Quique Gónzalez y los Detectives en la Sala Custom: Sospechosos habituales.

Fotografías por Ángel Bernabéu

Me encargaron el caso esa misma tarde. Aún no había acabado el trabajo anterior pero al jefe no le importó.

“Sigue a este tipo, no te escabullas, pégate a sus talones, quiero que lo traigas ante mí en cuanto encuentres alguna pista…”. Me dejó claro que había mucho en juego.

Entré en el local de incógnito, bajo otro nombre pero supuse que a mi nueva identidad también le gustaba la cerveza, esperé en la barra  soñando hasta que empezó a sonar ese maldito teléfono que me devolvía a mi misión. Miré a mi alrededor: bruma, algunas farolas que apenas alumbraban, una cabina telefónica y un cartel que me decía que aunque estuviera perdida, estaba a escaso kilómetro y medio de la Asturiana de Zinc.

Y allí apareció el tipo,la barba sin recortar, medio despeinado, con camisa blanca y chaqueta negra,media sonrisa de ganador y una guitarra ¿Qué se creía?¿Un gánster? Me pareció más guapo en las fotos y más sólido en la realidad. Aclaré mis ojos y mi oído, me di cuenta de que era más astuto de lo que creía, no venía solo, estaba respaldado de seis de los suyos que comenzaban a crear una mágica coartada sonora. Se hacían llamar Los Detectives. Sospecho que bajo ese nombre se esconde algo oscuro. Entonces lo supe: este tal Quique González tenía bien cubiertas las espaldas, sabía que lo andábamos buscando.

“Detectives” me paralizó por completo. Es tímida y dulce, casi somnolienta pero lo que dice es tan duro que hasta vi como la mujer embarazada que intentaba bailar a mi lado se agarraba la barriga para proteger a su hijo de toda la crudeza que le puede esperar aquí fuera. Todo un código vital del investigador a sueldo, poética, cinematográfica…un placaje para empezar, una declaración de intenciones.

Salí del letargo como pude entre la melodía rockanrollera y el coro pegadizo de “Se estrechan en el corazón”, la primera de las canciones que todos los secuaces del público cantaron a pulmón roto. Quique González se presentó ante la audiencia diciendo que él y su clan habían salido a hacer arder Sevilla como buenos detectives antes de dar paso a “Sangre en el marcador”. Las guitarras sonaban a líder de una mafia mandando a uno de sus hombres a partirle las piernas a alguien. El violín de Edu Ortega parecía escupir rabia pero de una forma tan elegante y contenida que seguro que la saliva era curativa. El público empezaba a bailar sin miedo y a mi cada vez más me aterraba lo que estos chicos podían hacer… pero he de admitir que estaban empezando a caerme bien.

Se ve que, como sospechaban en mi departamento, González ha sido un canalla de primera. Ha quemado las carreteras como un canalla, ha vivido los veranos a golpe de cigarro a pleno sol como un canalla y ha amado como un canalla. Y, como buen canalla, se acobarda y necesita de la ayuda de alguien para poder sobrellevar haber traicionado a un amor. Charo se engrandece con la voz de Nina, corista de González y miembro de Morgan. Es puro soul oscuro y sutil para poder hacernos olvidar el peso de que la Asturiana de Zinc nunca recibiera la llamada a tiempo. Aún así no pudo evitar que a más de uno le temblaran las rodillas. Aprovechando que el granuja estaba enseñándonos que en el fondo era un sensible, se alzó “Cerdeña”, esa canción íntima con un violín sereno, y la guitarra como ‘‘una dulce muerte súbita” que te deja el revólver en la garganta.

Sabía que tarde o temprano cometerían fechorías y así lo hicieron. La vieja escuela del crimen: Grahm Parson, Keith Richards, Buffalo Springfield, sudor de la Creedence Clearwater Revival más ruda y de ZZ Top…estos chicos saben como se juega cuando nos clavaron con navaja oxidada canciones como “Kid Chocolate”, “Caminos estrechos”, “Dónde está el dinero” y “Tenía que decírtelo”. Comprendí por qué tenían tantas ganas de pillarlo. Es peligroso que haya una banda por ahí que aún nos haga soñar con tabernas oscuras, caminos sin asfaltar, blues negro, whisky y bailes diabólicos…

Hace 15 años de uno de los primeros actos delictivos de Quique González, Salitre 48 ese dulce y magistral acto criminal sin depurar pero con grandes momentos que a unos ratos sonaba a Los Secretos y a chico mojándose en una calle sin salida por placer. La “Ciudad del viento” más poderosa que nunca y “Salitre” liviana, pop, pero con una personalidad arrolladora como el viento del levante.

La Cara B de la última coartada de la banda, “Me mata si me necesitas”, se deshizo en pequeños fragmentos que contrastabas. “Ahora piensas rápido”, folk suavizado, la espiral de corte espacial. “Orquídeas”, la carrera 100 metros lisos entre el teclado de David Schulthess y los riffs de guitarra de “Relámpagos”. Y el soul de tumbarse sobre el piano de un cabaret de “No es lo que habíamos hablado”.

Cerraron con una tormenta de canciones difusas,regaladas tras el caos que se formaba en la sala que pedía un poco más de redención,“Daiquiri Blues”,“Pequeño Rock and roll”, “Kamikazes enamorados”… y como guinda “Y los conserjes de  noche”, vuelta a la melancolía llena de rabia y a los sueños de barra de bar.

Estaba claro, el caso estaba perdido toda la Sala Custom testificaría a favor de estos siete monstruos de la noche y las calles oscuras. Es cierto. Una maestría y una sinergia tan grande levanta sospechas y haría que más de un jefe de policía aburrido les colgará el cartel de culpables. Pero pueden estar tranquilos, he cerrado el caso, no dejaré que les toquen un pelo para que puedan seguir delinquiendo a sus anchas y que, por favor, siga llegando a nuestros oídos.

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