Cuidado: ¡tormenta! ¡Incendio en la Sala Custom!

Fotografías por Marina Benítez

Sábado 10 de diciembre de 2016

En 2011, aún entre libros del bachillerato, unas amigas me ofrecieron ir a ver un grupo madrileño que venía a dar un concierto en Sevilla. Dispuestas a apuntarnos a un bombardeo, hicimos un intensivo de una semana, y, para cuando llegó el día, – una noche de noviembre en la Sala Fanatic -, nos sabíamos sus canciones enteras. Por aquella época, Sidecars estaba compuesto por Juancho, el vocalista, Gerbas, el bajo, Manu, la guitarra, y Ruli, el batería. Acababan de sacar, hacía apenas un año, su segundo disco, Cremalleras, éramos un público pequeño y un concierto suyo costaba lo mínimo. Nos recuerdo bailando como nunca, y gritando esas letras que tanto representaban nuestra caótica vida en aquel momento.

Y así fue como me enamoré de Sidecars.

Cinco años y dos nuevos discos después, la gente grita a mi alrededor, impaciente, para que salgan ya al escenario. La Sala Custom, de nuevo en Sevilla, se revuelve, abarrotada, deseando que Sidecars nos ponga Contra las cuerdas. El ambiente es increíble, y gente de todas las edades se prepara para darlo todo, cada uno con nuestra parcela de espacio para bailar y saltar. Hoy no es una noche de agobios. Ahora, un concierto de Sidecars atrae a muchísimo público, Manu se fue del grupo y nuevos músicos les acompañan en esta gira. Empiezan con Fuego cruzado, y la sala entera salta como si llevásemos ya una hora de concierto. “Buenas noches Sevilla, estábamos como locos por escucharos cantar”, y nos pasan el testigo y el protagonismo en La tormenta y en Miénteme. Entre canción y canción, unas palabras rápidas, siempre agradecidas con el público, y nos vuelven locos con su locura de no parar, dispuestos a quemarnos los pies de tanto bailar. Alguien enciende un ventilador, y suena Déjalo sangrar, en una versión diferente a como suena en el disco, pero que se adapta al público y no lo deja atrás.

El ritmo baja para traernos toda la intensidad de Plan B y de Mundo frágil, que vienen a susurro de cuerdas, envueltos en luz naranja, crean un momento íntimo, acompañados del teclado y de las maracas. Al final, los instrumentos nos incendian y no podemos responder de otra forma que no sea dándolo todo, como ellos están haciendo encima del escenario. El público une sus voces incluso en los tarareos de los coros de Todos mis males y de Salir a matar, y también en las versiones de Mi enfermedad, de Los Rodríguez, y de Vidas cruzadas, de Quique González, que enlazan sin pausa con Soy fan de ti.

Juancho levanta su vaso y brinda a nuestra salud: “os juro que esto es agua con gas o alguna mierda de esa”, ríe, y yo me traslado a aquellos comienzos, mucho más inconscientes, mucho más locos. Hay cosas que no cambian. Suena Chavales de instituto y Cremalleras, y una sensación familiar me murmura al oído que Sidecars siempre me llega en los mismos momentos de mi vida, y que no voy a encontrar otra forma de hacer esta crónica que no sea desde la melancolía de la primera persona. En Dinamita y en Una eternidad, las luces iluminan al público, convirtiéndolo en poeta durante unos segundos de absoluto protagonismo. Las guitarras compiten entre sí en Ya no tengo problemas, subiendo el ritmo del concierto al máximo: “Sevilla siempre será parada obligatoria, con vosotros a muerte”.

Toda la banda abandona el escenario, y Juancho, sólo, con su guitarra y con una luz lateral blanca, canta De película. Alguien grita cuando llega a los versos “tuvimos hasta siete asaltos”, y Juancho no puede evitar reírse, en medio de la canción, haciéndonos a todos culpables inevitables de la tormenta que se está produciendo en la sala.

Tras los vises, acaban de rodillas con Los amantes, y se acercan hasta el borde del escenario, como si quisieran contarnos un secreto, saltando en éxtasis ahí arriba, mientras tocan Contra las cuerdas. “Nos hemos inventado un formato sevillano”, cuentan, “vamos a daros acústico, eléctrico y sevillano”, y le dan las gracias a Alex Tapia, en sonido: “nosotros en verdad no tenemos ni puta idea de tocar”.

Y una anécdota de Juancho antes de los vises: “Cuando he bajado del escenario, estaba todo a oscuras y no había nadie: se habían escondido en el baño para hacerme la gracia”, ríen, “quiero mucho a estos hijos de puta”.

Al ritmo de The Rolling Stones, salen a saludar, vaso de agua en mano. Y así es como sigo enamorada de Sidecars. Perdidamente, pero del verbo perderse, porque con tanta locura e intensidad como la que encierran sus canciones, una nunca acaba de encontrarse del todo.

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