La fiesta de Iván Ferreiro en CAAC

Fotografías Antonio Andrés

Una final de Champions en juego podía amenazar la entrada al concierto. También el sofocante calor que había azotado Sevilla durante toda la semana. Sin embargo, el aforo del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo no se resintió y rozó el lleno para recibir a Iván Ferreiro y su gira Casa. Incluso las temperaturas parecieron dar una tregua. Como en casa afirmaba el cantante gallego sentirse, recordando que en ese mismo escenario, unos veranos atrás, había vivido uno de sus mejores conciertos en el ciclo Nocturama. Sensaciones que estaba dispuesto a renovar.

Lejos de ese Iván Ferreiro con fama de canciones más bien tristonas, Iván celebró una fiesta enorme, desplegó todo su carisma, actitud y entrega, y puso a cantar y bailar a todo el público desde el minuto uno. Empezó a bombear a borbotones con “Dioses de la distorsión”, “El Bosón de Higgs”, “Casa”, “Inerte” y “Toda la verdad”. La voz áspera de un Iván Ferreiro que cada día canta mejor, ruge y susurra “Canciones para el tiempo y la distancia”, con su habitual pose, tan Jagger, o retorciéndose en el suelo, dejándose el alma en cada canción.

Está cómodo y seguro en el escenario, así que se desata como un animal, pletórico y certero, magnético, enganchando a cada asistente, levantando cada aplauso, disfrutando como un niño pequeño, rodeado de una banda bien engrasada, con Ricky Faulkner, Pablo Novoa, su hermano Amaro Ferreiro, Emilio Sáiz, Xavi Molero y Martiño Toro.

El setlist presentado abarcaba más de quince años, desde Los Piratas hasta Casa, su último disco en solitario, que presentó en Sevilla por primera vez hace unos meses en la primera edición de Interestelar. “Pájaro Azul”, “El viaje de Chihiro”, “Tupolev”, “Todas esas cosas buenas”, “La otra mitad”, “El equilibrio es imposible”…

El cantante gallego es pura adrenalina. Pasa de la rabia a la dulzura de un verso a otro, algo muy característico en sus canciones. Se desgarra en la fronteriza “Dies Irae”, se autodestruye y se resarce. Se funde con el suelo y a continuación salta sin parar. La recta final se acerca con “Santadrenalina”, “Extrema Pobreza”, “Dondenosabidusientan”, y “N.Y.C”. “El pensamiento circular” trae unos momentáneos minutos de poso que parecen ser los últimos del concierto.

Pero Iván Ferreiro vuelve a subir al escenario. Solo, en esta ocasión. Se sienta en su Nord rojo y nos regala “Farsante”. Probablemente la canción más especial de su última cosecha, una de las llamadas a permanecer en la memoria musical de sus seguidores durante muchos años. Armónicamente no muy alejada del bolero, con el sello mágico e inconfundible de la casa Ferreiro y unos versos de su amigo Leiva.

La banda vuelve y Ferreiro tira de nostalgia con la mítica “Años 80” y las bailables “Los restos del amor”  y “Como conocí a vuestra madre”.

Todo se acaba. Pero Iván es zorro viejo y sabe cómo dejar el escenario en lo más alto del crescendo, con la ranchera “S.P.N.B” (con un sorprendente giro reggae en la segunda vuelta), “El dormilón” y, cómo no, la emblemática “Turnedo”, coreada por todos hasta la extenuación en un mar de brazos en alto.

Antes de irse, se pone las gafas. Quiere ver a su público. Graba la despedida con una cámara pequeñita. Honesto, enérgico, furioso y eufórico, arrollador. En el limitado espacio del escenario recrea el universo propio de sus canciones y absorbe a todo el que esté cerca. El universo Ferreiro.

Participaron en este universo Ferreiro, la banda sevillana Full, en la previa, calentando a un público entregado que no paró de cantar las canciones de su disco Tercera Guerra Mundial; y la Rubia Pincha, que prolongó el dulce sabor de boca, la fiesta y el baile pinchando algunos temas en el postconcierto.

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