Glen Hansard y el Amor a la Música en Teatro Nuevo Apolo

Fotografías por David Pérez Marín

Como los personajes de “Once”, el músico callejero dublinés y la vendedora de flores que “andaban  sin buscarse pero sabiendo que andaban para encontrarse”, volvimos a Madrid. De nuevo la Música. Y aunque nos recibió el aire helado y la escarcha aún dormida, el invierno, por mucho que corriera, ya no alcanzaría nuestros pasos. Los recuerdos compartidos, los reencuentros y las cervezas caldearon el sábado, y justo cuando correteábamos a un sol esquivo, doblamos una esquina de Tirso de Molina  y nos encontramos con el encargado de firmar la banda sonora de esta historia, Glen Hansard. Tal y como lo imaginábamos, simpático y cercano, nos dijo que hacía un día estupendo y se quitó el gorro de lana antes de que le pidiéramos la foto. Tras el see you later, bajamos juntos por la misma cuesta adoquinada de colores, especias y aromas de Lavapiés.

Muchas caras expectantes se agolpaban alrededor de un Teatro Nuevo Apolo que brillaba al atardecer, y poco a poco, iban siendo engullidas por las puertas que nos transportarían a otra dimensión. Mientras, otras con menos suerte, preguntaban desesperanzadas (los carteles de Sold Out colgaban hacía días de las paredes del teatro) por alguna entrada huérfana para esta cita irrepetible. Era pronto para tomar asiento, pero mereció la pena la retirada apresurada de los bares, el telonero y amigo Mark Geary, sólo con su guitarra, nos brindó un puñado de buenas canciones y demostró ser el mejor compañero de aventuras, sacando con sus vivencias más de una sonrisa a la sala que seguía llenándose.

Ya con todas las localidades ocupadas, se apagaron los focos y, entre la oscuridad y el silencio, se hizo la magia. Aunque estuvo respaldado por diez músicos sobre el escenario, Hansard salió solo y sin micro, y desde el borde del escenario cantó a capella “Grace Beneath The Pines” (canción que abre su último disco, “Didn’t He Ramble”), con una mínima luz que le bañaba medio rostro y secundado a su espalda por un trío de cuerdas. Así es la música de Glen Hansard, generosidad sin imposturas ni artificios, arte en estado puro que emana de las heridas del camino y que sana con la luz de cada nuevo latido. Y siguió el espectáculo, con una banda imponente compuesta por trompeta, saxo y trombón, dos violinistas, una chelista y una joven teclista, más sus cómplices en The Frames, la clase del incombustible Joe Doyle al bajo,  su fiel escudero Rob Bochnik  a la guitarra eléctrica y la alegría de Graham Hopkins a la batería, siguiendo cada gesto del trovador irlandés, que con la serenidad y la fuerza que desprende su sempiterna acústica agujereada y su voz, nos iba calando hasta los huesos. Con la vibrante “My Little Ruin”, la energía desbordada de “Winning Streak” o en ese “When Your Mind’s Made Up” que nos transportó a las frías calles de Dublín, que recorría años atrás junto a Markéta Irglová buscando sueños. Pero fue en la desgarradora “Bird Of Sorrow” cuando las luces de los focos brillaron con mayor intensidad, al chocar en lágrimas que se perdían para siempre en el rojo de los asientos y la moqueta del Apolo. Una interpretación colosal en la que Glen se dejó una de sus vidas en las tablas. Sin tiempo para que pudiéramos desatar el nudo del estómago, tras la primera gran ovación de la noche, sonaron los primeros acordes de la oscarizada y redentora “Falling Slowly”, y de nuevo todos sin aliento.

Si a estas alturas Glen Hansard tiene ya un repertorio abrumador (dos discos en solitario, varios EPs y sus trabajos con The Frames y The Swell Season), su amor por la música y su generosidad no tiene límites, y lo demuestra ahora con un “Northern Sky” de Nick Drake que hace suyo, y una eterna y visceral “Astral Weeks” (durante la que estoy seguro que se cayó Van Morrison de la cama), en la que echó un mano a mano con su contrabajista e hicieron saltar chispas rasgando las cuerdas como sino hubiera mañana.

Tuvo tiempo para todo, hasta nos contó la primera vez que viajó a Nueva York para el preestreno de la película “The Commitments”, de Alan Parker, y su posterior búsqueda del rastro de Dylan…  Les dio protagonismo en todo momento a sus músicos, y rebosó autenticidad en cada tema. Se movió con la misma soltura  en el soul, el folk o el rock de raíz, y como no, llegó a la esencia de la tradición irlandesa en “McComarck’s Wall”. Sonaron rompedoras “Didn’t He Ramble” y “Lowly Deserter”, con tintes countries y un huracán que desató el trio de vientos, sin olvidar la explosión blusera/rockera de la novísima “Way Back In The Way Back When”. Y aunque nos confesó que su voz no estaba bien del todo, era imposible creérselo tras escucharlo y verlo romper el techo del teatro con “High Hope” o “The Gift” (como si llevara dentro el espíritu del mejor Joe Cocker), antes de despedirse por primera vez, rozando ya las dos horas de actuación.

¿Qué más podía pasar? Que Glen apareciera con su guitarra en la cumbre, en el filo del anfiteatro y cantara a pleno pulmón entre el público que lo abrazaba “Say It To Me Now” y “Gold”. Inolvidable.

Termina el show… Ni de broma. Tras bajar de las alturas, volvió a salir al escenario para de nuevo volar alto con toda la banda. Llamó a su amigo Mark Geary, que se unió e interpretó un tema propio, “It Beats Me”. Y mientras nos sentíamos afortunados y pensábamos que habríamos conducido todas las noches que hubieran hecho falta para estar allí, suena el “Drive All Night” de Bruce Springsteen, que cada vez estoy más seguro que lo escribió para que lo cantara Hansard. Ahora sí, un último canto a la vida con un “Her Mercy” al que sólo le faltó fuegos artificiales de fondo. Todos en pie y hasta los asientos abatibles del teatro aplaudiendo.

Mientras abandonábamos el Nuevo Apolo, aún temblorosos y con Leonard Cohen sonando de fondo, pudimos ver una lista de canciones que aún palpitaba sobre el escenario, y nos desveló que el guion de la noche cambió un poco y faltaron a la fiesta “Revelate” y “Stay The Road”. Pero no, tenía que ser un error, no faltó absolutamente nada, no se puede dar más ni mejor. Sin lugar a dudas, y hablo por los 1.000 espectadores, uno de los conciertos de nuestra vida. Gracias y ojalá que pronto doblemos una esquina y volvamos a encontrarnos.

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