Forma Antiqva nos acercó la Pasión con un Oratorio de Scarlatti

Fotografías por Javier Sierra

Sala Joaquín Turina, 11/03/2016

La Culpa, el Arrepentimiento y la Gracia cobraron vida en la Sala Turina gracias al grupo barroco Forma Antiqva. Acompañados de tres excepcionales solistas, nos deleitaron con un Oratorio completo de Alessandro Scarlatti.

Hace muchos años, se solían interpretar los oratorios en las iglesias. Se trata ésta de una forma musical que incluye orquesta, coro y solistas; basando su argumento generalmente en los textos bíblicos. Parecido en su concepción a la ópera, pero en forma de concierto.

Forma Antiqva, con los hermanos Pablo, Daniel y Aarón Zapico al frente, son ya unos veteranos recorriendo escenarios por todo el mundo. Acumulan una extensa carrera a sus espaldas recibiendo elogios allá donde actúan, y su aclamada grabación de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi es ya una referencia obligada dentro del género.

En esta ocasión nos tenían preparado un Oratorio completo, obra del compositor italiano Alessandro Scarlatti (1660-1725), estrenado el Miércoles Santo de 1708 en el palacio de la Cancillería de Roma, y que lleva por título “Colpa, Pentimento e Grazia” (Culpa, Arrepentimiento y Gracia), haciendo referencia directa a los tres personajes protagonistas del libreto, interpretados por los tres cantantes que acompañaron a la formación instrumental.

Aarón Zapico al clave, dirige con la mirada o cuando tiene alguna mano libre al resto de la formación, compuesta por una sección de cuerda de 10 músicos, trompetas, archilaúd y tiorba (un vistoso instrumento de grandes dimensiones con dos mástiles semejante al laúd barroco, con un sonido grave y profundo). Ya en los primeros compases, como no podía ser de otra manera, se nos anticipa musicalmente con una sonora y brillante introducción por parte de los metales, que la obra va a tratar un tema de alta moral religiosa. La solemnidad y suntuosidad que aportan las trompetas son reservadas inteligentemente en lo sucesivo para momentos puntuales.

Tras la primera toma de contacto, salió a escena el primero de los personajes, la Colpa (la Culpa), a la que daba vida la mezzosoprano Adriana Mayer, cuya sosegada y suave voz inundaba de color el escenario en cada una de sus apariciones, transportándonos inmediatamente al siglo XVIII. Ella fue sin duda la que aportó el tono mas sacro y ceremonioso al grueso del Oratorio, pero sin perder su regia belleza lírica.

A continuación se presentó il Pentimento (el Arrepentimiento), personificado por el contratenor Konstantin Derri. Con su canto agudo y firme, demostraba en cada una de sus intervenciones su talento vocal, destacando especialmente en el uso preciso de la veloz coloratura (cuando al cantar, la vocal de una sílaba se extiende a varias notas seguidas), y nos regaló algunos de los pasajes mas inspirados y suntuosos.

Las melodiosas cuerdas del archilaúd presentaron a la tercer protagonista: la Grazia (la Gracia), representada en esta ocasión por la soprano Aurora Peña. Su voz cristalina y dulce, pero poderosa y afilada al mismo tiempo, fue una de las sorpresas mas agradables de la noche. Su gran habilidad quedó patente tanto en las melodías mas rápidas como en la limpieza de las desafiantes notas mas altas.

A lo largo de los distintos arias, recitativos o airosos, tuvimos ocasión de comprobar la sobrada solvencia tanto de los músicos como de estos tres excepcionales solistas. A pesar de la dificultad de entender el texto en italiano, fuimos testigos del desarrollo de cada personaje, y de la interacción que se propiciaba en los dúos, contagiándose musicalmente entre ellos. No limitándose solo a cantar, la expresividad de sus rostros, y el énfasis de sus miradas y gestos ayudó enormemente a empatizar con el público.

El Oratorio hace gala de una exquisita e inmensa variedad de registros y contrastes -características típicas del barroco- y donde cada movimiento es distinto al anterior en tempo, recursos estilísticos o tonalidad. Forma Antiqva estuvo a la altura de tamaña gesta -como era de esperar- ofreciéndonos un concierto rico en matices y excelencia en la ejecución. Mención especial a los violines, que llevaron el peso de la mayor parte de de la obra, reforzando y elevando el conjunto con gran empaste y definición.

Un espectáculo que nos hizo sentirnos dentro de un templo sagrado, elevándonos en una unión entre lo humano y lo divino gracias a la música. Al final, llevados de la mano de la Culpa, el Arrepentimiento y la Gracia, descubrimos que hasta estas tres alegorías tan dispares son capaces de ponerse de acuerdo para cantarle a la Cruz: Tu guida ogn’alma fida al Sommo Bene.” (“Guía a las almas fieles al Sumo Bien.”)

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