Las promesas cumplidas de Ojeando 2016

Javiera Mena

Fotografías por Elena Gato

Garantizas que siempre merece la pena. Aseguras que es un lugar especial, en un entorno único y con un espíritu inquebrantable. Hablas de la cordialidad de su gente, del buen ambiente palpable y las casas blancas incrustadas en el valle. Rescatas recuerdos que remiten a escenarios accesibles, músicos sentados en los bares del pueblo y conciertos vibrantes de sonido impecable en el patio de una escuela. Encadenas palabras que intentan dibujar las calles empedradas como almendras garrapiñadas por las que transitan despreocupadas converse blancas tobilleras y camisas de estampados inviables. Los banderines caseros colgados de las fachadas y los impagables bocadillos de tortilla de papas con lomo y pimiento de La Mondeña.

Supersubmarina

Pero, pese al esfuerzo dialéctico, la experiencia es la madre del cordero. Vivir, respirar e imbuirse en el espíritu de este pueblo indie es su mejor estrategia publicitaria. El sermón infalible que convierte al más escéptico en fiel devoto. El Festival Ojeando cumplió a rajatabla con todos esos tópicos que nos llenaban la boca cuando predicábamos sus bondades. La gracia de la sencillez y la satisfacción del trabajo bien hecho son las armas de este pueblo malagueño, aunque numantino a su manera, que produce un evento amable y refrescante en el que cada año coincidimos más adeptos. Y son precisamente eso, sus promesas cumplidas, las que cerraron la edición de 2016 como un nuevo éxito. No sólo por colgar el sold out en la jornada del sábado, sino por conseguir de nuevo enhebrar un imaginario efímero de buenos recuerdos que allanen el camino para la siguiente edición.

Con todos los trucos más que aprendidos, arrancamos la noche del viernes con los chicos de Alfred Larios en el escenario Plaza y un sorprendente buen sonido que invitaba a quedarse pese a que el reverenciado Carlos Sadness comenzaba a lanzar sus flechas desde el otro extremo del pueblo. El indie suave, las melodías pegadizas y la estética del catalán captaron a la mayoría del público femenino que vivió sus momentos más álgidos con «Miss Honolulu» y «Tu luz en movimiento». El relato de algunas anécdotas sirvió a Sadness para improvisar una letra dedicada al festival y cerrar retumbando con «Hoy es el día». Pero el día, o más bien la velada, tan sólo acababa de comenzar.

León Benavente

Porque los leones fueron, obviando lo soez de la comparación, el polvo de la noche. No es temerario en absoluto afirmar que los de Abraham Boba han conseguido pergeñar el mejor directo actual en el panorama nacional. Con un público tan desquiciado como su frontman, León Benavente mantuvo una intensidad asfixiante durante todo el show, contagiando al respetable en un radio de al menos un kilómetro. Sumergidos en el apocalipsis dibujado por las notas del teclado de Boba, fueron cayendo «Tipo D», «La Ribera», «Ánimo Valiente» o «La vida errando». Como si el mundo fuera a terminarse en ese mismo instante, acogimos «Revolución» con saltos y nos entregamos a la locura gracias a una «Gloria» imbricada con «Celebración», quizás los cortes más potentes de un nuevo trabajo intachable.

Abraham Boba

Aunque claro, aún les quedaban balas en la recámara. La narración furibunda de «Habitación 615» empapaba de sudor frentes y camisetas cuando «Aún no ha salido el sol» apareció para imponer su ritmo y colocarnos muelles bajo los zapatos. Como viene siendo costumbre en sus cierres, hicimos nuestra la historia de «Ser brigada». Admitámoslo,  todos queremos «que se pudra este ramo de rosas pero no antes que usted, señor Presidente». Seamos sinceros, León Benavente está en su mejor momento.

Delorentos

Difícil superar un listón que a esas alturas andaba junto al cielo colmado de estrellas de Ojén. Ninguno se disfruta tanto como el primero. Pero lo consiguieron, a base de coraje, corazón y armonía, los irlandeses Delorentos. Cercanos y con clase, nos conquistaron con «Forget the numbers», «Show me love», luciendo mucho mejor sonido que tiernas aptitudes con el español. «Petardu», «Secret» «Everybody else gets wet» conjugaron fiesta compartida con instrumental y apartado vocal impecable. Que no os engañen; estos chicos no son tan folkies como aparentan y, cuando menos te lo esperas, acaban montando una jarana a lo Two Door Cinema Club.

