La liturgia rockera del Loco en Sevilla

Fotografías Antonio Andrés

Como una gran fiesta de cumpleaños entre amigos de toda la vida. De hace cuarenta años, más concretamente. Los que cumple Loquillo sobre las tablas de los escenarios. 40 años de carretera,  de guitarrazos, de gafas de sol, de chupas de cuero,  de garitos, de estadios, de oro y fango. 40 años de rock and roll que le han consagrado como una de las grandes figuras de la música popular española y del rock hispano, con un repertorio de clásicos que forma parte ya del cancionero del pueblo.

Esta fiesta comenzaba con una invitada de lujo: Nat Simons, que posteriormente subiría al escenario para cantar a dúo con Loquillo Cruzando el paraíso (con el recuerdo a Johnny Hallyday), y  su banda como teloneros. Folk- rock y rockabilly para calentar al público que poco a poco se iba agolpando en la pista del Auditorio Rocío Jurado cuando el calor, con la noche, iba permitiendo una leve tregua. Familias jóvenes (padres con sus niños), familias completas (de esas en las que el testigo del rock se va pasando de generación en generación), grupos de viejos amigos ataviados con camisetas con el mítico logo del pájaro loco, fans correcaminos (cruzando toda la península para no perderse el estreno de la gira). Una diáspora intergeneracional exultante y volcada al rock and roll.

La banda salía puntual al escenario. Una banda potente y engrasada, en la que se huele la experiencia y la complicidad entre sus miembros a kilómetros. En la que brilla el carisma y  la alta tensión de las guitarras inflamables del eléctrico Igor Paskual y el veterano Josu García. Riffs poderosos de tres guitarristas (Mario Cobo sumado a los dos anteriores), el bajo (y contrabajo en los temas más acústicos) de Alfonso Alcalá, la fuerza y el groove en la batería del francés Laurent Castagnet y los teclados de Lucas Albaladejo. Formación clásica de rock and roll a la que, con un recibimiento atronador, se sumaba su cantante. Algo sucede cuando Loquillo sale a escena. Su presencia se impone, algo distinto se palpa en el aire. Chaqueta de cuero, gafas de aviador. El auditorio cambia de forma, despliega alas y se lanza a volar.

Una auténtica liturgia rockera del Loco para cinco mil almas entregadas, cargando la suerte con un show de casi tres horas, que comenzaba con la renovada Rock and Roll actitud. Sonaron clásicos de todas las etapas del catalán: Salud y rock and roll, Arte y ensayo, El rompeolas, Chanel, cocaína y Dom Perignon, Cuando fuimos los mejores, En las calles de Madrid, A tono bravo, Territorios libres… y la emocionantísima El mundo que conocimos, un punto de inflexión en el concierto, con imágenes en la pantalla gigante de los últimos cuarenta años de la historia de España, sobre todo, y Europa. Las investiduras de los presidentes de los distintos gobiernos, programas de televisión  inolvidables, los juegos Olímpicos de Barcelona, el 11-M, los atentados de ETA…y su caída. Carne de gallina y aplausos de emoción en el público.

Un concierto estándar y más que decente podía haber acabado cuando Loquillo y su banda se retiraron por primera vez del escenario. Pero no era más que un amago, unos segundos de descanso.  Al instante, volvía el rock and roll para hacer explotar en éxtasis la noche. A partir de aquí el torrente de himnos sería imparable: El hombre de negro (el saludo a Johnny Cash), Carne para Linda (con Loquillo cantando bajo el escenario, chocando la mano con el público de las primeras filas), La mataré, El ritmo del garaje, En el final de los días, Quiero un camión, Esto no es Hawai, Rey del Glam, Feo,fuerte y formal, Rock and roll star… y el cierre, por todo lo alto, en total e intensa comunión con el público sevillano con un Cadillac solitario desgarrador.

Despedida con trato de héroes. Apoteosis. Aplausos prolongados y puerta grande para el Loco y su banda en esta celebración del rock patrio. Incombustible, apisonador, con una puesta de escena impecable, poderoso y con una banda  muy difícil de superar. Cuarenta años más tarde, Loquillo sigue en la brecha, con muchísima fuerza y en uno de los mejores momentos de su carrera. Está feliz, no se le borró la sonrisa de la cara en las dos horas y pico de concierto. Porque cuarenta años no son nada. O más bien, la nada dos veces, que dirían Gardel y Le Pera. Larga vida al rock and roll, o lo es lo que mismo, larga vida a Loquillo.

Loquillo en Auditorio Rocío Jurado

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