“¡Estamos en Broadway!”

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Viva Broadway nos hizo recorrer 150 años de historia de los musicales el pasado fin de semana en el Teatro Quintero. Pudimos rememorar 18 de las obras más importantes de Broadway a través de 25 números llenos de color, con canciones tan populares como “Fame”, “Mamma Mia” o “No llores por mí Argentina”, todas en español.

“Londres, 1850”. Eso reza la luz del proyector sobre el telón cerrado, pero yo me pregunto si seré capaz de olvidar mis vaqueros y transportarme allí donde la música quiera llevarme. De entre las rojas y pesadas cortinas, aparece Roberto Saiz, que interpreta a Thomas Baker, el compositor del primer musical de la historia, y a quien Viva Broadway homenajea. La obra comienza así con “Dios, como odio a Shakespeare”, una canción del musical Something Rotten, que fue estrenado en 2015 y que todavía no ha sido traducido al castellano. Thomas nos explica cómo los musicales son una idea revolucionaria, y, para convencernos de ello, nos abre el telón a un viaje en el tiempo, lleno de escenas musicales de todas las épocas.

“¡Estamos en Broadway!”, sonríe, y el telón da paso a ocho bailarines, que se mueven armónicamente y con tal vivacidad que los pies y las rodillas nos piden unirnos a ellos. Uno de ellos, Ender Bonilla, coreógrafo del musical, un venezolano que busca acercar el género al público español,  junto a Javier Adolfo, director, son los responsables de que no podamos evitar acompañar a los actores con nuestras palmas y nuestras voces.

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Suenan “Supercalifragilistico”, “Over the rainbow” (de El Mago de Oz), “Aplauso”, “Noches de verano” (de Grease), “No llores por mí, Argentina” (de Evita), así como temas de Cabaret, Ghost, Hair, Mamma Mia o Cats.

Mención aparte necesitan algunas canciones como “El Fantasma de la Ópera”, que, aunque se echó de menos una voz femenina, contó con un acróbata aéreo que nos sorprendería en más de una ocasión en el espectáculo, con giros y posturas inverosímiles. También destacó la canción de Los Miserables, “Soñé un sueño”, con toda la sala iluminada por pequeñas luces blancas que parecían ser estrellas. Además, las canciones de Chicago, como “All that Jazz”, fueron impresionantes, con juego de sillas, llenas de movimientos sensuales. Uno de los elementos más mágicos del musical fue la preciosa voz de Idaira Fernández, que, acompañada por los coros en playback y algunas voces también impresionantes, como la de José Miralles, consiguieron ponernos los pelos de punta en más de una ocasión.

El humor nos acompaña en el viaje, gracias a la figura de Thomas Baker, que nos introduce los temas con medias de rejilla o con algún chiste, interactuando con el público. Uno de los momentos cumbres de la noche fue en la canción de “Dancing Queen”, de Mamma Mia, en la que un espectador muy especial se puso de pie, sin poder aguantar las ganas de bailar, y el elenco de bailarines no se lo dudó ni un segundo y le subieron al escenario para que terminara la canción junto a ellos. El público acompañó con palmas, sonriendo ampliamente y siguiendo el ritmo con las palmas.

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El vestuario es, sin duda, sublime: corsés y medias de cabaret, disfraces de carnaval que muestran piernas infinitas, vestidos vaporosos de diferentes colores y épocas, grandes pelucas, anchos pantalones brillantes al más puro estilo ABBA… y plumas, muchas plumas. No es solo el color desbordante de la ropa, sino que también destaca la rapidez con la que los actores se cambian entre escenas, para sorprendernos una y otra vez con unas galas diferentes y hacernos soñar con otros tiempos y otras modas.

La función apaga las luces al grito de “¡Viva Broadway!”, y el público aplaude con entusiasmo y alegría a los actores. He olvidado por completo mis vaqueros. Ahora solo quiero bailar.

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