Aún quedaban dos nombres por aparecer. L.A. fue el primero de ellos, imbuido en una bruma que a veces apenas permitía divisarlos. Son buenos y eso lo sabemos pero que su show se planteara de madrugada pareció descolocarlos en cierto modo. No obstante, brillaron «In the meadow», una poderosa «In gold» «In America». En «Love comes around» vimos a Luis Alberto la batería y con «Outsider» consiguieron enganchar por primera vez con el público. No olvidemos que «Hands» siempre funciona, al igual que «Rebel», coreada de forma unánime. Con cierto sabor agridulce dejamos la noche en manos de Elyella DJS, que atronaron con sus temazos el patio del colegio hasta que temblaron  los barrotes de las ventanas. Aún quedaba otra jornada por delante y la caballería, encarnada en transfer, tocaba retirada y descanso.

Que el ritmo no pare, no pare, no

Soleá Morente

Ni más ni menos que Trepàt inauguraba el sábado en el escenario principal. Anochecía cuando repentinamente los granadinos desplegaron su oscuridad mientras la mayor afluencia de público se apreciaba ostensiblemente. El no hay localidades ya estaba colgado cuando la hermana de Estrella, la hija de Enrique y de Aurora, que es una y trino, se subió al escenario. El toque flamenco, poco frecuente en el planteamiento del festival, se estrenó con el nombre de Soleá Morente. Mejor escoltada que Obama, con Florent (Los Planetas), Antonio Arias (091, Lagartija Nick), JJ Machuca (Lori Meyers), Miguel Martín (Lori Meyers) y Mafo (Pájaro Jack) la madrileña arrancó con «Ciudad de los Gitanos» y desplegó sus artes incluso por sevillanas. La audiencia acogió con un entusiasmo los requiebros de una Soleá emocionada y entregada.

Fue todo un acierto que, apenas 15 minutos después, Full se subiera al escenario. Elevando las pulsaciones del público a su antojo, la formación presentó con nota su Tercera Guerra Mundial e hizo concesiones a sus cortes más pegadizos. Bailamos «Distintos», «Mejor Opción», «Jaula de atracciones»«Misión y Funeral» o «Atraco». Son ya varias las ocasiones en las que nos hemos citado y nuestros encuentros nunca decepcionan. Un cursillo acelerado de guitarras sonoras, voz potente y diversión asegurada. Sobrepasando de lejos el límite de la medianoche, Full demostró haber dado con la fórmula perfecta para que todos acabáramos preguntándonos quiénes somos realmente

Y nadie se movió del sitio porque llegaban los chicos de Supersubmarina que, a estas alturas, cuentan con mayoría cualificada. Fans agarrados a las vallas que, desgañitándose en cada canción, disfrutaron de una hora y media de show bien construido y producido. Muchos de ellos, expresamente reunidos en Ojén para ese momento. En su haber, éxitos como «Hermética», «Ana», «Canción de guerra» o «Elástica Galáctica».

La celebridad de los jiennenses les precede y el momento de comunión con la audiencia resultaba impresionante desde la visión de un no iniciado. Lo que muchos no sabían era que en la Plaza, unas chicas llamadas Flaming Dolls incendiaban a los presentes con sus tintes rockeros. Elegantes, guerreras y vibrantes, el cuarteto levantó el ánimo de muchos de sus paisanos malagueños con repertorio propio e incluyendo hasta una versión de Red Hot Chilli Peppers. Recordando, al fin y al cabo, que la música no es cuestión de género.

Para reafirmar esa idea le tocó el turno en el Patio a la Caperucita Roja de este cuento. Una heroína con capa que no necesita lobo porque ella es el lobo. Javiera Mena firmó una actuación fresca, sincera y bailable hasta la saciedad. Una muchacha con trenzas, menuda e hipnótica, de la que era difícil apartar la vista pese a que las bailarinas que la acompañaban resultan todo un acierto.

Mena sabe lo que quiere y domina a la perfección los canales de transmisión de su universo. No hay complejos ni inhibiciones, sólo una propuesta estética y musical que trasciende al simple show electro pop. Con el espacio necesario en la pista, Javiera convirtió Ojén en un musical ecléctico que incluyó espadas láser, acrobacias y un apartado sonoro más que destacable del que se ocupa en solitario. Si hemos de elegir un ganador para el sábado, la chilena se llevó el trofeo.

Cuando comenzó a chispear, casi al final, por un momento pareció que las gotas formaban parte del espectáculo. Pero no, la Sierra de la Nieves colaboraba en el desarrollo de los acontecimientos ofreciendo un refresco para continuar danzando. Y lo hicimos con la pareja más incondicional del evento, We are not DJs. Más que un impedimento, el agua propició que muchos quisieran cerrar el festival como se merecía, quemando suela y soltando la poca voz que quedaba. ¿Conoces a alguien a quien le gusten las sorpresas, la buena música y la naturaleza? Pues no le avances nada y llévatelo el año que viene. El juego está trucado. La apuesta está ganada de antemano. Ojeando nunca defrauda.

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