir de pena”. Resuena brillante el solo de guitarra de este último, comedido en las formas pero grande en contenido, rascando las cuerdas en el sitio y llevando en los labios las notas que dibujan sus manos. Es entrañable ver cómo Quique trata continuamente de sacar a Lapido de su evidente timidez, lo busca y lo besa como si fuera un hermano. Nos cuenta también que ahora llega “Kid Chocolate”, tema que hace bailar a toda la banda (sí, a Faulkner también) y que comienza a elevar la temperatura poniendo de nuevo en movimiento a todo el conjunto. El madrileño está como pez en el agua y mientras Lapido sigue haciendo maravillas con su guitarra, llena la escena yendo de un lado a otro, bailando y disfrutando como si fuera la primera vez. Hay una conexión casi palpable entre ambos: hablan, se miran frente a frente y nos dejan ser partícipes de una camaradería que sabe a admiración mutua. Esa que sólo se deja ver en el bar al acabar la función.

Justo después materializan su sintonía en uno de los puntos álgidos de la noche: “Hotel Los Ángeles”, tema que suena potente y levanta unánime al público de las butacas. Un Quique liberado de guitarra y también de responsabilidad se hace con el micro, deja el pie a un lado y ejerce de estrella del rock, llevado en volandas por una banda que suena demasiado bien. No puede ni quiere ocultar que es feliz rodeado de sus camaradas. Aunque hoy no es la estrella principal que protagoniza “En el backstage”, la siguiente de su cosecha en la que vuelve a mostrar su aprecio por el granadino e incorpora su mítica armónica al conjunto. “Una de las joyas del rock de este país”, advierte de él antes de llegar al ecuador de la noche con “El más allá”, letra magistral del ex componente de 091. De nuevo vistazo y compadreo entre ambos, otra vez conjunción mística y alineamiento bajo la cúpula del Palacio de Congresos.

“En una ciudad con una avenida que se llama Kansas City, entenderéis mejor que nadie el siguiente tema”, bromea Quique al presentar la gringa “Dallas Memphis”, que cambia su letra al cantar “tocaba con los perros/no podía quejarme de nada”. Un grito consensuado de los asistentes a la voz de “ejércitos del rock rompiendo filas” derrumba el escaso espacio que separaba los asientos del escenario y hace que queramos quedarnos para siempre con la banda. Al terminar, el maravilloso y reconocible acento granadino de Lapido, que venía de tocar la noche anterior en casa, habla de la amistad que los ha unido a lo largo de los años. Como dos hermanos de batallas abordan a dúo “En medio de ningún lado”. Guitarras sincronizadas, espalda con espalda y hombro a hombro, dos de los mejores compositores del rock español se encargan de “Clase Media”, avance del nuevo disco que prepara Quique y que suena a éxito (de nuevo).

También hay espacio para baladas clásicas más que instauradas y que son recibidas con agrado por la audiencia. Así introduce QuiqueAlgo me aleja de ti”, un tema intenso y emocionante de cuya letra es responsable Lapido, precisamente quien la encamina para abrirle camino a su compañero, que la remata con los puños apretados y el sentimiento dibujado en la cara. Sin embargo, no hay tiempo para la tranquilidad cuando inmediatamente después vemos a Quique tratando de subirse a un ampli junto con Víctor Sánchez. Algo grande se acerca. “De espaldas a la realidad” es la culpable de que se desate la locura de nuevo. Volvemos a sentirnos parte de una banda engrasada, que parece estudiada al milímetro pero que suena con la fuerza de la primera vez. El director de orquesta en que se ha convertido Quique no deja pasar un momento sin organizar el espectáculo. Capítulo aparte merece el continuo desfile de guitarras que se sucedió a lo largo de la noche por cuanto, entendemos, tiene de necesario.

La banda pide palmas en “Cuando por fin”, tema rockero de Lapido incluido en el álbum Formas de matar el Tiempo. Nadie queda ya para entonces sentado en el patio de butacas cuando llega la primera parada de la noche. La banda se retira volando los aplausos en un auditorio que sabe perfectamente que se trata sólo de una pausa antes de los fuegos artificiales. Dicho y hecho. Un Quique recompuesto y más moderado, armado de nuevo con la armónica, sube cinco minutos después al escenario. Lo acompaña únicamente Raúl al teclado cuando escuchamos uno de los clásicos que sonaron anoche, “Aunque tú no lo sepas”, del que Olmedo abordó una parte, aún no tenemos claro si de una forma demasiado ortodoxa. Es el único que permanece arriba cuando le toca subir a José Ignacio. Le da la réplica Víctor, su guitarrista de cabecera y parte de su, como él describió, banda de ‘perracos’, mirándose frente a frente en una delicada y punzante “En el ángulo muerto”.

Es el momento de recordar a la mítica 091. Oímos el principio de la maravillosa “Nubes con forma de pistola” en boca de Lapido. Los más veteranos entre los asistentes mueven los labios recitando una letra que va subiendo en intensidad conforme se une el resto del conjunto. Quique busca continuamente a su compañero y ambos se adelantan un par de pasos, armados con sus guitarras, blandiéndolas como espadas. El final se aproximaba cuando empezó a resonar otro de los grandes éxitos de González, “Vidas cruzadas”, ante un público cantando en karaoke prácticamente el tema completo. Era el momento de marcharse de nuevo, de irse de la fiesta cuando uno se lo está pasando bien. Y era también el momento de un bis más que medido que no se hizo esperar. Otra vez respetando la ecuanimidad del tour, la banda toca reunida y a coro en el centro del escenario un tema de Lapido, “Cuando el ángel decida volver”. Se trataba sólo del último respiro antes de que el conjunto atacara entre aullidos los acordes de ”Dónde está el dinero”, que subió el volumen hasta lo más alto. Con todos los presentes arremolinados en las primeras filas, el grupo quemó sus últimos cartuchos montando una auténtica fiesta en el escenario. Un éxtasis tan compartido que hasta Quique, que acabó lanzando la chaqueta al público, olvidó un par de frases de la canción sin que apenas se notase, salvo por la sonrisa familiar que le dedicó Lapido. Una intensidad correspondida por una audiencia rendida al hecho de que nos encontramos ante una banda con una calidad sonora poco frecuente y una afinidad personal aún menos frecuente. Y nos dejaron preguntándonos, al igual que cantaban al principio, ¿cuándo vas a venir otra vez por aquí?.

 

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