Las Bistecs llevan el espíritu de “la movida” a la Sala Holiday

Las Bistecs 1

Texto de Pilar Montero

03:30 AM. Marea humana en la pista de baile, que se ha convertido en sauna. Luces de colores. Destellos. Bola de espejos. Travestismo. Purpurina. Sombra de ojos verde, hasta las cejas. Labios rojos. Peluca. Zapatos con plataforma. Medias de rejilla.  Disfraz de novia.  Corona de flores. Cigarrillos, muchos cigarrillos. Y humo, una intermitente nube de humo. Estas líneas bien podrían pertenecer a la letra de uno de los temas de Alba Rihe y Carla Moreno, mejor conocidas como Las Bistecs, pero en realidad sirven para dibujar el ambiente que el dúo de performers alentó en la sala Holiday el pasado martes 27 de febrero durante la última fiesta Tragaperras, a la que también se sumaron Encarnita Polo y Carmen Hierbabuena.

Desde que se embarcaron en su gira Malgusto Tour a principios de este febrero, las zipi y zape de la electrónica han ido echando amarras en baretos y antros de toda España para martillear los oídos con su “electro-disgusting”, un térmico acuñado por ellas mismas que da sentido a su primer disco, Oferta. Aunque esto puede resultar paradójico, precisamente porque el sinsentido es pilar fundamental de los catorce temas de las artistas, desde “Galicia”, hasta “Ano (canción infantil)”. Sinsentido que el neoliberalismo ha implantado en las sociedades occidentales actuales, absurdo en el que ha devenido la crisis de valores y que LAS BISTECS optan por combatir desde ese mismo terreno pantanoso e inestable.

Para ellas, la victoria se alcanza con el despertar de las nuevas generaciones (dormidas) y el desagrado de los legitimadores de unos valores demasiado anticuados para el progreso que pide España. Sus armas son los ritmos pegadizos del Trap y el Reggaeton, los sonidos estridentes prestados de la música electrónica, así como la estética ochentera recuperada de las películas de Almodóvar y de artistas como Mcnamara. La conjunción de todo da como resultado un pastiche molesto, nada armónico, que inexplicablemente  atrae, divierte y hasta emociona.

Las Bistecs 2

Así, cuando todo se volvió negro a excepción del escenario y cuando sobre él aterrizaron Alba y Carla, arropadas por dos montañas de flecos dorados y plateados, la sala estalló en gritos y todos querían estar en primera fila para verlas de cerca, para dejarse hipnotizar por el aleteo de los flecos brillantes, para tratar de responder a la pregunta enunciada por el primer tema “¿Eres sexy o no?”, una sátira House a la superficialidad de las redes sociales a la que siguió “Cosas negras”. “¿Dónde está la verdad de la vida?”,  volvían a preguntar las performers, antes de que los asistentes gritaran al unísono lo que LAS BISTECS consideran como lo más negro del mundo: “¡Mierda, Pantoja!”.  Fue entonces cuando empezaron a volar cigarrillos desde el escenario, que atraparon al vuelo varias de las cientos de manos alzadas, las que formaban un mar de brazos y hacían imperceptible la actuación a quienes se encontraban en las últimas filas.

Después llegó el turno de “Universio”, la canción más bailable de Oferta por su ritmo chachachá mezclado con Reggaeton de polígono, y de la canción por excelencia del dúo, la que mejor las define y caracteriza, la esperpéntica “Señoras bien”, que las disfraza de mujeres de la vieja política, amantes del dinero y descreídas de los valores democráticos. Aunque el momento culmen de la noche se produjo con “Historia del arte”, la crítica a la falta de presencia femenina en el arte cuyas siglas llevaban tatuadas varios grupos de chicos y chicas, ninguno de ellos seguros al cien por cien del significado de “Electro- disgusting”, pero unánimes en el sentimiento de libertad, transgresión y evasión que producen sus letras.

Las Bistecs 3

Unas emociones que la sala Holiday sabe recoger y canalizar como ninguna a través de su ambiente libertino y tolerante y, sobre todo, a través de su estética ochentera, la que en el caso de LAS BISTECS nos retrotrae a un tiempo en el que la libertad se celebraba en la oscuridad, con crítica y colores, muchos colores.  Así, pudimos adentrarnos en el espíritu de la movida madrileña y comprobamos, de paso, que todavía hay artistas dispuestos a poner los puntos sobre las íes, a gritar a los cuatro vientos simplemente por el placer de tomarse la libertad de hacerlo.

LAS BISTECS no saben cantar, no saben bailar, pero nadie puede negarles que sean expertas en montar un show, sobre todo si este tiene lugar en horas intempestivas, y se celebra en las sombras.

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