La España vacía, retratada por Pablo Remón

Los Mariachis, la última obra de Pablo Remón y su compañía La_Abducción, es una comedia cruda sobre la herencia y la identidad que transcurre en la «España vacía».

Ayer, viernes 25 de octubre, se representó en el Teatro Central sevillano la última obra del célebre autor y director Pablo Remón. La pieza, llamada Los Mariachis, es una comedia cruda que transcurre entre la capital y la meseta. Remón, siempre en su línea de tocar aquellas heridas que continúan abiertas, nos traslada a la «España vacía» gracias a un espectáculo inteligente. Las entradas para su última representación, hoy sábado, están agotadas. Tras el espectáculo, pudimos quedarnos a un coloquio con el director y los actores. Este ciclo de breves encuentros es una apuesta del Teatro Central que podremos ver también en obras futuras como Los otros Gondra.

Fotografía por Manuel Rubio en el encuentro post obra.

En la obra, nos encontramos con un político (Francesco Carril) pendiente de juicio por blanqueo de capitales. El corrupto peregrina al pueblo de su infancia tras tener una visión de San Pascual Bailón, el patrón del mismo, pidiéndole que le saque en procesión. Allí se encontrará con tres primos (Luis Bermejo, Francisco Reyes y Emilio Tomé), cada cual con sus propios problemas. La característica que comparten todos los personajes es una dificultad insuperable para comunicarse y la búsqueda de sentido, tan vacía como el terreno que habitan.

«En plena meseta, en plena España vacía: érase una vez un hombre de traje»

Una obra desordenada

La historia transcurre sobre breves pinceladas de escenografía, la cual corre a manos de Mónica Boromello. Retazos del interior de una casa vieja; una mesa de cafetería; y la puerta de un coche bastan para trasladarnos con los personajes, en una obra llena de saltos temporales y espaciales. Para que estos descosidos cronológicos no supongan un roto, la pieza se apoya en un texto desgranado hasta el máximo. Además, los diálogos se nutren de descripciones muy detalladas, capacitando a nuestra imaginación de construir los espacios. Los Mariachis cuenta con la dificultad de representar un espacio extenso (la meseta española) en un escenario teatral. Se consigue, sin embargo, sortear con maestría este obstáculo. Para ello, cabe resaltar tanto el trabajo de iluminación (David Picazo), específico para cada momento y trazado con un cuidado conseguidísimo; como el tratamiento sonoro.

La música ya ha demostrado ser un elemento a tener muy en cuenta en las obras de Remón. El sonido ayuda a viajar con la historia, a la par que nos transmite ciertas sensaciones que pueden resultar un contraste con lo que sucede en escena. En Los Mariachis, el impoluto diseño de sonido, por cuenta de Sandra Vicente_Studio 34, nos genera también esta antítesis, con canciones de estilo más techno o más soul, como I can’t help myself. Es curioso la utilización de recursos más propios del cine (muy propios, de hecho, en películas de Tarantino), como el paso de música extradiegética a diegética. De este modo, descubrimos que una canción que parece añadida a la narración sale de una radio y los personajes pueden interactuar con ella. El sonido se construye asimismo desde el texto: «Existe un ruido de fondo que todos llevamos que eliges aceptar o eliges rechazar», explica Francisco Reyes.

«Esa es la pregunta: ¿con qué sueña el hombre del traje?»

También son importantes los sonidos intrínsecos de la actuación, que se apoyan enteramente en el uso del silencio. Así, el ruido de un botellín de cerveza abriéndose o de líquido cayendo al suelo se convierten durante unos segundos en personajes que pesan en el ambiente. Un ambiente, a todo esto, que resulta ser otro elemento clave de la pieza. No solo el el pueblo y la ausencia de significado están magníficamente retratados, sino también la fotografía de una época de soledad social, de falta de empatía, que nos ocupa desde principios del siglo XXI.

