Eli “Paperboy” Reed, sudor, lágrimas y sangre… El sabor añejo de lo auténtico

Fotografías por David Pérez Marín

Sabíamos que no sería un martes cualquiera, ya conocíamos el huracán que se acercaba, y además Elena Gato ya nos contó como arrasó a su paso por Sevilla. El frío 10 de marzo se nos quedaría marcado en la piel como esa quemadura que no sólo no se olvida, sino que por siempre guarda el fuego del momento que la provocó. Y es que la noche quería buscar la esencia, perderse en las raíces y degustar esa autenticidad que se antoja en estos tiempos tan esquiva. Y toda la responsabilidad recaía sobre los hombros de un joven de Boston de 31 años, que tras desdibujarse en su último álbum, el bastante irregular y comercial “Night like this”, venía con las mangas arremangadas para demostrarnos de nuevo que, bajo ese traje, tupé y piel blanca, se esconde un alma negra que llora blues. Y que mejor manera que llamar a la puerta de los dos viejos amigos con los que empezó, Eli Keszler a la batería y Jake Leckie al contrabajo, para  rescatar y celebrar con una gira el décimo aniversario de su primer disco, “Sings ‘Walking and Talkin’ and other smash hits”, su “The basement tapes” particular. Un debut casi desconocido, crudo y vibrante como pocos.

Y si ya teníamos todos los ingredientes para pasar una velada mágica y genuina, el marco no podía ser mejor. Bajamos la mítica escalera curva y nos sumergimos en la atmósfera lynchiana de una sala Sol expectante y llena a reventar. Juan Zelada enciende la candela, alternando guitarra acústica y teclado, descarnado y enérgico en temas como “Back on track” o “The blues remain”. Convenció y mucho, fue un telonero a la altura de lo que se nos avecinaba.

Salió el trío al escenario y Eli nos avisa en perfecto español: “Damas y caballeros, ésta es una noche muy especial”. Y así sería. Abrieron con “The tips of my fingers”, el añejo hit country de Bill Anderson que Paperboy empapa de soul con su voz. Y no tardan en acelerar y atraparnos con el blues pantanoso de “Fat Mama rumble”, en la que Eli sopla la armónica como si le corriera el Mississippi por la venas, o con la increíble interpretación, arrodillado y desgañitándose, del “You’re gonna make me cry” que nos araña por dentro. Y es que, como dicen los flamencos, “el cante bueno duele”, y el blues y el soul que transmite este chaval de boston te abrasa y fortalece el espíritu al mismo tiempo. Como decía la Tía Anica “La Periñaca”, “cuando canto la boca me sabe a sangre”. Y eso transmite Eli “Paperboy” Reed. Las paredes de la sala Sol sudan, lloran y ríen en una noche que tiene ese sabor auténtico que la ciudad hacía tiempo que no saboreaba.

Es la tercera vez que tengo la suerte de ver a Paperboy, y aunque cada concierto suyo es una victoria asegurada, el eco de esta hora y media se quedará tatuado en mis retinas con una tinta que se antoja imborrable. Entre solos y punteos imposibles con su inseparable Gibson roja, iniciales suyas incluidas, se acercó al fin con “Walkin’ and talkin’ (for my baby)”, para ofrecer luego, esta vez solo en el escenario, una versión a tumba abierta del “Who will the next fool be” de Charlie Rich, con la que me termina de rematar. Con la sala al completo sin aliento, y con sus dos escuderos de nuevo sobre el escenario, nos vuelven a disparar con el “Shake your money maker” de Elmore James, y sin pausa, el último baile queda reservado para “Take my love with you”.

Pura pasión que me persigue cuando salgo a la calle y, mientras heridas abiertas se secan con el aire helado, me doy cuenta de que voy tarareando el “Don’t let me down” en el que ardimos (y seguimos ardiendo) minutos antes.

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