Quién supiera reír como llora Martirio

Fotografías Antonio Andrés

Quién supiera reír como llora Martirio. Como llora Martirio la canción. Y canción sobre canción. Capaz de hacer suya otras pieles, de transustanciarse en otras lágrimas, de sumergirse en los infiernos emocionales más dolorosos de la ranchera, transportarnos con ella hasta allá y emocionarnos mostrándonos la belleza del camino pedregoso, del desamor y la tristeza. Y, cuando cesa la música, apenas pasados unos segundos de parálisis y silenciosa consternación y otros tantos de sinceros aplausos… la misma capacidad para volver a esa forma suya de ser, tan auténtica, tan cercana, con tanta guasa y tanta verdad, que torna la lágrima de pena en lágrima de risa con la misma facilidad que con la que se respira.

En la tercera noche de música en el Teatro Lope de Vega del recién llegado Festival Singular, Martirio y su hijo, el guitarrista Raúl Rodríguez, presentaron su homenaje a Chavela Vargas en lo que acabó siendo una velada inolvidable. Luz de luna, De un mundo raro, El andariego, Canción de las simples cosas, la Llorona… fueron algunas de las joyas del repertorio de Chavela seleccionadas para este espectáculo. Además, se colaron por derecho otras canciones universales como Volver, Noches de boda o La bien pagá (más universal que nunca con su English traduction: Paid So Well).

El escenario lucía sobrio y solemne. Apenas iluminado. Raúl Rodríguez, que además de ser un gran virtuoso de la guitarra es el creador del tres flamenco, tocaba las primeras notas sentado en una silla negra. Instantes más tarde, sólo con poner Martirio un pie en el escenario se notó que algo había cambiado en el teatro. Martirio mantiene esa identidad inconfundible y esa presencia escénica hipnotizante de dama de la canción, un halo de elegancia que la envuelve, que transforma la atmósfera en cuanto pisa las tablas. Con su mítica peineta, sus emblemáticas gafas de sol negras y una flor en el pelo. Con esa voz añeja por la que parece que no pasan los años. Con ese dominio del espectáculo tan sublime. Y con ese flamenco corazón de arrabal que late a ritmo de ranchera, de copla, de tango. Si aquella noche el teatro Lope de Vega hubiera apagado sus focos, Martirio hubiera seguido brillando en las sombras.

A través de esas lentes oscuras, los ojos de Martirio deben ver algo que no podemos ver los demás. Menos mal que está ella para cantárnoslo y su hijo Raúl para mecer su canto con los acordes de su guitarra. La simbiosis entre madre e hijo funciona como si fueran una sola persona (¡como que lo fueron!).  Y nada tuvo que ver el concierto con una alineación de clásicos que se sucedieran aleatoriamente. Había un discurso, una trama, un sentido. Hilos que se van cruzando hasta formar un todo. El Festival Singular hizo posible esta bella noche en el Lope de Vega, albergando el precioso homenaje de Martirio y Raúl Rodríguez para su admirada Chavela que seguro hubiera sonreído al escucharlo, esperando con sus brazos abiertos, con esa forma de abrazar que sólo tenía Chavela.

Crónica de una suerte anunciada. No podía ser de otra manera. Porque María Isabel Quiñones Gutiérrez es una mujer poderosa y sensible, popular y vanguardista, con raíces y con alas, sin prejuicios y con una sabiduría profunda. La palabra artista cobrando su entero sentido: Martirio.

 

 

 

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