Crítica: La Bella y la Bestia “Un cuento clásico, poco clásico y poco cuento”

Está claro que Hollywood está escaso de ideas originales en estos tiempos (y decir escaso es ser benévolo), por lo que busca reafirmarse con clásicos que aseguran una buena acogida. Y por supuesto, la factoría Disney –y digamos factoría en el sentido más amplio y productivo del término- no podía ser menos. De ahí que estemos a la espera de que la quinta entrega de la saga Piratas del Caribe llene nuestras carteleras, las producciones basadas en el Universo Marvel se suceden tan rápido que cuesta seguirlas todas o que Pixar apueste por fórmulas ya un tanto trilladas. Son ejemplos de que la desesperada búsqueda de rentabilidad y la producción a contrarreloj están causando un descenso exponencial de la originalidad en el séptimo arte en lo que a grandes producciones se refiere. Y con este contexto, llega Bill Condon para ofrecernos La Bella y la Bestia.

La ecuación para las ganancias es sencilla: coges un cuento clásico –al que Disney halla pasado la tijera edulcorada para hacerlo apto para los niños de nuestro siglo- y con eso atraes a las salas de cine a los que son niños hoy y a los que lo fueron ayer. No cambias nada de la cinta original, respetando hasta la última coma de las canciones para que nadie que haya esperado ver su clásico de animación salga defraudado. Añades una actriz protagonista que actúe como potente reclamo por su popularidad tanto dentro como fuera de las pantallas, acompañada de otros cuantos actores célebres que presten su voz y una escueta interpretación a los personajes más queridos del filme, y listo, sin polvos de hada ni hechicería ya tienes la cinta la taquillera que buscabas.

Es comprensible que Disney quiera hacer taquilla, y viendo los chascos cinematográficos de readaptaciones de cuentos con las fórmulas de Live-Action y fantasía como Blancanieves (2015) y Blancanieves y la leyenda del cazador (2012) –y la próxima El cazador y la reina de hielo, en la que ha Blancanieves ni se la ve ni se la espera-, la compañía ha decidido que si las readaptaciones de los cuentos no se llevan el éxito que esperaban, no habrá readaptación, sólo el cuento. Así, añadiendo escasas canciones y más escasos minutos de metraje en los que se profundiza sobre la situación de Bella, la carencia de su madre o su inadaptabilidad social –que sospecho también se profundiza para conectar con un público más crecido, más adolescente, en plena rebeldía y efervescencia hormonal-surge una nueva cinta que sin embargo no produce la más mínima sensación de novedad.

No es que no recomiende verla, muy al contrario, considero que el trabajo realizado realza la obra de animación del año 1991, y devuelve al espectador adulto a una época de feliz infancia. Te sorprendes recordando hasta la última estrofa de las canciones, sonriendo cuando la ocasión lo permite y sufriendo por la tensión en otras. Y si la película permite algo, es que Emma Watson se luzca y demuestre su profesionalidad, consolidada indudablemente a pesar de contar solo con 26 primaveras. Sus expresiones sencillas y cercanas, su sonrisa dulce, incluso sus miradas conectan perfectamente con ese arquetipo de una Bella humilde, sin pretensiones, rebelde y aventurera pero de corazón puro. Dan Stevens y su Bestia no terminan de otorgar la misma credibilidad al cuento, y menos como príncipe, aunque se ciñe al guion y a lo esperado. Un Luke Evans algo más estereotipado para satisfacer las demandas del arquetipo del villano de cuento Gastón sorprende por su compromiso con el personaje, aunque es su fiel secuaz, Le Fou, interpretado por Josh Gad, quién ofrece mayor novedad y frescura, mayor profundidad, a un personaje secundario que, como tantos, no tendría mayor importancia o trascendencia, pero que Gad se la da. Cabe destacar las labores de doblaje de Sir Ian McKellen como Din Don, Ewan McGregor como Lumière, Emma Thompson como la Sra. Potts y Stanley Tucci como el Maestro Cadenza. Un hueco especial por su interpretación merece también Kevin Kline, un veterano y consolidadísimo actor que imprime una realidad al personaje de Maurice, el padre de Bella, que en versiones más infantiles carecía, y que pocos intérpretes podrían haberle otorgado.

Nos encontramos por tanto ante una cinta que, sin ser original, merece verse. Sin buscar la verdadera trascendencia de la obra, su verdadera lectura moralista, conquista. Sin otorgar nada más que una dosis de dos horas de nostalgia infantil, cumple lo que promete. ¿Buena cinta? No ¿Memorable? Ni mucho menos. Como todo el cine industrial en meses ya nadie la recordará. Y sin embargo esta versión del cuento de Jeanne Marie Leprince de Beaumont goza de una interpretación sensacional de Emma Watson que, sólo por ver una estrella en ciernes, merece una oportunidad. La princesa ha llegado.

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