El artista de Enero: Indomable

Arturo Rodríguez, una de las partes del dúo electrónico El cuerpo del ritmo se embarca en un proyecto en solitario llamado Indomable. El nombre es recurrente de versos revolucionarios, orquestas in crescendo y acordeones que rasgan el aire junto a violines infinitos. Pero no, aquí no encontraremos nada de eso, y quizás esa sensación de hallazgo y descubrimiento sea el sentimiento que más se repetirá en las muchas escuchas que de seguro daremos a Incondicional e imperfecto, su primer trabajo.

Sobre la base del Folk acústico nacional se construye toda una torre de naipes que, aunque frágil, consigue mantener un equilibrio casi perfecto. La canción de autor, las grabaciones a los aborígenes de Australia bajo la supervisión de la Oficina Nacional de Voluntariado sobre la Comunidad Aborigen Australiana (Camberra), las letras a medio camino entre el cuento y la fútil cotidianidad, el pop dulcificado de canciones sin estribillo, las vivencias en primera persona y las máscaras del crudo asfalto que tiñe de gris el camino hacen que sus escasos 8 temas den un juego tremendo dentro de nuestras cabezas. Se hace escaso el trayecto, se torna melancólico el alejarse de su dulce atmósfera oscura y densa cuando se terminan los sonidos.

Pero adentrémonos un poco en ese mundo creado desde la humildad de quien mira desde lejos soñando universos llenos de estrellas y bosques en los que será imposible llegar a ver el cielo. “Ignota” nos abre camino por entre las primeras ramas y arbustos hacia el interior del bosque. Una guitarra sin artificios se apoya en el sonido lejano de una armónica para, arropada por multitud de arreglos, guiarnos inexorablemente hacia la voz profunda y olvidada de Arturo.

Acto de riesgo” no es más que la continuación de un camino denso de vegetación, donde como único compañero tenemos a nuestra respiración. Pausada, tranquila, con un propósito y una meta, la cual no vemos pero podemos sentir en nuestro corazón. El susurro de una relación que se desvanece nos mantiene alerta y ensimismado a la vez.

La atmósfera se alarga con “viejo ritual” como sombra bajo nuestros pies. El camino idealizado comienza a pesar, notamos los pasos en nuestras piernas y la intensidad de nuestros latidos aumenta en cada momento por la excitación de salir de esta espesura.

Como “Exploradores” llegamos a la conclusión de que esperar es quizás la mejor parte del camino. El sentimiento abrumador de hacer algo por primera vez, de descubrir nuevas tierras, de guiarnos por los latidos del corazón y las estrellas sobre nuestras cabezas. La inquietud e inseguridad inicial dan paso a los recesos alrededor de una hoguera, guitarra en mano, y al canto a la vida.

Me permito un inciso para hacer hincapié en el bello interludio instrumental “Tregua y Calderón” que no llega ni a los dos minutos pero que es capaz de dibujarnos sin palabras todo los que nos rodea en ese bosque en duermevela. Pieza que continúa con “Salamkarra” de manera fluida y casi obligada. Si bien los temas recitados poseen una magia bucólica palpable, los instrumentales tienen la capacidad de evocar fotografías y momentos únicos en nuestra psique.

El sonido metálico y repetitivo de los últimos temas son como esas escenas de películas donde el tiempo pasa rápido entre fotogramas de momentos y vivencias. El bosque y la lucha monótona y constante dan paso, sin prisa, a una arboleda más sutil, con menos sombras y más luz. “La banda sonora” que te ha estado acompañando todo el camino desemboca en “demasiados interrogantes”. Sin final apoteósico, sin fuegos artificiales al apartar la última rama del bosque, sin fiestas ni abrazos acogedores, solo un camino que se extiende en la distancia y que en el horizonte vuelve a adentrarse en un nuevo bosque repleto de experiencias e incertidumbres. Como la vida misma…

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