Raíces felinas atrapan a la Custom con Nikki Hill

Fotografías de Esperanza Mar

Un poco antes de las 21:30 las tenues luces que parpadean en los solitarios cruces de caminos comienzan a iluminar nuestros mejores sueños. Mientras, entre la niebla húmeda entrevemos la figura sensual y provocativa de quien se sabe poderosa con su simple silueta.

Al acercarnos un poco, vaqueros ceñidos, botas de cocodrilo y turbante rojo. Una sonrisa provocativa, seductora, de esas que embelesan el alma más atenta. (Nikki Hill)

Nos adentra sin remedio en su mundo de ritmos prohibidos, peligrosos pero pegajosos y embriagadores (“Ask yourself”). Sin apenas mediar palabra, tras ella podremos distinguir la tenue luz de una guitarra roja (Laura Chávez) que se ilumina cual diablo a carcajadas con cada nota que arranca de sus cuerdas (“Her destination”).

Nos invita a que la sigamos. A que nos adentremos más en la bruma, donde apenas se ve, sólo se oye el compás 4/4 sencillos pero fundamentales para entender los ritmos de rock más complejos. Sensaciones propias de los ´50 y ´60 (Marty Dodson). Parecen avisarnos de que si estamos aquí es bajo nuestra única responsabilidad, y donde sólo nuestra vida está en juego. (“And I wonder”)

La figura femenina que nos precede al andar se contonea, desgarra el espacio que nos separa con su voz, al inicio algo apagada pero que va cogiendo fuerza por momentos. Nos mira de reojo y se vuelve, se aleja presurosa y se para de repente para esperarnos. Sentimos su poder, su alma proyectándose desde su cuerpo, pasando por la guitarra de Matt Hill, haciendo que se magnifique aún más.

Toma prestados los ritmos constantes y magnéticos de un bajo que se escucha en la lejanía (“Can’t love you back”), sin tomar protagonismo, pero presente en cada paso (Nick Gaitan). La unión de todos los sonidos in crescendo nos llega sin filtro, sin parapetos, directo a nuestro corazón a través de nuestros oídos y piel, donde deja su sello incandescente grabado en nuestras neuronas del corazón.

El calor ambiental comienza a hacernos mella. El sonido se vuelve denso, palpable, meloso. El sudor incipiente nos eleva la temperatura corporal en perjuicio del raciocinio (“Holler out loud”). Ya no estamos en aquel cruce del que nos bajamos del coche. No sabemos a dónde vamos, ni siquiera en qué época estamos, pero cada vez nos da más igual.

Descubrimos con cierta sorpresa que no somos los únicos siguiendo la senda, hipnotizados. Alrededor nuestra caminan otras 400 personas y si nos fijamos bien, podremos ver cómo se mueve cuando la energía de nuestra anfitriona pasa a través de ellos. Algunos con todo el cuerpo, otros sólo con los pies, las cabezas de ojos cerrados siempre al compás. (“Don’t be a sucker”)

El Rockabilly acelera el paso, crea sonrisas en los rostros sin nombre que nos rodean. Siervos del ritmo, seguidores de lo que nos mueve por dentro, amantes correspondidos coreamos con las palmas en alto nuestra comunión con su voz, cada vez más fuerte, más segura y cautivadora.

Are you ready to dance?” resuena en nuestros oídos mientras los pies parecen haber tomado vida propia. Carcajadas y gritos, brazos en alto y un punteo a la velocidad de la luz. Melenas al viento y alguna que otra calva descontrolada cuando la batería redobla en un apoteósico final “in this amazing fucking band”. (“Might get killed tonight”)

Para confundirnos a veces se disfraza de otras voces, nos trae imágenes a nuestra mente de otros lugares, de otros tiempos (“Breakaway” by Irma Thomas). Ya da igual, si apenas sabemos si estamos en pie o flotando. Como cruel flautista se escucha de fondo “keeping serving me”.

De repente se detiene. El silencio se apodera de la oscuridad. Resuenan nombres americanos entre ecos lejanos. Unos ojos vivaces y llenos de alegría nos encomiendan volver a vernos “next time”. No sabemos muy bien de qué va todo esto, apenas entendemos lo que nos quiere decir en una lengua que no es la nuestra pero que nos llega clara y concisa directamente al corazón. (“Poisoning the Well”)

Todo se vuelve muy confuso, bailamos, pero un pequeño pinchazo se ha instalado en nuestro pecho. Gozamos con cada punteo que sale de la guitarra roja pero una luz diminuta nos marca a lo lejos el final del camino que creíamos infinito. (Tell the next world)

Nos sumergimos de lleno en la amalgama de sonidos que nos rodean. Nos empapan, nos envuelven, se nos meten por los poros. Los agarramos con fuerza, no los queremos dejar escapar. Pero en el último momento ante la imposibilidad de sostenerlos por más tiempo, los soltamos. Abrimos los brazos y saltamos sacudiendo las palmas. Gritamos y agradecemos. (“New Orleans” by Gary U.S. Bonds) y (“Struttin”).

Devolvemos lo que por unos instantes fue sólo nuestro y nos regocijamos de haberlo podido tener. Aunque la niebla se difumina y la luz se va acercando por momentos, anhelamos unos minutos más y los pedimos a voz en grito. (“The fire that’s in me”) y (“Get down, Crawl”)

Se nos concede, aunque nos queda claro que hemos hecho un pacto con uno de los demonios de las encrucijadas, que el día de mañana vendrá a pedirnos cuentas, pero hasta entonces tendremos mucha suela que gastar y mucho rock que sangrar.

Nikki Hill en Sala Custom

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