14 abril, 2024
Recordamos la noche en que la cantante israelí Noa cautivó al teatro de la Maestranza con su voz virtuosa y mestiza.

Fotografías Antonio Andrés

Hay quien siembra tempestades y guerras allá por donde pisa, y hay quien lleva paz y belleza por dónde va. Las diferencias  pueden utilizarse para generar escisiones o para enriquecer la convivencia. Noa está entre las valiosas personas que hacen mejor el mundo con su arte y su mensaje. La cantante israelí ha elegido a lo largo de su trayectoria un camino humanístico y gregario, tan autóctono como universal, inclusivo de diversas culturas, el camino de la inquietud artística que no entiende de fronteras. Y de todo ese despliegue de ritmos y acentos que porta en la alegría inmensa de su sonrisa, dejó un buen pedacito en el Teatro de la Maestranza.

El público sevillano, que agotó las entradas del concierto, había acudido al llamado de un espectáculo que había sido presentado como Letters  to Bach, en alusión al disco homónimo que grabó junto al guitarrista Gil Dor, con la producción de Quincy Jones. Un álbum en que ponía voz a las melodías de J.S. Bach con letras cargadas de humor. Un divertimento barroco y virtuoso que recogía la polifonía del alemán y la traía al siglo XXI con rigor, pero a la vez aliviándolas del peso solemne que la música clásica conlleva a veces para el público general. Finalmente, en el concierto del Maestranza sorprendió con un rico repertorio que repasaba todos los giros estilísticos de su carrera.

Hubo jazz, recordando algunos standards de las grabaciones junto a Pat Metheny (que también visitará el Maestranza esta temporada, en junio) en Afterallogy. Sonó también esa pieza hermosa balanceada en un vals que, entre lo sefardí y la melodía clásica de musical, compuso junto a Joaquín Sabina, que bordó un traje a medida para ambos con su letra nómada y mestiza de mil y una noches. Con humor, tomó prestada para las partes en español su voz cascada y un sombrerito para recordar el bombín chapliniano del ubetense.

Elegantes e inspirados, al servicio del tremendo poderío vocal desatado de Noa, estuvieron el cómplice habitual Gil Dor en guitarra, Or Lubianiker al bajo y Gadi Sari en batería. Derrocharon maestría y se lucieron en un intermedio instrumental previo al fragmento barroco, que sirvió a la cantante para cambiar su vestimenta para la segunda parte del show. Con ella llegó la explosión desencadenada de ritmos y de mestizaje de músicas del mundo. Noa llegando más allá de lo uno puede imaginar, con una voz increíble capaz de cantar todo lo cantable, sin agudo ni grave que se le resistiera, sumándose inclusive a las percusiones.

Esta noche luminosa tuvo también una larga reflexión, humanista y amorosa, que compartió con el público; una linda nana a capella dedicada a su madre y una versión sobrecogedora de Es caprichoso el azar, de Serrat, de las que logran parar el tiempo durante unos instantes. Tan bella que parecía irreal. Como esa vida a la que Noa canta en su canción más conocida y celebrada, con la que se despidió y en la que el público le acompañó cantándola todo el coro. Esa vida que es más bella gracias a personas como Noa, que, en lugar de generar grietas, disponen su espíritu y su esfuerzo al noble arte de tender puentes.

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