La Buena Nueva de Chris Robinson en Sala But

Fotografías por David Pérez Marín

Hace ya seis años de esa extensa gira americana que olía a amarga despedida, titulada “Say Goodnight to the Bad Guys”. The Black Crowes tocaron cinco noches en la sala Best Buy Theatre de Manhattan (inmortalizadas en el disco “Wiser for the Time”) y tuve la suerte de verlos en uno de esos cinco shows. Hora y media acústica y hora y media eléctrica con lo mejor de su carrera, cerrando con el “Oh! Sweet Nuthin’” de la Velvet Underground, cuando aún vivía Lou y la Gran Manzana resplandecía a su paso.

Con los “Bad Guys” nunca se sabe, pero parece que el adiós anunciado el pasado año no es uno más y que difícilmente volverán a tocar juntos. Mientras esperamos el milagro, Chris Robinson nos visita por primera vez con sus Brotherhood, dispuesto a despejar nubes, arrancarnos el luto y acelerar la llegada de la primavera. La madrileña Sala But esta llena hasta la bandera y preparada para convertirse durante tres horas de pura música en el mítico Fillmore West de finales de los sesenta. Tomamos posiciones y, entre la mejor de las compañías y sorbos de cerveza que aumentan el cosquilleo de un estómago que presiente algo grande, nos pilla el tornado. El Gran Cuervo y su banda salen a todo gas y nos llevan por delante con una versión incendiaria del “Hello L.A., Bye Bye Birmingham” de sus amados Delaney & Bonnie, y ya no levantan el pie del acelerador hasta un pequeño descanso tras el que sigue cayendo lluvia lisérgica sobre nosotros.

La garganta más auténtica del Rock nos suelta zarpazos en cada fraseo, pero rara vez salta por los aires como antaño, ahora prefiere vivir, que no es poco, en el borde del acantilado. También echamos de menos, al ser segunda guitarra, esos bailoteos a los que nos tenía tan acostumbrados. El espíritu de Jam Band está intacto, con Grateful Dead y Allman Brothers bajo las alas, y así suenan “Tomorrow Blues”, “Roan County Banjo”, “Reflections on a Broken Mirror” o “Vibration & Light Suite”. La banda es un pájaro  de acero engrasado a la perfección. Con un ensimismado y eficaz Mark Dutton, antiguo bajista de Burning Tree (grupo de Marc Ford), George Sluppick a la batería y el omnipresente (a veces demasiado machacón) teclado de Adan MacDougall. Muy por encima, la seis cuerdas magistrales de Neal Casal, escudero de lujo de Chris Robinson en este viaje.

Levitamos cuando Chris comienza a cantar: “She’s got everything she needs, She’s an artist, she don’t look back…”. Un cover del “She Belongs To Me” de Dylan que deja cicatrices. También brillan los dos temas que rescata de The New Earth Mud, su otro proyecto en solitario, “Like a Tumbleweed in Eden” y “Ride”. Genial la versión a fuego lento del “Never been to Spain” de Hoyt Axton para terminar el primer set, y la festiva “Let’s Go, Let’s Go, Let’s Go” de Hank Ballard & the Midnighters para empezar en llamas el siguiente. Pocos grupos son capaces de ofrecer un setlist tan espectacular y diferente cada noche, pura magia.

Mención aparte para ese blues que le pide prestado a Slim Harpo y hace suyo, un “Got Love If You Want It” que huele a azufre, con Robinson escupiendo fuego por la ármonica y durante el cual nos vemos obligados a frotarnos los ojos varias veces, al buscar a Rich y a los demás cuervos sobre el escenario.

Y no, nada de los Crowes. Bueno sí, el alma y la voz de una generación. El ritual termina con un hasta pronto y un buen trago de Mississippi, “Catfish John” de Johnny Russell.

Chris ha quemado toda cruz y nos ha hecho volar tan alto, que pasará tiempo hasta que volvamos a tocar el suelo. Sino resucitan los Black Crowes al séptimo día, seguiremos igualmente a Mr Robinson a la tierra prometida y más allá.

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