Gonzalo de Cos “Los clásicos”: atracciones peligrosas

El bus traquetea. Le cuesta arrancar cuando las puertas se cierran. Como yo, está demasiado cansado para las ocho de la mañana de un lunes. Mientras las ruedas hacen un esfuerzo por avanzar y los cristales se empañan de febrero, me pongo los cascos.

Suena “Acuse de recibo”. Es la primera canción del nuevo disco de Gonzalo de Cos, Los Clásicos. El álbum entero habla de heridas, balas y del incendio de una atracción.

En cuanto la música comienza a sonar, yo me acomodo en el frío asiento y mi corazón se acomoda a los cálidos instrumentos. Sólo han hecho falta treinta segundos para despertarme.

“No quedan disparos para un blanco fácil,

no tienes balas para impactar”.

La esencia sigue siendo la misma, la que ya nos había cautivado con sus anteriores canciones, pero su música también ha evolucionado, y no puedo evitar sentirme intrigada. La voz de Gonzalo, tan característica, se mezcla con un ritmo rápido y rockero. Si, no puedo evitar sentir en el ambiente ese aire a rock español. No entiendo cómo soy la única vibrando de entusiasmo en este autobús. ¿Sabéis cuál es esa sensación de de sentirse llena de emoción, mientras a tu alrededor el mundo continúa con la vida, impasible?

La siguiente canción es más tranquila. “Victoria” es una balada que sigue manteniendo el ritmo alto y las pretensiones rockeras. Es una súplica, una pérdida que no termina de irse.

“Caí en la victoria de las mismas razones,

¿por qué no me dejas seguir adelante?”

Pese a su tristeza, termina la música y el sentimiento de libertad es pleno: la canción nos ha salvado, se ha salvado a sí misma. Sin duda, es una de mis preferidas del disco.

“Nina” suena mientras las aceras se suceden tras de la ventana. Esta pista me traslada del autobús a una película americana. Así es cómo me siento: rodeada de animadoras e historias de amor. No digo que eso sea lo que significa la letra, pero puedo ver una sonrisa bonita y la locura de una atracción rápida y peligrosa. “Quizás debería ver menos cine”, pienso en un rojo semáforo.

“Nina se vestía con su chaqueta de capitana,

me decía que no me preocupara de nada.”.

Vuelvo a la tierra. La parada se desliza ante mis ojos y bajo atropelladamente. Camino y play: “Juego de villanos” es, muy seguramente, mi favorita del disco. Esta canción me sabe a hogar, a dulzura y a baile. Es lenta, pero animada; letra apocalíptica, pero música suave. Seguimos hablando de atracción y de finales. Pero, inevitablemente, de comienzos y de amor.

“No quemé las naves de la victoria

no cambié tu brisa

por huracanes

alejando las musas de mi memoria”.

Le sigue “Soledades”, que, instantáneamente, entra en el top 3. Si, en ese (auto) top que me estoy creando sobre la marcha y en el que me es tan difícil decidir un orden. Esta pista es más animada, con más importancia de los instrumentos, siempre en una tormenta de vitalidad y melancolía.

“Busqué una bala perdida,

pintamos dianas sobre las heridas,

pedimos un dulce final”.

¿Cómo se puede contar una historia de recuerdos y despedidas de forma que alegre el corazón? Así: curándolo.

La última es “No me dio tiempo”. He olvidado que hace frío por la mañana; he olvidado incluso que odio madrugar. Lo que no consigo ignorar es el hecho de que tengo más mono de la música de Gonzalo y esta es la pista final. Sin embargo, es la conclusión perfecta: dinámica y alegre. Perfecta para bailar y, luego, poner el disco otra vez.

“No me dio tiempo a ser juez y parte de tu juego,

no me dio tiempo a perder mis principios contigo”.

Y entro en mi casa, me meto en la ducha, me pongo delante del ordenador. Cantando muy fuerte. Todo el rato.

Eso sí. Hay algo que no me ha gustado nada. Pero nada, nada: ¿solamente seis canciones? ¿Qué clase de tortura es esa? “Voy a hacerle una mala reseña a este álbum”, pienso ingenuamente, “en venganza por dejarme con ganas de más“.

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