Crítica: La primera vez que nos vimos

Estamos más que acostumbrados a las típicas comedias románticas dónde chico conoce a chica y aunque todo esté en su contra, acaban juntos. Eso quizás nos ha educado a una filosofía no muy sana en la que el hombre puede perseverar por una dama que quizás no lo sea tanto, mientras la mujer puede llegar a pensar que si hace grandes sacrificios y esfuerzos puede llegar a convertir al patán en un caballero. Todo muy ilusorio e irreal. Pero ¿qué pasaría si nos dejáramos de cuentos, de creer en el destino y en que no importan los obstáculos si el final es bueno? Pues esa es la idea que Netflix explora en esta comedia romántica más comedia que romance, y con un toque muy macarra con el siempre irreverente Adam DeVine como Noah Ashby en el papel protagonista. ¿Qué pasaría si pudiéramos comprobar cómo sería nuestra vida con esa persona por la que en su día suspiramos pero nunca pudo ser? ¿Y si se pudiera forzar el destino a base de repetir la jugada?

Junto a Ashby, archiconocido por sus apariciones en Modern Family, Adictos al trabajo o Dando la Nota, y bajo la batuta de Ari Sandel llegan también los guapísimos Alexandra Daddario, muy conocida por sus apariciones en la adaptación a la gran pantalla de Percy Jackson o en True Detective, y Robbie Amell, destacado por su papel en The Flash y que repite con Sandel tras The Duff. Y por último pero no menos importante Shelley Henning, que también proviene del éxito adolescente en la pequeña pantalla con Teen Wolf, cierra este pequeño pero exitoso reparto protagonista al que secundariamente se suman King Bach, Noureen DeWulf,  Tony Cavalero,  Tenea Intriago,  Chris Wylde, Dean J. West.

La cinta nos muestra a un enamorado desdichado, Noah, que aún se lamenta por desperdiciar la oportunidad de estar con la chica de sus sueños, Avery, quién anuncia su compromiso de boda con otro joven, guapo y exitoso. Esto hace que Noah, borracho y accidentalmente, descubra que gracias a un fotomatón mágico puede viajar al día en el que conoció a Avery y conquistarla y descubrir cómo habría sido su vida años después. Pero, como si de un deseo trucado se tratara, siempre termina por descubrir que su sueño es más bien una pesadilla en la que es infeliz, pierde a sus amistades y Avery tampoco está segura de sus sentimientos. Podría decirse, sin temor a equivocarnos, que a priori no se trata de una historia con una gran originalidad, pues la gran pantalla nos ha mostrado objetos cotidianos que, por azares de la vida, poseen facultades mágicas capaces de cumplir deseos. Ahí tuvimos a un jovencísimo Tom Hanks siendo la versión adulta de un niño que pidió ser mayor a una máquina que concede deseos en Big (1988); o, ya sin objeto alguno de por medio, a Brendan Frasser siendo tentado a pedir deseos por una sexy Satán representada por Elizabeth Hurley cuyas fantasías, también relacionadas con convertirse en el hombre perfecto para su platónica amada, siempre se vuelven contra el deseador. Casualmente, tanto en Al diablo con el diablo (2000) como en La primera vez que nos vimos (2018) es cuando el protagonista deja de obsesionarse con su deseo cuando encuentra la solución que le satisface.

Queda así demostrada la similitud de esta cinta con esas dos predecesoras: máquina cotidiana que cumple deseos y deseos que se piden para conquistar al ser amado aunque se vuelvan en nuestra contra. Sandel simplemente nos propone una versión más gamberra y mucho más juvenil de la historia, con situaciones desternillantes y escenas cómicas clásicas. Quizás el punto fuerte de la cinta, si es que posee alguno, es su capacidad para conectar con el espectador joven, aquel al que evidentemente va dedicada y que es el consumidor habitual de Netflix. Esto queda patente con simplemente mirar el elenco de actores protagonistas, cuyos papeles más destacados proceden de series de y para adolescentes. Millennians…

Por ello nos encontramos ante una cinta floja, cortita, que necesita un poco más…de todo. Como comedia se reduce a caídas y golpes, no a comentarios inteligentes y ácidos. Como romántica apenas se refleja la construcción de una relación de pareja entre dos personas. Prácticamente en este sentido hay que esperar a los créditos. Y, en una cinta que muestra diversas historias en una con la fácil posibilidad de mostrar cómo cada una de ellas afecta a Noah, esto se pasa de puntillas. Incluso el modelo que parece copiar, con Frasser para darle rostro, reflejaba mejor ese proceso de adaptación a su nueva vida o faceta, por no hablar de que los estereotipos que representaba eran más acertados, si bien se alejan de la visión juvenil que se ha querido dotar a esta cinta.

A fin de cuentas no se trata de una gran apuesta de Netflix, sino solo de otro relato cinematográfico más para satisfacer a un público determinado que es, por otro lado, el perfil mayoritario entre sus socios. Un relato entretenido, que no destacable, y nada más. Un relato de millennians para millennians.

    DEJANOS TU COMENTARIO

    Loading Facebook Comments ...

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

    Loading Disqus Comments ...