La Golondrina llena de nubes el Lope de Vega

Fotografías de la página web oficial de la obra.

Este último fin de semana de septiembre, el teatro sevillano Lope de Vega se ha llenado de nubes con la obra La Golondrina, de Guillem Clua.

La Golondrina es una obra del dramaturgo, guionista y director Guillem Clua. En su línea de textos de actualidad que acerca al público mediante un tono distendido y melodramático que bien podría recordarnos al cine, este se estrenó en 2017 en Londres. Desde entonces, ha sido representada en Grecia, Italia, Estados Unidos y Brasil, entre otros países. Ahora, ha sido representada en Sevilla en su gira por España, dirigida por Josep María Mestres y producida por LaZona.

El decorado es lo primero en llamar la atención de un Lope de Vega casi lleno: todo el escenario se ha convertido en el interior de una casa, con un amplio ventanal y un piano de cola. Un atrezo que resultará innecesario —incluso, podría decirse, el piano— en la representación, pues el texto consigue que la mente se traslade a los demás lugares de acción y abandone por entero el único que se muestra. Caben destacar los laterales, el fondo y la parte superior, los cuales están llenos de un cielo que irá cambiando de tonalidades e iluminación según el estado de los dos personajes.

Estos son Amelia, una profesora de canto, interpretada por Carmen Maura; y Ramón, interpretado por Dafnis Balduz. Él ha acudido a recibir clases de canto, aunque la verdadera motivación que mueve al personaje la iremos descubriendo con el transcurso de la obra. En principio, la profesora se niega a perder tiempo con un alumno con tan poca base de canto, pero termina accediendo cuando él le dice que solamente tiene interés en aprender una canción concreta: La Golondrina. Esta dulce y emotiva balada es el punto base de conexión entre los dos, junto con un suceso que rápidamente descubren tener en común: la pérdida reciente de un ser querido.

Este es el comienzo de la trama, en la que poco a poco iremos experimentando las diferencias entre ambos personajes y los secretos que esconden. Asimismo, también se despertarán los hilos que les conectan, girando alrededor del atentado terrorista que tuvo lugar realmente en el bar Pulse de Orlando (EEUU) el pasado 2016.

Hay varios temas en torno a los que gira la obra, pero todos parten del dolor humano. «Lo que realmente define nuestra humanidad es el dolor, la capacidad de sentir como propio el dolor de los demás», dirá Amelia. Con esta afirmación, resumen el germen de los conflictos argumentales. Se habla de la necesidad de las despedidas, de las relaciones maternofiliales, obviamente de la homofobia. Se tocan asimismo temas como la empatía, el miedo, los prejuicios o la política.

«Los políticos conseguían condenar el atentado sin mencionar ni una sola vez las palabras gay, lesbiana o transexual».

En los personajes se nota un cierto estoicismo, debido a que el escenario es amplio y con un espacio central vacío. Sin embargo, los movimientos se aprecian naturales y están presentes en su justa medida. Se focaliza la atención en aquello que se dice, que, por la gravedad del tema, tiene todo el peso de la obra. Contrasta el tono serio con ciertos toques de humor y sarcasmo que relajan el ambiente, aunque bien es cierto que son bromas algo forzadas en ocasiones, pudiendo realmente destacar solo un par de ellas. Carmen Maura consigue darle un matiz orgánico y verosímil a la interpretación, logrando unos diálogos fluidos que ensalzan un texto que por momentos se nota desequilibrado. Quiere tocar muchos temas y posiciones, por lo que deja una sensación de haberse quedado ligeramente a medias y habiendo forzado algunos giros e intervenciones.

A pesar de esto, cuestión más que suficiente para que una obra pudiera dejar indiferente al público, el teatro está repleto de lágrimas y risas; finalmente, se pone en pie para aplaudir la interpretación. Hay que algo, sin duda, que halagar a La Golondrina: el hecho de acercarnos a un tema tan tabú como controvertido. Sobre todo, de acercarlo a personas de generaciones mayores, como de la edad de Amelia. También de buscar derribar los muros que nos separan, dándole voz a quienes se sienten ocultados. Un gesto valiente —necesario— que espero de corazón que genere un movimiento en cadena en la escena teatral. Porque si el arte no nos genera discusión y cambio, ¿qué lo hará?

“Todos nos enfrentamos a la misma encrucijada: odio o amor. Nuestro mundo depende de la dirección que tomemos”. Guillem Clua.

Diseño de Iluminación Juan Gómez Cornejo. Escenografía Alessio Meloni. Vestuario Tatiana Hernández. Música Iñaki Salvador. Ayudante de Dirección David Blanco. Comunicación Pepa Rebollo. Dirección de Producción Miguel Cuerdo.

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