Los Huérfanos brindan por Krahe

Fotografías Antonio Andrés

Personalmente, nunca creí que Javier Krahe pudiera morir. A pesar de que advirtió que en su familia era tradición morirse, nunca me planteé que fuera una posibilidad realmente factible para él. Que fuera una de esas personas que, llegado un día cualquiera, se apagan, desaparecen. Y les dedican un par de minutos al final del telediario del mediodía mientras suena una de sus canciones más conocidas y ponen imágenes de archivo antes de que aparezca el hombre del tiempo con sus mapas, sus solecitos, sus nubarrones y sus chubascos. Aunque también es verdad que los finales no se pueden prever, simplemente suceden.

Que Krahe era tan mejor que borraba a cualquiera a su lado lo sabemos todos los que conocimos su figura y, de primera mano, sus propios músicos. Todos somos un poco Huérfanos de Krahe, pero ellos, evidentemente, mucho más. Javier López de Guereña, Andreas Prittwitz y Fernando Anguita son los músicos que le acompañaron durante décadas y que vivieron en primera persona sus andanzas, conciertos, grabaciones y procesos creativos; las tres patas del banco. Amputados de su maestro y amigo Javier, no se resisten a seguir reuniéndose para tomar unas cervezas y calmar el apetito con unos mejillones, para ensayar si sobra algo de tiempo, para celebrar por celebrar y homenajear con la sonrisa puesta al gran Javier Krahe tocando sus canciones, las mismas que tantas veces tocaron juntos.

En absoluto se trata de una reunión solemne. Poco tiene esto de réquiem. Se trata de una reunión gozosa, festiva, cero lamentaciones. A reír con esas letras sardónicas, lúcidas, libertarias y algo ebrias. Alguien tiene que seguir cantando el legado de Javier para sus fieles, quién mejor que sus huerfanitos. Entre los tres se reparten las canciones. Javier López de Guereña, a la guitarra, hereda esa seriedad, ese aspecto quijotesco y esa dispersión de hombre concentrado en mil cosas y en ninguna también. A su cargo cayó Coplas Patéticas, una elegante obra maestra, la única canción acabada de Krahe que quedó inédita. Un regalo melancólico y afrancesado que en el disco homenaje, la Sonrisa de Krahe, se encargó de interpretar brillantemente Joaquín Sabina. Andreas Prittwtiz, genialmente creativo a la flauta de pico y al saxofón, también se adelanta al frente del escenario para cantar algunas canciones, como ¿Dónde se habrá metido esta mujer?, con la que se despidieron del escenario. Fernando Anguita, al contrabajo, que bien podría ser un eslabón más de Les Luthiers, incluso se atrevió a interpretar un tema sin más acompañamiento que el de su propio instrumento, una combinación, voz y contrabajo, no demasiado usual.

Además, contaron con la colaboración de Maleso, cantautor heredero de esa misma tradición de Krahe: mitad trovador, mitad juglar. No sólo participó abriendo la noche como telonero, con ingeniosas y cómicas letras como la de A trompicones o con esa reverencia que es Oh, menaje a Javier Krahe; Maleso también subió al escenario con los Huérfanos para cantar un par de temas del homenajeado.

Así pasó la noche de jueves, entre risas y rimas, con la imagen del cantautor vigilando atentamente desde el rincón que tiene dedicado en la Sala. Porque, pronto, las sonrisas y las carcajadas atropellaron el nudito en la garganta que se produce cuando suenan las primeras notas de Diente de ajo y el subconsciente espera ver acercarse al micrófono a ese señor mayor medio calvo, con barba y pelo blanco, cantando aquello de ni cola de león, ni cabeza de ratón, y la consciencia te da de bruces con la realidad.

Así pasó la noche en la Sala, recordando a aquel hombre que al final se quedó sin pedestal para servir de adorno en su ciudad y sin un huequito en la peana del santoral. Borges y bailable que, practicante del derecho a la pereza, bailó en la hoguera por blasfemo. Un indio con pito chirigotero cantando verdades bajo la tormenta, un Ulises del cachondeo, heredero de Brassens y aristócrata moral, tan Quijote de su escudero Sabina. Así pasó la noche recordando a Javier Krahe.

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