La crudeza más dulce

La actuación, dirección y texto son soberbios. Cabe mencionarlos en el mismo saco, pues caminan de la mano. La obra ha sido «un trabajo en equipo«, según el director, con un texto base sobre el que se reescribía constantemente en los ensayos. De esta forma, surge una dramaturgia rica, construida sobre un lenguaje vivo y unos personajes tan tiernos como cruda es su realidad. «Cuanto más violento es el texto, más ternura buscamos los actores«, afirma Emilio Tomé sobre la tensión que genera dicho contraste.

«Pablo quería que todos hiciéramos todos los personajes«, recuerda Luis Bermejo sobre esta propuesta singular que no llegaron a cumplir. Esta idea del director nos resume de la manera más directa la profesionalidad de unos actores que podrían haber interpretado indistintamente todos los papeles. Ya en escena, demostraban su versatilidad dramática, ya que la obra requiere de muchos cambios temporales bruscos y de la introducción de secundarios que ellos mismos representaban. Destaca la forma de construir personajes muy característicos, con unas maneras muy marcadas, que ayudan al espectador a ubicarse en todo momento; pero que suponen todo un reto a nivel actoral. 

«Yo quiero lo que todo el mundo quiere: conexión sentimental, sentido y significado»

En el texto, volvemos a ver las líneas que caracterizan el teatro de Remón. Por un lado, las intenciones están trabajadas y se llenan todos los huecos de la historia, para revelarlos poco a poco. Se utilizan recursos como las repeticiones, el metatexto, el uso de narrador o las apelaciones al público (espectador-cómplice). La historia se trata desde una crudeza con un trasfondo muy amplio. El texto es ágil, limpio e ingenioso; los diálogos son naturales y dinámicos; y los temas son tan reales y sinceros que rozan lo cruel. Quizás sea necesario que varias mentes trabajen conjuntamente en una idea para que el resultado sea una mezcla tan brutal de sensaciones, construida desde la farándula de la realidad que todos vivimos.

La obra tienen mucha influencia cinematográfica; después de todo, Pablo Remón es también guionista. Se aprecia la mezcla de géneros que, ayudada de metáforas visualmente potentes, pone al espectador en la tesitura de reírse ante un suceso trágico. Esta ficción tiene como inspiración la realidad española, tanto rural como política-económica. Destacan las similitudes buscadas con el caso de Miguel Blesa: «me costó escarbar en este tipo de personaje y pensar desde él«, afirma el director.

«Te voy a odiar toda mi vida»

La incomunicación como eje

La pretensión de la obra no es otra que mostrar un tipo de realidad y de persona desde el entretenimiento. Por este motivo, está vacía de mujeres. Se retrata a un patrón de hombre concreto, frío y con dificultades comunicativas, que «muestra afecto casi desde el ataque«. Los temas son recurrentes en los trabajos de la compañía: la memoria histórica, el recuerdo, los sueños, el absurdo de la realidad, la búsqueda de ilusión.

En noviembre de 2016, escribí una crítica sobre 40 años de paz, obra también de Pablo Remón. El titular decía: «40 años de paz, o cómo empezar a cerrar heridas«. Lo saco a coalición porque de heridas abiertas habla también Los Mariachis. Se nos muestra una soledad árida en un suelo árido, donde la búsqueda de sentido y significado queda aplastada bajo un veneno que no es otro que el dinero y la familia, dos cordones umbilicales de los que parece que no sabemos/podemos huir. Francisco Reyes lo define como «la construcción de la identidad desde la herencia recibida y las heridas abiertas«. La droga y el alcohol están presentes precisamente para mostrarnos que la mayor maldición es la soledad y la mayor adicción el dinero.

«Es lo que te digo siempre, que pal’ tiempo que pasamos juntos nos comunicamos mu’ poco»

El pueblo es en sí mismo una herida abierta, pero es la incomunicación la que evita que se cierre. Esta imposibilidad por comunicar se muestra en todos los elementos de la obra. Es el tejido que une a todos los personajes y les lleva al más profundo olvido. Un olvido que avanza de generación en generación; un olvido que se lucha cuando se habla de él.

Podremos volver a ver el teatro de Remón en Sevilla, con Doña Rosita, anotada. Esta versión libre del texto de Lorca se representará en el Teatro Central en enero.

«Eres un mariachi de mierda»

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